viernes, 26 de abril de 2024

 MI RODAJE SACERDOTAL

Santander y Pamplona, 1974

 

Inmediatamente después de despedir a mis padres que retornaban a Lima, me fui a Santander donde iniciaba mi “rodaje” sacerdotal. Era un lugar de veraneo visitado por muchos turistas y españoles que venían de grandes ciudades para pasar unos días de vacaciones en las playas.

Me había instalado en el único Centro que había, su nombre era “Pereda”. Al P. Jaime Sánchez le habían pedido que me orientara en las primeras actividades que debía realizar como sacerdote. Es lo que se suele hacer con los sacerdotes recién ordenados. Para mí todo era nuevo y tenía que preguntar mucho para aprender y no equivocarme.

 

Mis primeras actividades sacerdotales

En el Centro donde estaba asistían chicos, bachilleres y universitarios, a ellos les di las primeras meditaciones, incluso me pidieron que predicara un curso de retiro, que fue el primero que prediqué.

Nos fuimos hasta “Solares”, la casa de retiros de Santander, una casona grande y espaciosa, que resultó muy grata para esa primera experiencia. Tuve que esmerarme en preparar bien cada meditación, me ayudé con un fichero de temas, que había ido armando poco a poco, era lo que se estilaba en esas épocas, cuando todavía no existían los archivos de las computadoras. Después, como había visto a D. Honorio predicar en Pamplona con un folder bien ordenado con pestañas de colores, en poco tiempo me hice uno similar, que lo llevaba a donde iba, allí tenía registradas varias meditaciones y eso me daba mucha seguridad.

 

Paseo a la playa

En “Pereda” la pasé en grande con los chicos que frecuentaban el Centro. Un día fuimos de paseo a la playa con Tato Lucas. Me sorprendió mucho porque antes de salir averiguó como estaba la marea. Decía que en Santander todos tienen ese dato porque la marea varía con mucha facilidad. Así ocurrió con el paseo que hicimos. Llegamos en una lancha a una isla de arena en medio del mar y teníamos una playa para nosotros solos, pero debíamos abandonar la isla a primera hora de la tarde, porque la marea la iba a cubrir totalmente.

 

La atención sacerdotal de las almas (primeras experiencias)

Alternaba los paseos y el deporte con mis primeras actividades como sacerdote. El P. Jaime me llevó a la UCI de un hospital donde atendió a un enfermo grave que unas horas después falleció.

El domingo atendí el confesionario de una parroquia, era la primera vez que confesaba a todo tipo de personas, estuve algo nervioso, pero en la medida que avanzaban los penitentes venía la calma y podía percibir, por primera vez, la maravilla de la confesión, desde el confesor, que era yo.

A esa parroquia acudían familias enteras y bastante numerosas. Pasaban todos por el confesionario y ¡cuánto bien les hacía! Al final quedaba cansado, pero le di muchas gracias a Dios porque veía la alegría y la paz que tenía la gente después de haberse confesado.

En Santander estuve desde mediados de agosto hasta el último día de setiembre. El año académico empezaba en octubre y tenía que volver a Pamplona para terminar mi año de doctorado y hacer la tesis.

 

Una “prueba de fuego”

A Pamplona debía llegar una semana antes de que empezaran las clases porque me había preparado una “prueba de fuego” que era parte de mi “rodaje”: darles un curso de retiro a más de 50 numerarios jovencitos en la fase 2 del Colegio Mayor Belagua.

Llegué con la preocupación que puede tener un torero cuando le espera una faena difícil. El miedo de enfrentarte a algo nuevo y la “valentía” de ese reto con un afán muy grande de lanzarme al ruedo y decir: “¡sí puedo!”

La carpeta que me había comprado para las meditaciones la tenía bien ordenada con lenguetas de colores, una para cada tema de la meditación. Temía quedarme corto y que me quedara sin palabras antes de la hora. Había una sesión de puntos que me podía permitir un alargue si fuera necesario. Así, bien armado, acudí a predicar mi primer curso de retiro largo, de siete días.

Cuando llegó la hora de la primera meditación, me senté en la mesita con una lucecita que alumbraba mi folder; el oratorio estaba oscuro, veía en la penumbra las caras de muchos chicos dispuestos a escucharme. Mi voz, al principio temblorosa, se fue adecuando poco a poco, empecé a reforzar las ideas levantando el tono de voz y así me sentía más seguro.

La primera meditación salió bien, pero luego venía la segunda, la tercera y la cuarta. Eran 4 por día y durante 6 días. Tenía que respirar hondo e ir avanzando una por una. Me sentía como en un campeonato de fútbol donde había que ganar todos los partidos.

Ese primer curso de retiro duró una eternidad. No solo eran las prédicas, los asistentes hacían cola para conversar conmigo y eran 50. Terminé agotado pero contento de haberlo predicado y de haber terminado por fin.

En esos momentos uno cree que ya culminó, con éxito, algo importante, pero no era más que el principio, luego vendrían muchas más cosas.

 

El año académico de 1975

En Octubre empieza el año académico en España. Estaba alojado en la Torre 1 del campus de la Universidad de Navarra, era el Sacerdote de esa residencia de estudiantes, estaban alojados como 80 ó 100 residentes. Gracias a Dios algunos eran de la Obra y podía contar con ellos para las actividades que íbamos a organizar desde la residencia.

Todos los sábados teníamos una meditación en el oratorio para los que desearan asistir, ellos también tenían la posibilidad de recibir una ayuda espiritual por parte del sacerdote. La mayoría se acercaba para conversar y con relativa facilidad pedían confesarse. El nivel de piedad estaba bastante bien.

Para facilitar, de vez en cuando, predicaba otra meditación en alguna facultad y siempre eran bien concurridas.

Con los residentes teníamos tertulias, muchas veces musicales, íbamos todas las semanas a jugar un partido de fútbol y luego por la noche del sábado solía haber cine en el auditorio de Belagua.

Siempre tuve mucha afición por el cine. Antes de ordenarme tenía el encargo de operador de las máquinas de 35 mm, que estaban en la cabina de proyección de Belagua.

Era un encargo bastante sacrificado, antes de la proyección tenía que preparar los royos uniéndolos a las bobinas de la máquina, durante la proyección había que cuidar que los carbones no se juntaran ni se alejaran demasiado, para que la luz de la pantalla no perdiera nitidez, y después de la proyección, había que volver los rollos a sus bobinas originales y devolverlos a la oficina dónde se había alquilado la película.

Los días de semana tenía mis clases de doctorado en la Facultad de Teología, que estaba todavía al lado de la Catedral.

Además, con mucha frecuencia, desde las Torres, organizábamos retiros los fines de semana, para residentes o chicos de la universidad, en una pequeña casa de retiros llamada Obanos, a unos pocos kilómetros de Pamplona.

 

Retorno a Lima

Cuando me encontraba en todos esos trabajos, un día viene un director y me dice: “de parte del Padre que te regreses al Perú cuanto antes”. Me quedé boquiabierto porque no me dijo nada más.

Cuando le pregunté al director de mi Centro, me dijo que esa misma indicación era para todos los sacerdotes de la Obra que estaban en Pamplona y que no eran españoles.

En unos días todos estábamos comprando nuestros pasajes y el P. Honorio, que era el que programaba las actividades sacerdotales en Pamplona, tuvo que rehacer toda la programación que había hecho para el año 1975.

El 27 de enero de 1975 retorné a Lima. (P. Manuel Tamayo)

 

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