NO HUYAS DE LOS QUE MÁS TE QUIEREN
“Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes,
da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo. Al oír esto, el joven se fue triste…” (Mt, 16)
“El adolescente puede rechazar de los
adultos hasta las más mínimas observaciones, consejos, peticiones de
información sobre sus actividades, juicios sobre su comportamiento: en todo
siente la amenaza de ser definido y él querría ser indefinible… Las
manifestaciones externas de cariño por parte de los mayores parecen molestar al
adolescente, que se siente tratado como un niño, pero al mismo tiempo es muy
susceptible respecto a cualquier falta de atención o muestra de indiferencia:
casi sin advertirlo, proyecta sobre la actitud de los adultos el concepto
empobrecido y ambiguo que tiene de sí mismo”. (Tomás Melendo, “Educar al niño y al
adolescente, Arvo Net)
COMENTARIO
Huye
el que no tiene amor y está metido en sus cosas y en sí mismo, huye también el
que tiene miedo y se escapa, por timidez o por no querer comprometerse en una
tarea ardua. El que se aleja de lo bueno podría pensar erróneamente que esa elección le da libertad y autonomía. Podría
pensar que al huir estaría defendiendo sus espacios propios sin dejar que nadie
se meta en sus decisiones. Esto les puede pasar, en mayor o menor grado, a los adolescentes.
Toda
persona necesita ser educada desde la infancia con una atención esmerada y
cercana de sus padres y maestros. Si falta o
es escasa esta dedicación, la persona joven huirá de lo bueno (porque su naturaleza está dañada por el
pecado) y, con mucha facilidad,
se acercará a lo que es malo, con el peligro de “malograr” su vida para
siempre. Es lo que lamentablemente vemos en muchos casos.
No
es poco corriente oír las quejas de los padres por sus hijos adolescentes, que
de niños eran maravillosos, pero al cumplir los 14 o 15 años se volvieron
rebeldes e irreverentes, con críticas amargas a lo que se les enseñó con tanto
cariño, y con una actitud contestataria, agresiva y algunas veces hasta
insolente.
Es
necesario advertir que la sociedad, tal
como está, no ayuda en nada para la educación de los hijos adolescentes.
Los jóvenes, que no hay vivido más que
los escasos años que tienen, no se dan cuenta de la gran crisis moral que
padece el mundo en estos tiempos, y que la
situación de inseguridad en las calles y en muchas personas con escasa
formación cristiana, está afectando a muchos jóvenes, que fácilmente hacen
desarreglos de conducta poniendo en peligro su futuro. A la crisis normal de la
adolescencia se está uniendo la crisis brutal
de valores que existe en la sociedad.
Juntando
las dos crisis encontramos: casas
vacías donde todo el mundo sale porque piensan
que la libertad y la felicidad está en salir a la calle. Salidas nocturnas a
lugares de diversión donde se generan vicios (alcohol, drogas, ludopatía). Visitas
excesivas a los centros comerciales motivadas por una propaganda abundante que
aparece en la televisión y en las redes, buscando un público cautivo que los
apoye para fomentar el consumismo. Rezagos de un “machismo” que es más fuerte
en el mundo oriental, pero también en los países occidentales se están
multiplicando los delitos conyugales convirtiendo los hogares “infiernos” de violencia, donde todos quieren salir
corriendo.
Y
con este cuadro social alterado encontramos problemas serios dentro de los
hogares, incluso en las casas donde los
padres intentan poner todo su amor para educar bien a sus hijos y evitar que se
pierdan. Algunos, con muy poco tino,
los engríen demasiado dándoles todo tipo de facilidades, y los vuelven
sumamente egoístas y protestones. Solo piensan en sí mismos reclamando sus
“derechos”
Quienes
nos dedicamos a la educación observamos que en estos tiempos algunos
adolescentes tratan mal a sus papás exigiéndoles recursos y atenciones
inmediatas. Quieren tenerlos a su servicio y al mismo tiempo desean ser
independiente, que sus padres no le pregunten a dónde va, ni con quién está,
que no se metan en su vida.
En
muchos hogares los hijos ya no quieren colaborar con los trabajos de la casa, o
lo que es peor: se retiran a sus “mundos” juveniles sin valorar y agradecer
todo lo que reciben de sus seres queridos. Prefieren escuchar a sus “amigos” que
a sus propios padres.
Todos
tenemos que reconocer las faltas, muchas
veces graves, que hemos cometido haciendo sufrir a nuestros padres y a las
personas que nos han querido mucho. Sin embargo esta realidad no debe servir de
consuelo a los jóvenes. Si tienen la dicha de mejorar y portarse bien, van a
ser mucho más felices ahora y también después. No vale decir: “todos tenemos que pasar por lo mismo”
No tiene por qué ser así. Se trata de que las generaciones nuevas sean mucho
mejores que las anteriores.
El
consejo que podríamos dejar de nuestra experiencia personal es: ¡No huyas nunca de los que más te quieren!
¡no los pierdas!
La
Iglesia predica la parábola del hijo pródigo de los Evangelios que ejemplifica
el retorno del hijo arrepentido y la alegría del padre que le hace una fiesta
porque ha vuelto el hijo trasformado y convertido.
La
Iglesia entera reza para que los hombres vuelvan a Dios. El Señor espera a
todos con los brazos abiertos. Nadie nos quiere más que Dios.
Todos, y
especialmente los jóvenes, deberían hacer el propósito firme de no huir
nunca de Dios y de las personas que saben querer con un corazón limpio y
ordenado por el amor de Dios. (Manuel Tamayo)
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