LOS GRANDES PASEOS JUVENILES
Lima,
Perú. Década de los años 60
Al inicio de la segunda mitad de los años 60 ya éramos
adolescentes a punto de salir del colegio. Todo era futuro para nosotros porque
vivíamos inmersos en nuestros mundos juveniles, tratando de disfrutar de la
libertad que nos daban las personas mayores para que la pasáramos bien.
Quienes frecuentábamos el Centro del Opus Dei
estábamos especialmente bendecidos por las actividades que allí se organizaban
para que aprovecháramos el tiempo en ambientes sanos y edificantes.
En 1964 llegó a Lima el P. Alberto Clavell, un
sacerdote muy joven, recién ordenado, que era además deportista; en España
había sido campeón de natación y era un extraordinario montañista. Como buen
catalán organizaba minuciosamente los paseos y era una garantía para nosotros.
Nuestros paseos en la
década de los años 60
Antes de someternos a la organización del P. Clavell,
nos fuimos un grupo de chicos a Chanchamayo, a un paseo que ni nos dio tiempo
de organizar, fuimos en ómnibus hasta Tarma, la ciudad de las flores, donde
nació Manuel Apolinario Odría, que fue presidente del Perú en la década de los
años 50. Le tocó un tiempo de bonanza, después de la segunda guerra mundial,
pudo construir edificios, colegios, estadios, etc. y puso mucho empeño en
Tarma, su tierra natal. La dejó impecable.
Desde Tarma nos fuimos a Chanchamayo en una
camionetita pickup de marca Datsun,
éramos como 25 personas subidos en la tolva, íbamos parados, como sorbetes,
soportando las curvas pronunciadas en un camino sinuoso y con un calor
infernal. Llegamos hasta Pichanaki. A esas edades las incomodidades no
importaban, todo era chévere, la
pasábamos en grande. Volvimos “tirando
dedo” como se acostumbraba en aquellos años.
Un viaje juvenil a
Yauyos
Hicimos otro paseo parecido a Yauyos, fue también
informal; subimos a un ómnibus muy pequeño y viejo, bastante destartalado. La
carretera era de tierra afirmada, el viaje duraría unas 8 horas con las paradas
que tenía que hacer para reparar las llantas. En esa época era normal que en un
viaje se bajaran las llantas y había que repararlas en el camino.
Todos los que fuimos a Yauyos éramos menores de edad.
Llevábamos un papel con la autorización de nuestros padres, eso bastaba. El
destino tenía que estar claro. Nosotros nos dirigíamos a la casa del P. Juanín,
un sacerdote de la Prelatura de Yauyos que nos iba a atender. Recuerdo que
éramos como 10: Marcos DÁngelo, Jaime
Chauca, Jaime Cabrera, David Bauman, Hugo Bauman, Juan Buendía y otros que
no recuerdo.
El paseo fue inolvidable porque nos habían contado
antes de las aventuras de Mons. Ignacio María de Orbegoso, el primer prelado de
Yauyos, y de los 5 primeros sacerdotes que le acompañaron. Nos decían que
habían llegado a un territorio prácticamente abandonado.
El último Obispo que había pasado por allí fue Santo
Toribio de Mogrovejo, el índice de alcoholismo era muy grande y también era
grande la mortalidad infantil. Además, nos contaban que tuvieron que expulsar a
falsos sacerdotes, personas que se vestían de sacerdote y engañaban al pueblo
cobrando buenos estipendios por la celebración de las fiestas.
Cuando llegan Don Ignacio y los primeros sacerdotes,
todos los recorridos, para visitar a los
pueblos, los hacían a caballo, pasando por caminos estrechos, con grandes
precipicios. Muchas veces tuvieron que quedarse a dormir a la intemperie porque
había crecido el río, o porque un huaico no les dejaba pasar.
Un encuentro
providencial
Un día Mons. Orbegozo estaba en su caballo por las
punas más altas de Los Andes tratando de llegar a los caseríos más alejados; en
medio de esa búsqueda se perdió y empezó a anochecer. Se encomendó al Señor
para encontrar el camino de retorno y de pronto vio a lo lejos un perro que
andaba por el mismo camino. Decidió seguirlo, pensando que el perro lo llevaría
a un lugar seguro.
Ya era de noche, cuando D. Ignacio vio a lo lejos una
luz que salía de una casucha que
estaba en la falda de un cerro, al acercarse vio que una niña salía corriendo
hacia él con la mano levantada, como si estuviera parando a un taxi y a la vez
gritaba: “¡padrecito, padrecito!!!!” Cuando se aproxima al caballo le dice más
tranquila: “¡padrecito, ¡que bueno que
haya venido!, es que mi mamá está muy enferma y me ha pedido que busque un
padrecito”.
