jueves, 18 de octubre de 2018


ENSEÑAR A QUERER (III)

Tus actos siempre hablan más alto y más claro que tus palabras.”  (Stephen Covey)

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”. (Albert Einstein)

“La gente tiende a ser receptiva cuando encuentra a alguien que es consecuente. Es decir, cuando se percibe que alguien mantiene la coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Todos necesitamos hechos, más que palabras. Acciones, más que simple retórica” (Mente maravillosa).

“De igual modo, cuando una persona dice mentiras pero reclama honestidad de las demás, posiblemente está en la dirección equivocada. Porque no conviene pedir aquello, que nunca serás capaz de dar” (mente maravillosa).

Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres” (San Josemaría, Camino n. 316).


COMENTARIO

Debe quedar muy claro que el mandar hacer no forma a la persona. Es necesario que quiera y el formador debe darse cuenta si quiere o no.

Es errado pensar que la persona está formándose bien porque viene y asiste a un medio de formación, porque ha recibido un número de clases o porque escucha unas pláticas. El dato más importante para saber si realmente se está formando procede del interés que pone porque de verdad quiere, se nota si tiene deseos o al menos “deseos de tener deseos” (San Josemaría Escrivá).

La formación en toda persona es un proceso lento. Debe descubrir el bien para que sus actos sean ordenados. En estos tiempos de relativismo aparecen mil motivaciones de muy escaso valor que son engañosas y dificultan ver el bien. Se debe tener mucha paciencia y comprensión. Exigir unas metas puede ser contraproducente.


El poder de la amistad

Lo único que mantiene al educando en un campo donde se le pueda transmitir el bien de un modo eficaz y rápido es haber conseguido con él una auténtica amistad personal.

Si realmente es amigo no se va, le interesa lo que le dice su amigo y se dejará cuidar para que los vientos no lo tumben y las bagatelas no lo cautiven.

Buscar espacios para que acudan y puedan conocer la verdad no resulta eficaz en estos tiempos. El que es amigo puede iniciar, en cualquier lugar, un proceso de formación que irá avanzando poco a poco al ritmo de las circunstancias, sin establecer horarios o sistemas de compromiso.

Basta la amistad para llamarse a cualquier hora y seguir conversando en los tiempos que se generan por propio acuerdo y no por reglas establecidas.

De la propia vida interior, cuando se tiene, surge un impulso, que es “como un río que se sale de madre” (Don Álvaro del Portillo), donde se abren horizontes insospechados con iniciativas novedosas que valen la pena y metas a largo plazo que son atrayentes para ellos.

Es una relación de amistad dinámica y entusiasmante que está llena de visión sobrenatural, para muchos es una auténtica locura que ha calado hondo en las ambiciones de los que tratamos.


Solo se trata de ser mejores  (para querer de verdad)

Como lo afirmábamos en el primer párrafo no se trata de hacer cosas sino de ser mejores, que significa ser cada vez más buenos, tener buen corazón. El que ama, goza en la realización del bien, aunque el camino que tenga que recorrer sea arduo y difícil.

La facilidad para hacer las cosas es consecuencia de la libertad y del amor. Es acertar, dar en el blanco y gozar con lo que es bueno y verdadero.

El que sabe querer no tiene miedo de querer y no esconde lo que es bueno. No tiene pudor para decir que él es bueno y no le da vergüenza aceptar y querer todo lo bueno que ve en los demás, dejando de lado las leporías absurdas, que solo son faltas de amor y por tanto de caridad. “El ridículo no existe para el que lo hace mejor” (San Josemaría Escrivá).

En los hombres puede aparecer el “prurito” de querer aparecer como malo, como si eso enalteciera la hombría. Algunos piensan que el bueno es visto como infantil, tonto, nerd, lorna. Querer divertirse con los “malos” para no ser visto tan bueno es una tonta majadería.


Que gana el bien

Si se está con el bien lo malo repugna, y como es desagradable, ya no constituye un peligro, se rechaza de plano.

Cuanto más se ama más realista se es. El realismo no es pesimismo, es el conocimiento real que impide dejarse llevar por los engaños de los mentirosos o por los errores de los “ciegos” que por diversos motivos, no alcanzan a ver las cosas como son.

Vivimos en un mundo donde abundan los “ciegos” que están presentes en todos los estamentos de la sociedad, además suelen ser personas ingenuas que dicen que todo está bien porque “hay que ser optimistas”, luego sufren las consecuencias de esas “posturas” artificiales que señalan una “realidad” que no es real y no conocen, porque no quieren abrir los ojos, lo que está pasando en el fondo.  Hoy muchos que, sin darse cuenta, ponen el barniz encima de la porquería. Esto pasa en muchos ambientes de “formación” humana.



La urgencia y necesidad de las auténticas virtudes

El que ama disfruta con las virtudes. El sobrio disfruta más de la comida que el “comelón” que no puede vivir la templanza y que termina sufriendo las consecuencias de los desarreglos que hace.

El que ama sabe querer a las personas sin apegos desordenados y sin hacer acepción de personas, entra fácilmente en un círculo virtuoso, que es el señorío de los propios actos: una gran capacidad de entrega y gran amor a la libertad. 

El que sabe amar no atosiga a los que forma, los quiere de verdad y sabe los nombres y apellidos, las fechas de cumpleaños y aniversarios de todos; tiene a sus amigos como favoritos en el teléfono y logra con ellos una comunicación constante por cualquier medio. Es así como puede enseñarles a querer. (P. Manuel Tamayo)

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