jueves, 4 de mayo de 2017

MORIR EN CASA

“La realidad de la muerte en las sociedades occidentales hasta comienzos del siglo XX se experimentaba como algo familiar y al mismo tiempo público… el moribundo , rodeado de sus familiares y amigos, pronunciaba las últimas palabras y fallecía ante los rostros compungidos de sus más allegados. La muerte de antaño era familiar…La nueva cultura del morir, la hospitalización se ha ido imponiendo…Los enfermos graves son mandados a morir al hospital, rodeados de aparatos y normalmente solos…Merecemos envejecer en una sociedad que vea los cuidados que necesitamos con una compasión basada en el respeto, y sepa ofrecernos un apoyo auténtico en nuestros últimos días. El propósito de los cuidados paliativos es el de proporcionar un ambiente de amor para la persona que pronto dejará esta vida”  (Austen –Ivereigh y Yago de la Cierva “Como defender la fe” pp. 185. 188,189).



COMENTARIO

Cada día nacen unos y mueren otros. Los ambientes son diferentes. El nacimiento es alegría y la muerte dolor. En una misma familia pueden ocurrir estos dos acontecimientos en fechas cercanas. Cuando alguien muere no se quiere celebrar, se postergan las fechas. A nadie le gusta morirse porque el ser humano por naturaleza ama la vida. La vida es un privilegio y la muerte un castigo.

El sentimiento fuerte de vivir que todo ser humano tiene está dirigido, aunque muchos no lo sepan, a la vida eterna. La vida que vale la pena vivir es la que no se acaba. Si nosotros fuéramos Dios haríamos que la vida no se acabe y que sea de felicidad y estos es precisamente lo que Dios ha hecho. La Iglesia nos anuncia constantemente que hay una vida eterna de felicidad que es el fin de toda criatura.

La muerte aparece por el pecado del hombre y Jesucristo viene a rescatarnos y a salvarnos. Salvarse quiere decir: entrar al cielo.

Mientras estamos aquí en la tierra, en la Iglesia militante, debemos andar por el camino correcto que Cristo señala y la Iglesia enseña. Es el camino del amor a Dios y al prójimo. La Iglesia nos acompaña durante la vida para darnos fuerzas para ser buenos combatientes y derrotar el mal. Lo hace a través de los sacramentos. Recibimos la vida de Dios a través de los sacramentos donde nos encontramos con el amor de Dios y aprendemos a amar como Él nos amó.

Nuestra vida en la tierra es de milicia continua y con una esperanza que va in crecendo de alcanzar la meta, que es el Reino de los Cielos. Avanzamos amando a Dios y a nuestro prójimo, a nuestros seres queridos que son los que Dios pone a nuestro lado en nuestra familia.


Con la familia vivimos y cuando llega el momento también morimos. Con la ayuda de la familia tendremos, al final de la vida, la alegría de morir para vivir. La familia que procura para nosotros lo mejor a la hora de morir todos luchan para alcanzarnos lo más grandioso que podemos recibir. La gracia que nos libera para entrar en el Reino de los Cielos. Ayudemos a morir con amor con la ayuda de Dios y de la Virgen María, a quien le pedimos “acuérdate ahora y en la hora de nuestra muerte” (P. Manuel Tamayo).

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