CUANDO LA “LIBERTAD” ES MENTIRA
“La libertad es una facultad natural del ser
humano, esto significa que es una condición imprescindible para el desarrollo
de su personalidad y el logro de su plenitud. Sin libertad el hombre dejaría de
ser hombre” (Andrea Méndez).
“Una
de las necesidades psicológicas más importante es la necesidad de libertad,
sentirnos libres para elegir, para decidir lo que queremos y lo que hacemos,
como personas independientes, sin influencias ni ataduras. Esto nos hace
fuertes y está en la base de la confianza en uno mismo y del bienestar
psicológico” (Consigue).
“Nada es tan importante
como asumir nuestra propia libertad y responsabilidad personal para definir
nuestras metas, esas que haremos nuestras aún en las peores circunstancias. Cada día y en cada momento tenemos la oportunidad de
tomar una decisión, una decisión que determinará: si quedar
sujetos a las propias circunstancias, como un juguete en manos del destino, o
actuar con auténtica dignidad, escuchando a nuestro verdadero yo” (Viktor Frankl, “El hombre en busca
de sentido”).
“Cuando en nuestra vida hay muchas cosas
innecesarias, la vida misma se convierte en algo innecesario. Si
el espacio no nos da nada o no podemos encontrarnos en él, entonces tarde o
temprano cualquier espacio se convertirá en algo fatigoso. Podemos permanecer
en un mismo espacio y conseguir satisfacción sólo si nos estamos mejorando
constantemente, es decir, si podemos involucrarnos en algún proceso o, como ya
hemos mencionado, si el espacio nos está nutriendo. Si el espacio es más fuerte
que nosotros, entonces nos comprime y el ser humano, al no poder dominar esta
situación, se va, sintiendo temporalmente un alivio que se llama “falsa
libertad” (Vid. Persona).
“No se puede imponer por la fuerza la libertad
a los demás, porque hay algo contradictorio en este gesto. Es como decir:
"Te impongo la dignidad", pero la dignidad no se puede imponer, no es
posible imponer lo que supone el gesto mismo de la imposición. El precio de
esta imposición es demasiado elevado” (Tzvetan Todorov).
COMENTARIO
Es mentira cuando se dice que hay libertad y en
realidad no la hay. Quienes están bajo el efecto del “síndrome de Estocolmo” parece que son libres y no lo son.
Hay personas, en los distintos ambientes del mundo, que tienen una mentalidad
impositiva, creen que respetan la libertad de los demás y tienen a la gente
encorsetada. Ellos dicen que en sus empresas, o instituciones educativas (colegios, institutos, universidades), los
empleados y los alumnos son libres y que por lo tanto asisten voluntariamente a
las actividades que ellos organizan; y luego resulta que, cuando se conoce más a fondo la realidad, no era lo que ellos
afirmaban.
No son pocas las personas, que sin darse cuenta, tienen una mentalidad “mesiánica” ó
“iluminista” y un modo de enfocar las cosas tremendamente impositivo.
Esas personas, sin tener mayor advertencia a la
actitud dictatorial que poseen en su conducta, buscan que se hagan las cosas
como ellos quieren. Les parece que tiene que ser así, se sienten llamados a
imponer algo, diciendo “como debe ser”
o “cómo debe hacerse” sin percibir la
fuerte inclinación a la imposición que llevan en sus modos de proceder. Están completamente seguros de estar en lo
correcto y no admiten otros planteamientos.
En la historia han existido, y todavía existen,
muchos gobernantes que son verdaderos tiranos y piensan que sus ideas y
proyectos son los acertados, porque además dicen que los hacen en nombre de la libertad
y el respeto a las leyes y a toda la población.
La falsa creencia
del que cree que respeta la libertad
Cuando vemos los desfiles militares de los
países totalitarios y escuchamos a los soldados exclamar a coro un slogan de unidad y aceptación a la causa
que defienden, pensamos que se trata de un adoctrinamiento obligatorio y que
ellos están actuando por imposición y no libremente, aunque podría haber alguna
excepción.
Este mismo esquema nos sirve para darnos cuenta
que en muchas empresas e instituciones educativas puede ocurrir algo parecido,
salvando las distancias.
Es fácil que la gente sometida de alguna manera,
por temor a represalias, o a ser
excluidos, admita que son libres y muestren una conducta de aceptación,
para no hacer problema (síndrome de
Estocolmo). Luego, en otros ámbitos, lejos de los que lo mandan, comentan que
se sienten presionados y obligados.
Es paradójico y no deja de ser irrisorio
comprobar que en las instituciones donde se dan estas imposiciones el Jefe, en sus discursos, suele hacer elogios de
las bonanzas de su empresa que sale adelante y tiene éxito gracias a la
libertad que hay en ella. Lo mismo hemos escuchado de algunos gobernantes que
se creen iluminados.
En la educación de
los chicos: no se trata de que hagan cosas, sino de que quieran hacerlas
Cuando los padres de familia o los educadores
imponen habitualmente los criterios de conducta a los chicos para que hagan o
no hagan las cosas, irán creando poco a poco un ambiente negativo de
insatisfacción o de miedo y tarde o temprano llegará el momento de la ruptura
motivada por el hartazgo; ya no aguantan más y tomarán otro camino.
No se trata de conseguir que la gente haga
cosas; lo que se debe conseguir es que la gente quiera hacerlas. Para lograrlo
hay que decirles la verdad con una gran delicadeza y comprensión; y sobre todo
darles ejemplo.
El ejemplo de vida
El prestigio de una vida sincera y llena de
virtudes crea los verdaderos espacios de libertad donde no hay ninguna pizca de
imposición.
Es mucho más acertado y valioso ver a un chico
amable que saluda, que tener que decirle que salude para que lo haga. Es mejor
callar, no decirle nada y en otro momento enseñarle para que él lo quiera hacer.
Es muy bueno que todos se sientan muy libres
para hacer lo que les venga en gana y que ellos mismos se den cuenta que si
están haciendo algo bueno es porque ellos mismos lo han decidido. Decidirán por
el bien cuando se les ha formado en libertad desde muy pequeños.
Es imprescindible que los espacios sean lugares
donde los seres humanos se sientan libres y que ellos mismos reconozcan los
valores que se les alcanza para que sean virtuosos y acierten en sus decisiones.
La educación no es buena cuando es impositiva para que solamente se haga lo que
se debe hacer.
Para que no sea impositiva es imprescindible la
Caridad, solo una persona que sabe amar y que quiere bien a los demás
conseguirá que los demás quieran. Donde se siembra amor se recoge amor. Si no
se hace así se pierde el tiempo, (P. Manuel Tamayo).
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