EL SINDROME DEL AVESTRUZ
El avestruz esconde la cabeza
para no mirar ni moverse, y cree que no la miran.
“La impotencia de mucha
gente ante el cambio social parece dejarnos presos de la inacción, desconfiados
de las alternativas, sin comunidad con la que comprometernos en construir otras
opciones”. (Fernando Vidal),
“En esta situación de
parálisis social, de incertidumbres y de saturación mental, la ciudadanía no
puede renunciar a continuar siendo critica, a estar motivada y a pensar, sentir
y actuar en su contexto” (José Palos).
COMENTARIO
“¡Que
alguien haga algo!” suelen decir muchas personas cuando no saben qué
hacer o no quieren comprometerse a dar la cara o a involucrarse personalmente
en una causa.
Pueden existir motivos
urgentes para intervenir, que serían situaciones extraordinarias para resolver
problemas o dificultades que aquejan a las grandes mayorías; pero puede haber
al mismo tiempo una parálisis social.
Muchos ya no quieren
ver, prefieren taparse los ojos. No quieren leer los periódicos, ni ver los
noticieros porque se estresan, entran fácilmente en el síndrome del avestruz,
creen que por esconder la cabeza todo irá mucho mejor.
Complicidad
para ocultar
El miedo y la falta de
atrevimiento de no pocas autoridades, para decir la verdad, es porque tienen “rabo de paja” o porque buscan prebendas
sustanciosas para sus bolsillos. Estas conductas crean situaciones caóticas y
laberintos sin salida en una sociedad.
A estas autoridades “comprometidas” no les interesa que se descubra
la verdad y quieren seguir viviendo gracias a un consenso de complicidad, que
no se queda solo en el silencio para ocultar algo del pasado, sino que apunta, además,
a un nuevo y sustancioso negociado.
Cuando se reúnen personas
con “yaya” hacen complicidad para no
revelar su pasado sucio y para seguir consiguiendo beneficios, apoyándose entre
ellos con una falsa “lealtad” que se
desmoronará en el futuro, por no ser auténtica.
Un grave conflicto se
arma cuando se enfrentan personas con “trapos
sucios” va creciendo poco a poco una lucha sin cuartel, sin escrúpulos,
donde termina imponiéndose “la ley de la
selva”, ya no importa la verdad, ni la moralidad de los hechos, se impone
el más poderoso, aunque caiga en una voracidad espantosa, donde todo es
atropello y maltrato.
A todos les consta que,
cuando se dan estas circunstancias, en poco tiempo se destapa un diluvio de
acusaciones que lo empapa todo, pero enseguida, el poderoso sistema enquistado,
aplica la secadora, y no pasó nada.
Los cargos imputados
solo servirían para escribir una novela o grabar una película para el futuro.
Todo queda igual, nada se resuelve.
Conjunción
de síndromes
En una sociedad aplastada por la corrupción empieza a nacer una mentalidad que es
consecuencia del cansancio, el abandono y la dejadez; es una suerte de
depresión social donde se juntan el síndrome de Estocolmo con el del Avestruz.
Con el primero aparece los ayayeros, que buscan arrimarse al poder
sin que les importe demasiado que sea corrupto. Son una suerte de aduladores o sobones que prefieren hacerle un quiño
al corrupto que defender la verdad. Estos son los que se rinden y esgrimen
argumentos de condescendencia y unidad. Adoptan una postura de término medio,
que es más bien de mediocridad.
Los del síndrome del Avestruz son los
que no quieren saber nada y se esconden. No quieren intervenir y pierden todo
tipo de interés. Orientan su vida por otros derroteros sin que les importe la
suerte de los demás. Es una actitud de cobardía y de indiferencia.
Despertar con la verdad
La verdad no es solo algo esculpido y
teórico. Si se está en ella, se actuará conforme a ella. Si la atacan se
defiende. La verdad es la que nos hace libres y felices.
Los que dirigen los destinos de la
humanidad deben ser amantes de la verdad porque vivirán de acuerdo a ella, y se
notará en sus conductas: trasparencia, honradez,
honorabilidad, lealtad, fidelidad.
La sociedad no la pueden conducir los
incapaces, los ignorantes y mucho menos los que tienen un pasado manchado con
faltas graves. La sociedad, en ninguno de sus estamentos, puede estar manejada
por mafias o grupos extremistas que atenten contra la paz y la dignidad de las
personas. No hay más que repasar un poco la historia para aprender de ella. (P. Manuel Tamayo)
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