ENSEÑAR A QUERER (II)
“El que tiene miedo no sabe querer” (1 Juan, 4,19).
“porque me da la gana, es la razón más
sobrenatural” (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 17).
COMENTARIO
Lo más importante
para que una persona sea feliz es que sepa amar. Dios nos quiere felices y por
eso nos pide que amemos mucho. El amor no es solo un conocimiento es
fundamentalmente vida, que es esencial en la persona para que sea realmente
libre.
A una persona se la
forma para que ame. La formación no debe quedarse en darle conocimientos o en
hacer que haga cosas. La formación más que a la efectividad (pragmatismo) debe
apuntar a la afectividad (orden).
Si no se forma el
corazón éste se desboca apegándose a cualquier cosa y esclavizando a la persona
que puede vivir prendida de algo que no vale nada. La formación del corazón es
formación de la voluntad.
La voluntad no se
forma obligando, no es conseguir que las personas cumplan con un reglamento o que
hagan lo que está establecido, o sigan una costumbre que se ha vivido siempre.
Cumplir con algunas disposiciones o conseguir que se hagan bien las cosas no
necesariamente es amar. No basta con que se hagan las cosas bien, es muy
importante que se quiera hacer el bien.
Aprender a querer
Enseñar a querer es
más largo y dificultoso que enseñar conocimientos o conseguir que se hagan las
cosas bien. La armonía de algo mandado o dirigido puede quedar bien para la
foto y los aplausos, pero puede quedarse en el nivel de la actuación, o de un saludo a la bandera.
Es ingenuo pensar
que si no ponen resistencia es porque quieren libremente. En el texto
evangélico el hijo que decía que sí iría a trabajar en lo que su padre le pedía
parece que es el bueno, sin embargo el que dijo que no y luego fue, es el que
actuó libremente y fue a trabajar porque quiso, ese es el bueno.
Querer para enseñar
La formación no se
da solo con los libros o con las ideas. Es mucho más importante la vida del que
enseña. Si su vida es de amor (amistad) la transmisión para enseñar a querer
(que es lo más importante) está garantizada.
La formación no se
da solo asistiendo a clases, charlas, reflexiones o retiros, se da
fundamentalmente viviendo; es en esa tesitura cuando las personas que se están
formando hacen suyas las cosas. No hacen cosas de otros, o cosas que le dicen
los otros.
El que forma no
debe decirle qué cosas tiene que hacer al que se está formando, más bien debe
conseguir que haga las cosas que debería hacer queriéndolas, (siempre dentro del camino del bien).
El bien se contagia
con el ejemplo de la conducta de una persona libre que ama correctamente y que
por lo tanto es fiel a sus compromisos. El proselitismo es ese contagio por la
abundancia de amor. No es una presión, o un lavado de cabeza, menos un engaño.
Es ver el amor diáfano y real que se manifiesta en la humildad y sencillez de
una persona que actúa siempre con rectitud de intención.
El voluntarismo es
la caricatura del amor, es una terquedad y podría ser un fanatismo. Perder el
amor es endurecerse y caer en la severidad. El severo y el duro dan miedo, esas
personas terminan quedándose solas, sin ningún respaldo, aunque tengan un
conocimiento grande del camino, no tiene la comunicación para transmitir con su
vida la verdad.
La verdad abstracta
sin la vida de amor es incomunicable. El que ha perdido el amor termina
castigando con la verdad, lo contrario a lo que tiene que ser. (P. Manuel Tamayo)
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