LA
IDEOLOGÍA INTRUSA
Las
reivindicaciones de los movimientos aferentes a la gender theory subvierten, como es de
imaginar, la concepción más habitual de la familia, que podría ser definida en su
núcleo esencial como «vínculo de dos vínculos»: el vínculo de dos géneros,
entre hombre y mujer, y el vínculo de dos generaciones, entre ese hombre y esa
mujer y los hijos por ellos engendrados. En esa configuración, la familia se
caracteriza por la diferencia de género entre hombre y mujer y por la efectiva
generación de los hijos.
Estas
dos características, amplia y
generalmente consideradas esenciales para definir a la familia, ya no son
tales en el caso de que se redefina la familia sobre la base de las instancias
de la gender theory. Según esta visión, se
podría y se debería hablar también de «familia» incluso en ausencia de la
diferencia sexual, masculina y femenina, y de la efectiva generación de los
hijos por parte de los padres que los educan.
A
efectos del vínculo de pareja, la diferencia sexual es considerada, de hecho, insignificante,
de modo que la pareja podría estar constituida también por personas del mismo
sexo. Por otra parte, la orientación heterosexual sería tan solo una de las
posibles variantes del amor de pareja y, como tal, equivaldría a la orientación
homosexual, tanto en su versión masculina como femenina.
A
efectos del vínculo de filiación, también se considera indiferente la efectiva generación
de los hijos, de suerte que estos podrían nacer también de otros padres distintos
de aquellos que habrán de educarlos. La esencia de la paternidad-maternidad, no
anclada ya en la genitorialidad biológica, se reconoce en el vínculo afectivo
instaurado con el niño, prescindiendo del vínculo biológico. No importa –se
dice– quién es el progenitor del que uno nace, sino el progenitor con el que
uno crece. Lo que importa con respecto al progenitor no es el haber transmitido
el patrimonio genético, sino el proporcionar afecto, ofrecer oportunidades de
crecimiento y garantizar una buena educación. En apoyo de estas tesis se
observa que hay uniones homosexuales en las que los niños crecen mejor que en
algunas parejas de heterosexuales.
La
existencia de las técnicas de procreación artificial, y en particular de la
fecundación heteróloga, hace posible, por ejemplo, que un niño sea concebido en
una probeta mediante los gametos de una mujer, transferido al útero de una
segunda y criado por una tercera; del mismo modo que un niño puede ser
concebido por un hombre, recibir el reconocimiento legal de un segundo y ser
educado por un tercero. A esta genitorialidad múltiple corresponde una variedad
de designaciones del progenitor, calificado, por ejemplo, como «progenitor biológico»,
«progenitor legal», «progenitor social», «progenitor adquirido», «coprogenitor»
o «segundo progenitor».
La
indiferencia del género sexual y la genitorialidad múltiple convergen en
relativizar el valor del cuerpo sexuado de los progenitores. Desde una
perspectiva a-sexuada e incorpórea, la pareja paterno-materna ya no tendría necesariamente
que estar formada por un padre y una madre, sino que podría estarlo por dos
padres o dos madres: a la pareja hetero-sexuada se uniría también la pareja
mono-sexuada. Por otra parte, al no exigir ya la dualidad sexual de padre y
madre, la genitorialidad podría concentrarse también en un solo individuo, de
suerte que, junto a la pareja hetero-sexuada y mono-sexuada, habría que tener
en cuenta la mono-genitorial.
Desde
esa misma perspectiva, los nombres «padre» y «madre», dada su vinculación a la
diferencia sexual de hombre y mujer, dejarían de ser adecuados. Habría que
preferir una denominación indiferenciada: por ejemplo, la de progenitor 1 y progenitor 2, o bien progenitor y otro progenitor. En cualquier caso, los
nombres «padre» y «madre», dada la indiferencia del género sexual con respecto
al hecho de ser progenitores, podrían atribuirse indistintamente al hombre y a
la mujer. El ser padre o madre sería solo una cuestión de rol.
El
concepto de familia, no definido ya por la diferencia del género sexual y por
la univocidad de las figuras progenitoriales, resulta fluido y difuso,
multiforme y polivalente. La familia se está encaminando a un fenómeno de
pluralización, o sea, a la afirmación de «una pluralidad de formas de vida social
a las que se atribuye, o que reivindican para sí, la denominación de
“familia”». Al modelo familiar basado en el «bicolor» hombre-mujer se añaden
otros modelos que, por las diversas configuraciones de los vínculos de género y
de generación, prefieren definirse como «familias arco iris». La pluralidad y
la diversidad de las formas inducirían a superar el concepto mismo de familia
o, cuando menos, a considerarlo como un concepto genérico aplicado indistintamente
a diferentes especies de relaciones interpersonales; en todo caso, ya no podría
hablarse de familia, en singular, sino de familias, en plural. (Aristide Fumagali, “La cuestión del gender”
pp. 25-27).
COMENTARIO
Hay que tener cara
dura o ser muy ignorante para decir que no existe la ideología de género y que
en los textos escolares de hoy no se está introduciendo. Basta que los textos
los publique el Estado, o alguna entidad educativa, sin el consentimiento de
los padres para estar ya en uno de los objetivos
fundamentales de la ideología de género: destruir la paternidad y maternidad y
que el Estado lleve las riendas de la educación de los hijos.
Esta perversa
ideología (no hay otro nombre para
llamarla de un modo acertado) va directamente a destruir a la familia y a
los conceptos de paternidad y maternidad sacando la bandera de la igualdad para
defender a una mujer “aparentemente” maltratada. El feminismo más estricto es
una revolución contra el hombre, que es visto como agresor y machista, cuando
cumple su papel de padre y de jefe de familia.
Está claro que debe
haber igualdad al tratar a los hombres y a las mujeres; pero también es necesario atender a las
diferencias que hay entre el hombre y la mujer, para que cada uno se eduque de
acuerdo a lo que debe ser, el hombre como hombre y la mujer como mujer. Todo
ser humano merece respeto y buen trato, así lo enseña la Iglesia desde hace
siglos, sin embargo cada uno tiene su papel y su función.
Dios padre envió a
su hijo Jesucristo dándole un cuerpo de hombre perfecto, y Dios Padre crea a su propia madre, la
Virgen María, sin pecado original. La voluntad de Dios fue así. Después
Jesucristo elige como sucesores a los apóstoles, todos hombres. En esas elecciones
y funciones no existe la discriminación porque al hombre le corresponde lo que
es para el hombre y a la mujer lo que es para la mujer.
Las piruetas de la
ideología de género tejidas, en muchos casos, con odio, responden a una suerte
de resentimiento unida a la comodidad de los que no quieren entender el
sufrimiento de la Cruz y se rebelan apuntándose a la libertad absoluta, que no
respeta la ley natural. El hombre cree que puede hacer de su cuerpo y de su
vida lo que le da la gana. Quienes expresan esta liberalidad saben que su
desahogo termina en un vacío existencial y los convierte en voluntaristas
disforzados. Esos estilos de vida no
pegan ni convencen. El que vive dentro de esos esquemas se convierte en un protestón empedernido, y suele
intolerante con el que quiere hacer las cosas de acuerdo a una antropología que
defienda a la familia, y por lo tanto a
la paternidad y a la maternidad.
Hoy es necesario
poner en un pedestal a todas las madres que se sacrifican por sus hijos y
hacerles un homenaje. El mejor recuerdo que puede tener un hijo es el amor
incondicional que recibió de su propia madre. Por eso estamos eternamente
agradecidos.(P. Manuel Tamayo)
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