CON DIOS O CONTRA DIOS
“Si
miramos bien, la causa de toda persecución es el odio del
príncipe de este mundo hacia
cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y con su
resurrección, él nos odia y suscita la
persecución, que desde los tiempos de Jesús y continúa hasta
nuestros días… ¿Qué
cosa necesita hoy la Iglesia?: mártires,
testimonios, es decir, Santos, aquellos de la vida ordinaria, porque son los
Santos los que llevan adelante a la Iglesia. ¡Los Santos!, sin ellos la Iglesia no puede ir
adelante. La Iglesia necesita de los Santos de todos los días, que lleven todo
con coherencia; pero también de aquellos que tienen la valentía de aceptar la
gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte… Todos ellos son la
sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia;
aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo
testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han
recibido como don. Ellos nos enseñan que, con
la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la
prepotencia, la violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz.
Y entonces podemos orar así: "Oh
Señor, haznos dignos testimonios del Evangelio y de tu amor; infunde tu
misericordia sobre la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos
perseguidos, concede pronto la paz al mundo entero. A ti, Señor, la Gloria y a
nosotros la vergüenza". (Papa
Francisco, Homilía a los mártires del s. XX y XXI).
COMENTARIO
Los
que tenemos fe estamos convencidos que si no estamos con Dios nos volvemos
contra Él.
El
ateo debe pensar que si Dios existe, su vida, por muy buena que le parezca,
estaría totalmente limitada, con una grave deficiencia cara a su finalidad.
Los
que tenemos fe no miramos a los ateos o
agnósticos como seres inferiores, tampoco los rechazamos. Al contrario no
solo los respetamos sino que también los amamos. La conducta de un cristiano es
como la de Jesucristo.
Los
que en nombre de Dios matan o ejercen cualquier tipo de violencia contra el
prójimo, no pueden llamarse cristianos. Lo que es violento y va contra el
prójimo no puede ser de Dios.
El
hombre pecador que se va contra los mandamientos ( y actúa violentamente), se
aleja de Dios, sin embargo el Señor, en su infinita misericordia, lo puede
perdonar si se encuentra sinceramente arrepentido de la falta que cometió. El hombre perdonado también puede perdonar y
debe hacerlo para responder a su propia dignidad como persona. El mundo
necesita del perdón de Dios y de nuestro perdón. Para eso vino Jesucristo: para
librarnos del pecado perdonándonos y fortaleciéndonos para no pecar.
Alejarse
de Dios es dejar que el pecado prevalezca y cause estragos en el pecador, y muy
probablemente, en las personas de su entorno. El pecador que no está arrepentido
influye negativamente y no deja que otras personas se acerquen a Dios. Es que
el diablo, que actúa todos los días, se mete en su corazón con razones
“humanas” que parecen coherentes y de sentido común.
La
actuación del príncipe de la mentira se nota en lo que está pasando hoy en el
mundo: persecuciones cruentas en distintos países, persecución ideológica en
occidente con modos de pensar que se oponen directamente a la doctrina
cristiana, que la Iglesia nos enseña,
y las desuniones que son consecuencia de la falta de coherencia de vida cuando
al pecado se le da “luz verde” y se
termina viviendo como si Dios no existiera.
El
descalabro de la crisis del hombre empieza cuando no se ama realmente a los
miembros de la propia familia: matrimonios
rotos, inmoralidad sexual, peleas, separaciones, violencias, guerras. Toda
una suerte de desequilibrios que se inician en las crisis individuales y se
extienden a toda la sociedad. Cuando se pierden la brújula y el radar arrancan
las turbulencias con una intensidad inusitada que asombra y asusta. En la línea
del escándalo aparecen y se multiplican,
como una plaga, increíbles barbaridades que antes no se veían; ¿estaremos
ya tocando fondo?
Es
urgente decidirse a ir con Dios unidos a Jesucristo en todo lo que pida. El
compromiso con Dios podría verse como radical, pero es el que produce
coherencia de vida y unidad, porque se trata del bien más grande que el hombre
pueda recibir. Jesucristo es el único que no nos engaña y consigue que nosotros
tengamos una auténtica paz. (P. Manuel Tamayo)
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