jueves, 11 de mayo de 2017

LA IDEOLOGÍA INTRUSA

Las reivindicaciones de los movimientos aferentes a la gender theory subvierten, como es de imaginar, la concepción más habitual de la familia, que podría ser definida en su núcleo esencial como «vínculo de dos vínculos»: el vínculo de dos géneros, entre hombre y mujer, y el vínculo de dos generaciones, entre ese hombre y esa mujer y los hijos por ellos engendrados. En esa configuración, la familia se caracteriza por la diferencia de género entre hombre y mujer y por la efectiva generación de los hijos.

Estas dos características, amplia y generalmente consideradas esenciales para definir a la familia, ya no son tales en el caso de que se redefina la familia sobre la base de las instancias de la gender theory. Según esta visión, se podría y se debería hablar también de «familia» incluso en ausencia de la diferencia sexual, masculina y femenina, y de la efectiva generación de los hijos por parte de los padres que los educan.

A efectos del vínculo de pareja, la diferencia sexual es considerada, de hecho, insignificante, de modo que la pareja podría estar constituida también por personas del mismo sexo. Por otra parte, la orientación heterosexual sería tan solo una de las posibles variantes del amor de pareja y, como tal, equivaldría a la orientación homosexual, tanto en su versión masculina como femenina.

A efectos del vínculo de filiación, también se considera indiferente la efectiva generación de los hijos, de suerte que estos podrían nacer también de otros padres distintos de aquellos que habrán de educarlos. La esencia de la paternidad-maternidad, no anclada ya en la genitorialidad biológica, se reconoce en el vínculo afectivo instaurado con el niño, prescindiendo del vínculo biológico. No importa –se dice– quién es el progenitor del que uno nace, sino el progenitor con el que uno crece. Lo que importa con respecto al progenitor no es el haber transmitido el patrimonio genético, sino el proporcionar afecto, ofrecer oportunidades de crecimiento y garantizar una buena educación. En apoyo de estas tesis se observa que hay uniones homosexuales en las que los niños crecen mejor que en algunas parejas de heterosexuales.

La existencia de las técnicas de procreación artificial, y en particular de la fecundación heteróloga, hace posible, por ejemplo, que un niño sea concebido en una probeta mediante los gametos de una mujer, transferido al útero de una segunda y criado por una tercera; del mismo modo que un niño puede ser concebido por un hombre, recibir el reconocimiento legal de un segundo y ser educado por un tercero. A esta genitorialidad múltiple corresponde una variedad de designaciones del progenitor, calificado, por ejemplo, como «progenitor biológico», «progenitor legal», «progenitor social», «progenitor adquirido», «coprogenitor» o «segundo progenitor».

La indiferencia del género sexual y la genitorialidad múltiple convergen en relativizar el valor del cuerpo sexuado de los progenitores. Desde una perspectiva a-sexuada e incorpórea, la pareja paterno-materna ya no tendría necesariamente que estar formada por un padre y una madre, sino que podría estarlo por dos padres o dos madres: a la pareja hetero-sexuada se uniría también la pareja mono-sexuada. Por otra parte, al no exigir ya la dualidad sexual de padre y madre, la genitorialidad podría concentrarse también en un solo individuo, de suerte que, junto a la pareja hetero-sexuada y mono-sexuada, habría que tener en cuenta la mono-genitorial.

Desde esa misma perspectiva, los nombres «padre» y «madre», dada su vinculación a la diferencia sexual de hombre y mujer, dejarían de ser adecuados. Habría que preferir una denominación indiferenciada: por ejemplo, la de progenitor 1 y progenitor 2, o bien progenitor y otro progenitor. En cualquier caso, los nombres «padre» y «madre», dada la indiferencia del género sexual con respecto al hecho de ser progenitores, podrían atribuirse indistintamente al hombre y a la mujer. El ser padre o madre sería solo una cuestión de rol.

El concepto de familia, no definido ya por la diferencia del género sexual y por la univocidad de las figuras progenitoriales, resulta fluido y difuso, multiforme y polivalente. La familia se está encaminando a un fenómeno de pluralización, o sea, a la afirmación de «una pluralidad de formas de vida social a las que se atribuye, o que reivindican para sí, la denominación de “familia”». Al modelo familiar basado en el «bicolor» hombre-mujer se añaden otros modelos que, por las diversas configuraciones de los vínculos de género y de generación, prefieren definirse como «familias arco iris». La pluralidad y la diversidad de las formas inducirían a superar el concepto mismo de familia o, cuando menos, a considerarlo como un concepto genérico aplicado indistintamente a diferentes especies de relaciones interpersonales; en todo caso, ya no podría hablarse de familia, en singular, sino de familias, en plural. (Aristide Fumagali, “La cuestión del gender” pp. 25-27).


COMENTARIO

Hay que tener cara dura o ser muy ignorante para decir que no existe la ideología de género y que en los textos escolares de hoy no se está introduciendo. Basta que los textos los publique el Estado, o alguna entidad educativa, sin el consentimiento de los padres   para estar ya en uno de los objetivos fundamentales de la ideología de género: destruir la paternidad y maternidad y que el Estado lleve las riendas de la educación de los hijos.

Esta perversa ideología (no hay otro nombre para llamarla de un modo acertado) va directamente a destruir a la familia y a los conceptos de paternidad y maternidad sacando la bandera de la igualdad para defender a una mujer “aparentemente” maltratada. El feminismo más estricto es una revolución  contra el hombre,  que es visto como agresor y machista, cuando cumple su papel de padre y de jefe de familia.

Está claro que debe haber igualdad al tratar a los hombres y a las mujeres;  pero también es necesario atender a las diferencias que hay entre el hombre y la mujer, para que cada uno se eduque de acuerdo a lo que debe ser, el hombre como hombre y la mujer como mujer. Todo ser humano merece respeto y buen trato, así lo enseña la Iglesia desde hace siglos, sin embargo cada uno tiene su papel y su función.

Dios padre envió a su hijo Jesucristo dándole un cuerpo de hombre perfecto,  y Dios Padre crea a su propia madre, la Virgen María, sin pecado original. La voluntad de Dios fue así. Después Jesucristo elige como sucesores a los apóstoles, todos hombres. En esas elecciones y funciones no existe la discriminación porque al hombre le corresponde lo que es para el hombre y a la mujer lo que es para la mujer.

Las piruetas de la ideología de género tejidas, en muchos casos, con odio, responden a una suerte de resentimiento unida a la comodidad de los que no quieren entender el sufrimiento de la Cruz y se rebelan apuntándose a la libertad absoluta, que no respeta la ley natural. El hombre cree que puede hacer de su cuerpo y de su vida lo que le da la gana. Quienes expresan esta liberalidad saben que su desahogo termina en un vacío existencial y los convierte en voluntaristas disforzados.  Esos estilos de vida no pegan ni convencen. El que vive dentro de esos esquemas se convierte en un protestón empedernido, y suele intolerante con el que quiere hacer las cosas de acuerdo a una antropología que defienda a la familia,  y por lo tanto a la paternidad y a la maternidad.

Hoy es necesario poner en un pedestal a todas las madres que se sacrifican por sus hijos y hacerles un homenaje. El mejor recuerdo que puede tener un hijo es el amor incondicional que recibió de su propia madre. Por eso estamos eternamente agradecidos.(P. Manuel Tamayo)


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