miércoles, 9 de mayo de 2018


CREATIVIDAD, AUTONOMÍA Y OBEDIENCIA

“Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. (Hechos 5,25).

“Con independencia de la revelación, puede el hombre, únicamente mediante su razón, saber lo que está bien y lo que está mal y conocer, por tanto, lo que está en consonancia con la voluntad de Dios. También esta tesis resulta convincente y perfectamente acorde con la tradición...  Hay una verdadera autonomía del hombre; ésta tiene su fundamento en una dependencia respecto de Dios que es de carácter originario-ontológico. Precisamente eso es lo que deja abierta la vía para un recto juicio de la razón práctica, entendida ésta como aquella capacidad propia —esto es, «autónoma»— del hombre, a la que compete discernir entre lo que está bien y lo que está mal….La imagen y semejanza de Dios en el hombre es origen de verdadera autonomía, ya que para enseñar al hombre la diferencia entre el bien y el mal no se requiere, en principio, ninguna revelación divina. Dios ha dotado al hombre de su ley precisamente por el hecho de haberlo creado a su imagen y semejanza; por haberlo dotado de la facultad de hacer efectiva él mismo —autónomamente— esa distinción en su corazón…Hay para el hombre un «orden del bien» fundamental (orden moral), que es creación de Dios, es decir, determinado «teonómicamente» y que, en cuanto tal, se halla objetivamente dado de antemano y a la autonomía humana se le ha encomendado hacerlo efectivo” (En Almudi por Martin Rhonheimer)

«La vida moral exige la creatividad y la inventiva propias de la persona, y que son fuente y fundamento de sus actos deliberados. Por otro lado, la razón recibe su verdad y su autoridad de la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina» (Vertiatis splendor nº 40).

“Toda rebelión del hombre contra la «ley de Dios» es siempre una rebelión contra su propio «ser-hombre» y, por tanto, contra su propio bien; y viceversa”(Ob cit, Martin Rhonheimer).

“Dios advierte al hombre de que no pretenda ser la fuente originaria, exclusiva, única, es decir, «creadora», de la distinción entre el bien y el mal” (ob cit. VS n. 41b).

“Está en juego, pues, la relación entre libertad y verdad. En un falso concepto de autonomía, toda «verdad» se disuelve por completo en pura relatividad histórica y cultural. De ese modo, en el interior de la conciencia moral desaparece la idea de la necesidad de subordinar la propia libertad a la «verdad de la creación»… La grandeza de la autonomía humana reside precisamente en la inmanencia de la sabiduría de Dios en el conocimiento moral humano, y no en la independencia y en la propia competencia «creadora» de este último. Como toda perfección creada, también la autonomía humana es responsable participación en la perfección divina, no simplemente un «espacio de libertad». De ese modo se pone de manifiesto, una vez más, cuán íntimamente afecta la idea de autonomía a la relación existente entre libertad y verdad, y cuánto se pone en juego con ello: en última instancia, la comprensión de la relación entre Creador y criatura y, por último, la propia idea de Dios…. Reconocimiento de autoridad y su correspondiente obediencia es algo que presupone autonomía. De lo contrario, la autoridad sería mera violencia, y la obediencia sería auto-sometimiento por parte del más débil…  Un ser libre y racional, precisamente en el ejercicio de su autonomía, puede obedecer absolutamente una norma cuyo contenido él mismo no comprende, pero de cuya racionalidad responde la autoridad de la que aquélla procede. Claro que para eso se requiere también humildad” (Martin Rhonheimer).


COMENTARIO

El hombre se da cuenta que es realmente libre cuando se entera que está creado por un Dios que ha puesto en su naturaleza la ley natural. Con ese conocimiento constata claramente que es libre si vive de acuerdo a esa ley que está en su misma naturaleza. 

Si el hombre pudiera crearse a sí mismo se daría esa misma ley, que le posibilita ser libre y por lo tanto feliz. Pero el hombre no ha creado esa ley, debe reconocer que el autor es Dios.

El hombre ejercita así lo más profundo de su autonomía. La constatación y el reconocimiento de esa ley le obliga a obedecerla para ser libre. La obediencia no le quita la autonomía, al contrario se la otorga, es por eso que recibir el don de la fe es un acto de libertad. Con la ayuda de la fe el hombre descubre que en su propia naturaleza hay una oposición a la ley que es el pecado.

A través de la misma fe recibe los medios, que su naturaleza caída por el pecado requiere, para no perder la libertad.

Además la obediencia a la ley y a la ayuda que recibe de Dios hace que el hombre sea autónomo y por lo tanto creativo. La creatividad humana parte de la aceptación de lo que el hombre es y de lo que recibe de su creador para ser libre. Es por eso que el ser humano tiene una conciencia que debe formar para que ésta le diga lo que está bien y lo que está mal. La conciencia no crea la ley, la reconoce.

La autonomía del hombre no puede ir contra la ley porque destruiría al mismo hombre. Con la conciencia el ser humano hace un juicio frente a la luz de la verdad. El hombre que respeta y quiere la ley puede desarrollar una capacidad grandiosa para la creatividad. Se encuentra en ventaja para hacer verdaderas maravillas con su propio talento.

Dios al hombre lo ha creado libre con una ley moral en su naturaleza y le ha prometido además una asistencia continua con ayudas sobrenaturales. Dios no ha dejado al hombre en la tierra para que él solo desarrolle sus capacidades. Ha hecho al hombre a su imagen y semejanza. El hombre en su naturaleza puede encontrar a Dios y cuando lo encuentra no se siente esclavo sino libre y entonces puede desarrollar sus capacidades en miles de campos que encuentra en su andadura por la tierra. (P. Manuel Tamayo)

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