jueves, 7 de julio de 2016


LAS DISTANCIAS DEL ADOLESCENTE

 “Los hijos necesitan valorar y querer a su padre, y que él los valore y los quiera; y cuando esto no se produce, surgen problemas afectivos. También el padre necesita comprenderse y mostrarse a sí mismo como padre” (Ramiro Pellitero Iglesias, “El desafío de la familia cristiana” CDSCO, pp. 35)

“Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros.…”  (San Juan, 13, 14)


COMENTARIO

La paternidad humana es una participación de la paternidad divina. Dios padre, con su providencia amorosa, quiere y cuida a sus hijos. Los papás  y los sacerdotes somos instrumentos de Dios cuando ejercemos la paternidad. Ambos somos también maestros porque tenemos el deber de aconsejar y enseñar, aunque esa tarea puede ser difícil y muy costosa.

Los jóvenes, especialmente cuando pasan por la adolescencia, viven metidos en sus mundos juveniles y dando lugar a ciertas distancias, que ellos mismos ponen, con los mayores. Unos se alejan mucho, otros no tanto, pero siempre hay algunas distancias provocadas por ellos.

Es por eso que muchos padres encuentran dificultad para tratar a sus hijos. Dicen que están rebeldes, que no les obedecen, que son unos ingratos. A otros les parece que los chicos son así,que siempre ha sido así, y consideran la adolescencia como una etapa de “tormenta e impulso”, otros dicen que la adolescencia es una “enfermedad” por la que todos debemos pasar.

Yo pienso que la adolescencia es una etapa maravillosa de la vida donde se forjan los grandes ideales y puede crecer en generosidad para hacer muchas obras buenas. Si se forma bien a los hijos, exigiéndoles con mucho cariño, aunque se quejen un poco, ellos terminarán respondiendo muy bien y agradecerán a quienes cuidaron de ellos y estuvieron a su lado con un amor incondicional.  Es propio de la paternidad el saber valorar constantemente a los hijos. Qué el hijo sienta que su padre lo tiene muy alto.

Los padres deben tener mucha paciencia con los hijos, comprender sus rebeldías o irreverencias, sus faltas de tino, la terquedad de planteamientos absurdos, donde suele faltar la coherencia y el sentido común.  Por otro lado la escasa de experiencia de la vida de un chico lo suele tener temeroso y lleno de dudas, con una  ansiedad de querer hacer cosas por  cuenta propia y sin pedir consejo; se pone difícil para comunicarse y no es consciente del dolor que provoca a sus seres queridos cuando se ponen distantes.

Jesucristo nos enseña a todos a ser maestros lavándoles los pies a los discípulos. Es un gesto de humildad y de servicio. Los padres, igual que los sacerdotes, tenemos que poner el corazón en el suelo para que los jóvenes pisen. No importa que duela. Ellos se darán cuenta después y también les dolerá por haberse portado de esa manera. Vuelven como el hijo pródigo pidiendo perdón y tendremos que recibirlos con mucho afecto y hacer la fiesta. (P. Manuel Tamayo).

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