EL REALISMO DE LA CONNATURALIDAD (I)
“Se denomina realismo a
la tendencia a presentar
las cosas tal cual son en realidad, sin adornos, exageraciones o matices”, (diccionario).
“Algo es connatural cuando es acorde a nuestra
propia esencia, es decir, cuando es una consecuencia necesaria de nuestro
propio modo de ser” (Definición ABC).
“El conocimiento por connaturalidad,
a diferencia del conocimiento conceptual, no puede expresarse ni transmitirse
propiamente, pues consiste en la experiencia personal de la singularidad de las
cosas en el yo”, (Diccionario).
COMENTARIO
No hay dos personas iguales, cada una tiene sus
características propias y tiene que contar con ellas para relacionarse con los
demás y con el mundo circundante. Con ese modo de ser específico se puede
captar lo que realmente son las otras personas en su esencia y profundidad.
Es realista la persona que puede conocer a las
personas y a las cosas tal como son. Solo puede ser realista el que sabe amar
ya que el amor, que es connatural a la
propia esencia del hombre, es también la primera obligación con respecto al
prójimo. Toda persona para ser libre y para que la comunicación con los
demás sea profunda y real, necesita amar.
Querer el bien y la
virtud
El amor exige siempre de una rectitud de
intención. No todos aman igual. Los focos de amor son muy variados. Una alumna
puede amar el tema que está dictando el profesor y otra alumna puede amar al
profesor que está dictando el tema. La imagen que ven todos es igual: el
profesor que está dictando la clase y los alumnos que están escuchando. Lo
mismo podríamos decir con respecto a la religión, un alumno puede comulgar por
quedar bien con el profesor y otro lo hace por amor a Dios. La gran diferencia
está en que la virtud solo se da en el segundo. Así nos podríamos encontrar
grupos numerosos que hacen las cosas por motivos ajenos a la virtud y entonces
no sirve para nada. Es ingenuo pensar que algo les quedará.
La mentalidad del
cumplidor de escaso amor
Es necesario saber bien que limitarse a cumplir
unas reglas puede generar mentalidades anancásticas (perfeccionistas, de amor propio), que llevan al desencanto y a la depresión después de haber
hecho la vida difícil a personas del contorno. Si no hay amor, o si éste es
escaso y no crece, todo se pierde y no queda nada. El que no hace las cosas por
amor termina abandonando lo que está haciendo.
En la parábola de hijo pródigo, el hijo mayor
era un cumplidor que siempre estaba en la casa pero no sabía amar y mucho menos
comprender. Además pensaba que él era el fiel que estaba haciendo bien las
cosas porque no se iba y siempre estaba. Claro que estaba, a veces se mide
equivocadamente la fidelidad teniendo en cuenta solo la presencia. El hijo
mayor de la parábola estaba y hacía cosas, pero no amaba como había que amar;
pensaba que la fidelidad era cumplir con unos reglamentos, o con lo que estaba
establecido, y le faltó amor para algo mucho más importante: entender y
perdonar al hermano que había hecho mal pero estaba arrepentido.
La oficialidad de los cumplidores de
reglamentos crea situaciones duras de fijezas y terquedades, donde se termina
perdiendo el sentido común y se desplaza hacia el fracaso. Esas personas acartonadas se aferran a los sistemas y
a los controles, que se convierten en mecanismos
de defensa para sentirse seguros y viven con una falsa esperanza pensando
que sus modos de proceder son los correctos porque luego vendrán los frutos.
Han perdido la visión y tienen dificultades de mentalidad para entender la
realidad por falta de amor.
Urge educar la voluntad para evitar fanatismos,
caprichos o terquedades, señalando, con el ejemplo, lo que se debe querer con
toda el alma, lo que realmente nos libera y nos hace felices, que es un
compromiso de amor, que siempre exige esfuerzo y lucha, pero, que al mismo
tiempo nos llena de paz y de alegría. (P. Manuel Tamayo)
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