sábado, 22 de abril de 2017

FAMILIAS ROTAS Y DESPLOMADAS

“El desmantelamiento del matrimonio como institución conyugal por parte del Estado es uno de los fenómenos políticos y sociales más rápidos y de mayor alcance de nuestra época… El avance imparable del matrimonio entre personas del mismo sexo es el resultado no solo de la enérgica y sólida presión de los grupos de interés, sino del afán desmedido de políticos, artistas y líderes sociales que lo promueven. Es casi el cántico uniforme de los que desfilan bajo las banderas de la igualdad y la justicia, impulsados por la ética de la autonomía…Oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo es considerado, en el mejor de los casos, como aferrarse a creencias y tradiciones religiosas obsoletas y superadas en el mundo avanzado; y en el peor de los casos, como manifestaciones intolerables de homofobia y odio… En los países donde predomina la ética de la autonomía han reconocido legalmente una versión desvirtuada del matrimonio que casi nada tiene que ver con la realidad antropológica originaria” (Austen –Ivereigh y Yago de la Cierva, “Como defender la fe” pp. 112 – 114)


COMENTARIO

Un niño de doce años me decía que sus compañeros de colegio ya tenían novia y que muchos de ellos cambiaban la enamorada como se cambian de camisa. Las niñas de la misma edad ya están mirando a los jovencitos con sus poses atractivas, las que ven en las películas o en la misma realidad de la calle.
Los sexagenarios, que hemos visto de todo, estamos asombrados de estos desatinos que se multiplican por todas partes y que van irremediablemente al descalabro, no puede ser de otra manera. Y esto ¿por qué ocurre? La respuesta está clara: la ausencia de la familia.

La familia no es solo un conjunto de personas que viven juntas. La Iglesia la define como una comunidad de vida y amor. Los desórdenes motivados por un excesivo egoísmo en las personas, aíslan al ser humano. Es entonces cuando el hombre se convierte en un dueño absoluto de sí mismo, con un amor propio que a la larga, si no se corrige, lo termina embruteciendo y envileciendo. Sus relaciones humanas terminan siendo conflictivas. No hay manera de que se lleve bien y entonces se deteriora y hasta se rompe el trato con los demás, y así los matrimonios no duran.

Una persona que se ha peleado con todos vive en una constante contradicción. Su esencia como persona está dañada, busca desaforadamente a alguien que lo comprenda pero como él no puede comprender, vive esclavizado por sus propias dudas que lo llevarán siempre a desconfiar de los demás. Una mujer en esa situación suele sentirse herida y maltratada en sus relaciones humanas habituales. Vive triste y se siente víctima.

Cuando el Estado no protege al matrimonio y a la familia, está yendo contra su propia función e identidad,  y a la larga se convierte en cómplice de la corrupción de toda una sociedad.

La libertad no es la permisividad para hacer lo que se quiera. La familia educa en la libertad consiguiendo formar las conciencias de acuerdo con la verdad y procurando el bien de las personas.
Cuando la familia está desprotegida es muy fácil que sus miembros busquen su capricho o beneficio personal, cada uno quisiera ir por libre sin sentirse atado o condicionado por ninguno. Esa suerte de “libertad” rompe la unidad familiar que está estructurada con compromisos de entrega y sacrificio para los que realmente se ama.

La rebeldía de una sociedad al matrimonio tradicional se podría considerar como la enfermedad más grave de nuestros tiempos que acrecienta, en quien la padece, el odio a Dios y el rechazo de una moral coherente para vivir de acuerdo al plan establecido por el creador.   (P. Manuel Tamayo)


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