D. Ignacio se baja del caballo rápidamente y entra en
la casucha, atiende a la mamá de la
niña que al poco rato fallece. Don Ignacio quedó muy impresionado de ver como
actúa la Providencia para que las almas puedan descansar en paz, en esos
lugares tan alejados.
Historia de la Iglesia
en Yauyos
En las tertulias que teníamos en Tradiciones nos
contaban sobre la labor heroica que hacían los sacerdotes que estaban en Yauyos
y cómo San Josemaría desde Roma les seguía muy de cerca. Al P. Frutos, que era el Vicario de la Prelatura, le
envió un libro de cocina que le sirvió mucho.
Siendo chicos y menores de edad, fuimos testigos al
ver la entrega de personas que venían de otros lugares, dejando comodidades,
para meterse en pueblos perdidos y abandonados que pertenecían al departamento
de Lima, pero que los limeños ni sabían que existían.
Con los años, los sacerdotes de la Prelatura hicieron
una labor colosal, y salieron de estos pueblos y caseríos, ignorados por la mayoría de peruanos, entre los cerros más altos de
la Cordillera de Los Andes, selectas vocaciones para la Iglesia.
Cuando se escriba la historia de la Iglesia del Perú
hay mucho que contar, como la historia de un niño que bajaba del cerro todos
los domingos, descalzo y con sus zapatos en un morral, para ayudar Misa; al llegar
se ponía sus zapatos y su sotanilla de acólito; al terminar, volvía a recorrer
varios kilómetros para volver a su casa. Al cabo de los años, ese niño se
ordenó sacerdote y luego fue consagrado obispo. Se trata de Mons. Josemaría
Ortega.
Ejemplos que calan hondo
Cuando nos contaban esas historias edificantes de la
vida real, mis amigos y yo quedábamos impresionados por lo que hace un niño con
fe para asistir a Misa los domingos. Nos mirábamos entre nosotros con algún
gesto de culpabilidad pensando que teníamos la Misa del domingo muy cercana y
sin embargo nos parecía que hacíamos un gran esfuerzo para llegar temprano.
Libres para corresponder
queriendo
Las personas mayores del Opus Dei que nos trataban,
confiaban plenamente en nosotros, nos habían dado la formación necesaria para
que pudiéramos responder con responsabilidad.
Ahora, nos da mucha alegría recordar que en esos
paseos juveniles, hacíamos por nuestra cuenta la oración diaria, asistíamos a
Misa, rezábamos el Rosario y nos emocionábamos mucho al encontrar tanta gente
buena con hambre de Dios.
Nos sentíamos testigos privilegiados de historias que
tendrían una gran repercusión para nuestras vidas y nos veíamos inmersos en un
futuro de servicio que nos haría felices a nosotros, al ver la libertad y
felicidad de los demás. Algo que nosotros podríamos conseguir y que valía la
pena.
Aprendiendo a ser
ordenados
Los directores de la Obra, al vernos un poco informales en nuestras
precarias organizaciones, le pidieron al Padre Alberto Clavell que organizara
nuestras excursiones. A nosotros nos parecía genial porque pensábamos que se
multiplicarían los paseos y éstos tendrían un nivel superior. Así fue.
Con el P. Clavell nos fuimos al Callejón de Huaylas.
Todo estaba matemáticamente organizado por él, además llevaba una máquina de
fotos con un fotómetro y llegó a tomar extraordinarias dispositivas (slides) que luego pudimos ver en las
tertulias en un simpático sonoviso.
Además, el P. Clavell, tenía amistades en Huaraz y en
Huallanca. El paseo fue grandioso, subimos a varios cerros. En uno de ellos, de
regreso nos agarró la noche y no teníamos linternas, tuvimos que bajar a
tientas y con mucha prudencia. Fue una prueba que nos ayudó a crecer en
recidumbre. Nunca nos quejamos de nada.
El día siguiente fue de descanso, para recuperar
fuerzas, los dueños de una fábrica de gaseosas de Huaráz nos invitaron a tomar
un potente lonche. Fueron muy amables con nosotros
Al otro día nos esperaba una camioneta temprano para
ir a Yungay y nos llevó hasta la laguna de Llanganuco al pie del Huascarán.
Estábamos felices viendo esos majestuosos paisajes de nuestra sierra peruana.
Al final fuimos al cañón del pato pasando por 40
túneles y nos establecimos en el club Santa de Huallanca, allí el P. Clavell
tenía otros amigos que nos facilitaron el ingreso a la imponente Central
hidroeléctrica. Por la tarde jugamos un partido de fulbito y en la noche
tuvimos la Santa Misa en la Iglesia de Huallanca. Al día siguiente regresamos a
Lima felices de haber conocido la “suiza peruana” que así le decían al Callejón
de Huaylas.
Así fueron los paseos que hicimos, desde los Centros
del Opus Dei de Lima, en esa gloriosa década de los años 60, cuando todavía
éramos menores de edad. (P. Manuel Tamayo)
No hay comentarios:
Publicar un comentario