viernes, 28 de abril de 2017

CON DIOS O CONTRA DIOS

“Si miramos bien, la causa de toda persecución es el odio del príncipe de este mundo hacia cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y con su resurrección, él nos odia y suscita la persecución, que desde los tiempos de Jesús y continúa hasta nuestros días…  ¿Qué cosa necesita hoy la Iglesia?: mártires, testimonios, es decir, Santos, aquellos de la vida ordinaria, porque son los Santos los que llevan adelante a la Iglesia. ¡Los Santos!, sin ellos la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita de los Santos de todos los días, que lleven todo con coherencia; pero también de aquellos que tienen la valentía de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte… Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia; aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don. Ellos nos enseñan que, con la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la prepotencia, la violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz. Y entonces podemos orar así: "Oh Señor, haznos dignos testimonios del Evangelio y de tu amor; infunde tu misericordia sobre la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos perseguidos, concede pronto la paz al mundo entero. A ti, Señor, la Gloria y a nosotros la vergüenza".  (Papa Francisco, Homilía a los mártires del s. XX y XXI).



COMENTARIO

Los que tenemos fe estamos convencidos que si no estamos con Dios nos volvemos contra Él.
El ateo debe pensar que si Dios existe, su vida, por muy buena que le parezca, estaría totalmente limitada, con una grave deficiencia cara a su finalidad.

Los que tenemos fe no miramos a los ateos o agnósticos como seres inferiores, tampoco los rechazamos. Al contrario no solo los respetamos sino que también los amamos. La conducta de un cristiano es como la de Jesucristo.

Los que en nombre de Dios matan o ejercen cualquier tipo de violencia contra el prójimo, no pueden llamarse cristianos. Lo que es violento y va contra el prójimo no puede ser de Dios.

El hombre pecador que se va contra los mandamientos ( y actúa violentamente), se aleja de Dios, sin embargo el Señor, en su infinita misericordia, lo puede perdonar si se encuentra sinceramente arrepentido de la falta que cometió.  El hombre perdonado también puede perdonar y debe hacerlo para responder a su propia dignidad como persona. El mundo necesita del perdón de Dios y de nuestro perdón. Para eso vino Jesucristo: para librarnos del pecado perdonándonos y fortaleciéndonos para no pecar.

Alejarse de Dios es dejar que el pecado prevalezca y cause estragos en el pecador, y muy probablemente, en las personas de su entorno. El pecador que no está arrepentido influye negativamente y no deja que otras personas se acerquen a Dios. Es que el diablo, que actúa todos los días, se mete en su corazón con razones “humanas” que parecen coherentes y de sentido común.

La actuación del príncipe de la mentira se nota en lo que está pasando hoy en el mundo: persecuciones cruentas en distintos países, persecución ideológica en occidente con modos de pensar que se oponen directamente a la doctrina cristiana, que la Iglesia nos enseña, y las desuniones que son consecuencia de la falta de coherencia de vida cuando al pecado se le da “luz verde” y se termina viviendo como si Dios no existiera.

El descalabro de la crisis del hombre empieza cuando no se ama realmente a los miembros de la propia familia: matrimonios rotos, inmoralidad sexual, peleas, separaciones, violencias, guerras. Toda una suerte de desequilibrios que se inician en las crisis individuales y se extienden a toda la sociedad. Cuando se pierden la brújula y el radar arrancan las turbulencias con una intensidad inusitada que asombra y asusta. En la línea del escándalo aparecen y se multiplican, como una plaga, increíbles barbaridades que antes no se veían; ¿estaremos ya tocando fondo?

Es urgente decidirse a ir con Dios unidos a Jesucristo en todo lo que pida. El compromiso con Dios podría verse como radical, pero es el que produce coherencia de vida y unidad, porque se trata del bien más grande que el hombre pueda recibir. Jesucristo es el único que no nos engaña y consigue que nosotros tengamos una auténtica paz. (P. Manuel Tamayo)


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