LA INFORMALIDAD Y LOS CUARENTA LADRONES
“En lo que sigue se entenderá por sector
informal el conjunto de las actividades productivas que no acatan, las
regulaciones estatales en materias económicas, sanitarias o ambientales
debiendo ceñirse a ellas. El desacato de las normas y regulaciones puede ser
total o parcial. El sector informal incluye las actividades personales o
empresariales y, por extensión, las personas o empresas que evaden tales normas
pero no violan, por ello, el código penal; es decir, no son, per se,
actividades delictivas; estas últimas usualmente se incluyen en la llamada
“economía subterránea” (Daniel Mejía, Carlos Esteban Posada).
“La informalidad supone una asignación
de recursos deficiente que conlleva la pérdida, por lo menos parcial, de las
ventajas que ofrece la legalidad: la protección policial y judicial, el acceso
al crédito formal, y la capacidad de participar en los mercados
internacionales. Por tratar de eludir el control del estado, muchas empresas
informales siguen siendo empresas pequeñas con un tamaño inferior al óptimo,
utilizan canales irregulares para adquirir y distribuir bienes y servicios, y
tienen que utilizar recursos constantemente para encubrir sus actividades o
sobornar a funcionarios públicos” (Estudios económicos).
COMENTARIO
El objetivo de este artículo no busca
hacer un estudio de las causas de la informalidad, ni tampoco las repercusiones
económicas que pueda tener para el país.
Nos queremos referir únicamente al
aspecto moral, porque la informalidad, en cualquiera de los campos es una
limitación que impide el progreso y el desarrollo de las personas. Se puede
decir, durante años y décadas que un país está subdesarrollado o llamarlo
utópicamente “en vías de desarrollo”
cuando todos estamos convencidos que jamás va a desarrollar si persiste la informalidad.
Se mire por donde se mire la informalidad
es una gran limitación; sacarle partido o aprovecharse de ella para salir
airosos, es como hacer fuego con papel. El problema de fondo no se resuelve si
persiste la informalidad.
Cuando se le llama formalidad
a la burocracia
Muchas veces se piensa que lo contrario
a la informalidad es la formalidad, y no es verdad si se entiende a esta como
una estructura rígida que no puede cambiar porque las leyes así lo mandan. Nunca
un país puede ser estrictamente formal, dejaría de ser humano para muchas
situaciones que no calzan con una estricta rigidez de controles absolutos y de
un papeleo brutal, que todo lo paraliza.
La corrupción como
consecuencia de la informalidad
Quedándonos en las situaciones de
informalidad que son las que padecemos en la época actual y no podemos salir de
ellas, estamos viendo que las consecuencias son una suerte de trampas y
triquiñuelas que llevan directamente a la corrupción. Se generan contubernios y
mafias que defienden intereses particulares, usando medios ilícitos que llevan
a la mentira y al robo como actividades naturales que muchos consideran que son
propias de la coyuntura actual y de la conducta de las personas que quieren
sacar algo adelante.
Con ese modo de pensar se genera una mentalidad
permisiva que da cabida en poco tiempo la “ley de la selva”, donde gana el más
fuerte, el que tienen un mejor liderazgo, como también vemos en los grupos de
hampones o delincuentes, que han crecido considerablemente en todos los
sectores de la sociedad.
La informalidad es un cáncer social con
metástasis que termina con la destrucción y la muerte.
Urge un orden social que lleve al
progreso y a la modernización de la ciudad: calles
con veredas y debidamente asfaltadas, basura recogida a tiempo, semáforos y
señales de tránsito que funcionen bien y se tengan en cuenta, transportes
modernos y cómodos, mercados grandes y espaciosos, todas las casas pintadas y
bien arregladas, etc.
El orden empieza por uno mismo. Como
decía San Josemaría: “guarda el orden u el orden te guardará a ti” Necesitamos
que todas nuestras ciudades estén resguardadas por el orden, no solo el de la
policía, sino el que pone cada uno. (P. Manuel Tamayo)
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