martes, 12 de julio de 2016

NO HUYAS DE LOS QUE MÁS TE QUIEREN

“Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo. Al oír esto, el joven se fue triste…” (Mt, 16)

“El adolescente puede rechazar de los adultos hasta las más mínimas observaciones, con­sejos, peticiones de información sobre sus actividades, juicios sobre su comportamien­to: en todo siente la amenaza de ser definido y él querría ser indefinible…  Las manifestaciones externas de cariño por parte de los mayores parecen molestar al adolescente, que se siente tratado como un niño, pero al mismo tiempo es muy susceptible respecto a cualquier falta de atención o muestra de indiferencia: casi sin advertirlo, proyecta sobre la actitud de los adultos el concepto empobrecido y ambiguo que tiene de sí mismo”. (Tomás Melendo, “Educar al niño y al adolescente, Arvo Net)

COMENTARIO
Huye el que no tiene amor y está metido en sus cosas y en sí mismo, huye también el que tiene miedo y se escapa, por timidez o por no querer comprometerse en una tarea ardua. El que se aleja de lo bueno podría pensar erróneamente que esa elección le da libertad y autonomía. Podría pensar que al huir estaría defendiendo sus espacios propios sin dejar que nadie se meta en sus decisiones. Esto les puede pasar, en mayor o menor grado, a los adolescentes.

Toda persona necesita ser educada desde la infancia con una atención esmerada y cercana de sus padres y maestros. Si falta o es escasa esta dedicación, la persona joven huirá de lo bueno (porque su naturaleza está dañada por el pecado) y, con mucha facilidad, se acercará a lo que es malo, con el peligro de “malograr” su vida para siempre. Es lo que lamentablemente vemos en muchos casos.

No es poco corriente oír las quejas de los padres por sus hijos adolescentes, que de niños eran maravillosos, pero al cumplir los 14 o 15 años se volvieron rebeldes e irreverentes, con críticas amargas a lo que se les enseñó con tanto cariño, y con una actitud contestataria, agresiva y algunas veces hasta insolente.

Es necesario advertir que la sociedad, tal como está, no ayuda en nada para la educación de los hijos adolescentes. Los jóvenes, que no hay vivido más que los escasos años que tienen, no se dan cuenta de la gran crisis moral que padece el mundo en estos tiempos,  y que la situación de inseguridad en las calles y en muchas personas con escasa formación cristiana, está afectando a muchos jóvenes, que fácilmente hacen desarreglos de conducta poniendo en peligro su futuro. A la crisis normal de la adolescencia se está uniendo la crisis brutal de valores que existe en la sociedad.

Juntando las dos crisis  encontramos:  casas vacías donde todo el mundo sale porque   piensan que la libertad y la felicidad está en salir a la calle. Salidas nocturnas a lugares de diversión donde se generan vicios (alcohol, drogas, ludopatía). Visitas excesivas a los centros comerciales motivadas por una propaganda abundante que aparece en la televisión y en las redes, buscando un público cautivo que los apoye para fomentar el consumismo. Rezagos de un “machismo” que es más fuerte en el mundo oriental, pero también en los países occidentales se están multiplicando los delitos conyugales convirtiendo los hogares “infiernos”  de violencia, donde todos quieren salir corriendo.

Y con este cuadro social alterado encontramos problemas serios dentro de los hogares, incluso  en las casas donde los padres intentan poner todo su amor para educar bien a sus hijos y evitar que se pierdan. Algunos, con muy poco tino, los engríen demasiado dándoles todo tipo de facilidades, y los vuelven sumamente egoístas y protestones. Solo piensan en sí mismos reclamando sus “derechos”
Quienes nos dedicamos a la educación observamos que en estos tiempos algunos adolescentes tratan mal a sus papás exigiéndoles recursos y atenciones inmediatas. Quieren tenerlos a su servicio y al mismo tiempo desean ser independiente, que sus padres no le pregunten a dónde va, ni con quién está, que no se metan en su vida.

En muchos hogares los hijos ya no quieren colaborar con los trabajos de la casa, o lo que es peor: se retiran a sus “mundos” juveniles sin valorar y agradecer todo lo que reciben de sus seres queridos. Prefieren escuchar a sus “amigos” que a sus propios padres.

Todos tenemos que reconocer las faltas, muchas veces graves, que hemos cometido haciendo sufrir a nuestros padres y a las personas que nos han querido mucho. Sin embargo esta realidad no debe servir de consuelo a los jóvenes. Si tienen la dicha de mejorar y portarse bien, van a ser mucho más felices ahora y también después. No vale decir: “todos tenemos que pasar por lo mismo” No tiene por qué ser así. Se trata de que las generaciones nuevas sean mucho mejores que las anteriores.

El consejo que podríamos dejar de nuestra experiencia personal es: ¡No huyas nunca de los que más te quieren! ¡no los pierdas!

La Iglesia predica la parábola del hijo pródigo de los Evangelios que ejemplifica el retorno del hijo arrepentido y la alegría del padre que le hace una fiesta porque ha vuelto el hijo trasformado y convertido.

La Iglesia entera reza para que los hombres vuelvan a Dios. El Señor espera a todos con los brazos abiertos. Nadie nos quiere más que Dios.

Todos,  y especialmente los jóvenes, deberían hacer el propósito firme de no huir nunca de Dios y de las personas que saben querer con un corazón limpio y ordenado por el amor de Dios.  (Manuel Tamayo)

  

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