FAMILIAS ROTAS Y DESPLOMADAS
“El desmantelamiento del matrimonio como institución
conyugal por parte del Estado es uno de los fenómenos políticos y sociales más
rápidos y de mayor alcance de nuestra época… El avance imparable del matrimonio
entre personas del mismo sexo es el resultado no solo de la enérgica y sólida
presión de los grupos de interés, sino del afán desmedido de políticos,
artistas y líderes sociales que lo promueven. Es casi el cántico uniforme de
los que desfilan bajo las banderas de la igualdad y la justicia, impulsados por
la ética de la autonomía…Oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo
es considerado, en el mejor de los casos, como aferrarse a creencias y
tradiciones religiosas obsoletas y superadas en el mundo avanzado; y en el peor
de los casos, como manifestaciones intolerables de homofobia y odio… En los
países donde predomina la ética de la autonomía han reconocido legalmente una
versión desvirtuada del matrimonio que casi nada tiene que ver con la realidad
antropológica originaria” (Austen –Ivereigh y Yago de la Cierva, “Como defender la fe” pp.
112 – 114)
COMENTARIO
Un niño de doce
años me decía que sus compañeros de colegio ya tenían novia y que muchos de
ellos cambiaban la enamorada como se cambian de camisa. Las niñas de la misma
edad ya están mirando a los jovencitos con sus poses atractivas, las que ven en
las películas o en la misma realidad de la calle.
Los sexagenarios, que hemos visto de todo, estamos
asombrados de estos desatinos que se multiplican por todas partes y que van
irremediablemente al descalabro, no puede ser de otra manera. Y esto ¿por qué
ocurre? La respuesta está clara: la ausencia de la familia.
La familia no es
solo un conjunto de personas que viven juntas. La Iglesia la define como una comunidad de vida y amor. Los
desórdenes motivados por un excesivo egoísmo en las personas, aíslan al ser humano.
Es entonces cuando el hombre se convierte en un dueño absoluto de sí mismo, con
un amor propio que a la larga, si no se
corrige, lo termina embruteciendo y envileciendo. Sus relaciones humanas
terminan siendo conflictivas. No hay manera de que se lleve bien y entonces se
deteriora y hasta se rompe el trato con los demás, y así los matrimonios no
duran.
Una persona que se
ha peleado con todos vive en una constante contradicción. Su esencia como
persona está dañada, busca desaforadamente a alguien que lo comprenda pero como
él no puede comprender, vive esclavizado por sus propias dudas que lo llevarán
siempre a desconfiar de los demás. Una mujer en esa situación suele sentirse
herida y maltratada en sus relaciones humanas habituales. Vive triste y se
siente víctima.
Cuando el Estado no
protege al matrimonio y a la familia, está yendo contra su propia función e
identidad, y a la larga se convierte en
cómplice de la corrupción de toda una sociedad.
La libertad no es
la permisividad para hacer lo que se quiera. La familia educa en la libertad
consiguiendo formar las conciencias de acuerdo con la verdad y procurando el
bien de las personas.
Cuando la familia
está desprotegida es muy fácil que sus miembros busquen su capricho o beneficio
personal, cada uno quisiera ir por libre sin sentirse atado o condicionado por
ninguno. Esa suerte de “libertad” rompe la unidad familiar que está
estructurada con compromisos de entrega y sacrificio para los que realmente se
ama.
La rebeldía de una
sociedad al matrimonio tradicional se podría considerar como la enfermedad más
grave de nuestros tiempos que acrecienta, en
quien la padece, el odio a Dios y el rechazo de una moral coherente para vivir
de acuerdo al plan establecido por el creador.
(P. Manuel Tamayo)
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