ENSEÑAR A QUERER (III)
“Tus actos siempre hablan más alto y más claro que
tus palabras.” (Stephen
Covey)
“Dar ejemplo no es la principal manera de
influir sobre los demás; es la única manera”. (Albert Einstein)
“La gente tiende a ser receptiva cuando encuentra a
alguien que es consecuente. Es decir, cuando se
percibe que alguien mantiene la coherencia entre lo que piensa, lo que dice y
lo que hace. Todos necesitamos hechos, más que palabras. Acciones, más que
simple retórica” (Mente
maravillosa).
“De
igual modo, cuando una persona dice mentiras pero reclama honestidad de las
demás, posiblemente está en la dirección equivocada. Porque no conviene pedir
aquello, que nunca serás capaz de dar” (mente maravillosa).
“Me dices que sí, que
quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre
quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito
sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres” (San Josemaría,
Camino n. 316).
COMENTARIO
Debe quedar muy
claro que el mandar hacer no forma a la persona. Es necesario que quiera y el
formador debe darse cuenta si quiere o no.
Es errado pensar
que la persona está formándose bien porque viene y asiste a un medio de
formación, porque ha recibido un número de clases o porque escucha unas
pláticas. El dato más importante para saber si realmente se está formando
procede del interés que pone porque de verdad quiere, se nota si tiene deseos o
al menos “deseos de tener deseos” (San
Josemaría Escrivá).
La formación en
toda persona es un proceso lento. Debe descubrir el bien para que sus actos
sean ordenados. En estos tiempos de relativismo aparecen mil motivaciones de
muy escaso valor que son engañosas y dificultan ver el bien. Se debe tener
mucha paciencia y comprensión. Exigir unas metas puede ser contraproducente.
El poder de la amistad
Lo único que
mantiene al educando en un campo donde se le pueda transmitir el bien de un modo
eficaz y rápido es haber conseguido con él una auténtica amistad personal.
Si realmente es
amigo no se va, le interesa lo que le dice su amigo y se dejará cuidar para que
los vientos no lo tumben y las bagatelas no lo cautiven.
Buscar espacios para
que acudan y puedan conocer la verdad no resulta eficaz en estos tiempos. El
que es amigo puede iniciar, en cualquier lugar, un proceso de formación que irá
avanzando poco a poco al ritmo de las circunstancias, sin establecer horarios o
sistemas de compromiso.
Basta la amistad
para llamarse a cualquier hora y seguir conversando en los tiempos que se
generan por propio acuerdo y no por reglas establecidas.
De la propia vida
interior, cuando se tiene, surge un
impulso, que es “como un río que se sale
de madre” (Don Álvaro del Portillo), donde se abren horizontes
insospechados con iniciativas novedosas que valen la pena y metas a largo plazo
que son atrayentes para ellos.
Es una relación de
amistad dinámica y entusiasmante que está llena de visión sobrenatural, para
muchos es una auténtica locura que ha calado hondo en las ambiciones de los que
tratamos.
Solo se trata de ser mejores
(para querer de verdad)
Como lo afirmábamos
en el primer párrafo no se trata de hacer cosas sino de ser mejores, que significa
ser cada vez más buenos, tener buen corazón. El que ama, goza en la realización
del bien, aunque el camino que tenga que recorrer sea arduo y difícil.
La facilidad para
hacer las cosas es consecuencia de la libertad y del amor. Es acertar, dar en
el blanco y gozar con lo que es bueno y verdadero.
El que sabe querer
no tiene miedo de querer y no esconde lo que es bueno. No tiene pudor para
decir que él es bueno y no le da vergüenza aceptar y querer todo lo bueno que
ve en los demás, dejando de lado las leporías absurdas, que solo son faltas de
amor y por tanto de caridad. “El ridículo
no existe para el que lo hace mejor” (San Josemaría Escrivá).
En los hombres
puede aparecer el “prurito” de querer
aparecer como malo, como si eso enalteciera la hombría. Algunos piensan que el
bueno es visto como infantil, tonto, nerd,
lorna. Querer divertirse con los “malos” para no ser visto tan bueno es una tonta majadería.
Que gana el bien
Si se está con el
bien lo malo repugna, y como es desagradable, ya no constituye un peligro, se
rechaza de plano.
Cuanto más se ama
más realista se es. El realismo no es pesimismo, es el conocimiento real que
impide dejarse llevar por los engaños de los mentirosos o por los errores de
los “ciegos” que por diversos motivos, no alcanzan a ver las cosas como son.
Vivimos en un mundo
donde abundan los “ciegos” que están presentes en todos los estamentos de la
sociedad, además suelen ser personas ingenuas que dicen que todo está bien
porque “hay que ser optimistas”,
luego sufren las consecuencias de esas “posturas” artificiales que señalan una
“realidad” que no es real y no conocen, porque
no quieren abrir los ojos, lo que está pasando en el fondo. Hoy muchos que, sin darse cuenta, ponen el barniz encima de la porquería. Esto pasa
en muchos ambientes de “formación” humana.
La urgencia y necesidad de las auténticas virtudes
El que ama disfruta
con las virtudes. El sobrio disfruta más de la comida que el “comelón” que no
puede vivir la templanza y que termina sufriendo las consecuencias de los
desarreglos que hace.
El que ama sabe
querer a las personas sin apegos desordenados y sin hacer acepción de personas,
entra fácilmente en un círculo virtuoso, que es el señorío de los propios
actos: una gran capacidad de entrega y
gran amor a la libertad.
El que sabe amar no
atosiga a los que forma, los quiere de verdad y sabe los nombres y apellidos,
las fechas de cumpleaños y aniversarios de todos; tiene a sus amigos como
favoritos en el teléfono y logra con ellos una comunicación constante por
cualquier medio. Es así como puede enseñarles a querer. (P. Manuel Tamayo)
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