CREATIVIDAD, AUTONOMÍA Y OBEDIENCIA
“Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: es
necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. (Hechos
5,25).
“Con independencia
de la revelación, puede el hombre, únicamente mediante su razón, saber lo que
está bien y lo que está mal y conocer, por tanto, lo que está en consonancia
con la voluntad de Dios. También esta tesis resulta convincente y perfectamente
acorde con la tradición... Hay una
verdadera autonomía del hombre; ésta tiene su fundamento en una dependencia
respecto de Dios que es de carácter originario-ontológico. Precisamente eso es
lo que deja abierta la vía para un recto juicio de la razón práctica, entendida
ésta como aquella capacidad propia —esto es, «autónoma»— del hombre, a la que
compete discernir entre lo que está bien y lo que está mal….La imagen y semejanza
de Dios en el hombre es origen de verdadera autonomía, ya que para enseñar al
hombre la diferencia entre el bien y el mal no se requiere, en principio,
ninguna revelación divina. Dios ha dotado al hombre de su ley precisamente por
el hecho de haberlo creado a su imagen y semejanza; por haberlo dotado de la
facultad de hacer efectiva él mismo —autónomamente— esa distinción en su
corazón…Hay para el hombre un «orden del bien» fundamental (orden moral), que
es creación de Dios, es decir, determinado «teonómicamente» y que, en cuanto
tal, se halla objetivamente dado de antemano y a la autonomía humana se le ha
encomendado hacerlo efectivo” (En Almudi por Martin Rhonheimer)
«La vida moral exige
la creatividad y la inventiva propias de la persona, y que son fuente y
fundamento de sus actos deliberados. Por otro lado, la razón recibe su verdad y
su autoridad de la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría
divina» (Vertiatis splendor nº 40).
“Toda rebelión del
hombre contra la «ley de Dios» es siempre una rebelión contra su propio
«ser-hombre» y, por tanto, contra su propio bien; y viceversa”(Ob cit, Martin
Rhonheimer).
“Dios advierte al
hombre de que no pretenda ser la fuente originaria, exclusiva,
única, es decir, «creadora», de la distinción entre el bien y el mal” (ob cit. VS n. 41b).
“Está en juego,
pues, la relación entre libertad y verdad. En un falso concepto de autonomía,
toda «verdad» se disuelve por completo en pura relatividad histórica y
cultural. De ese modo, en el interior de la conciencia moral desaparece la idea
de la necesidad de subordinar la propia libertad a la «verdad de la creación»… La
grandeza de la autonomía humana reside precisamente en la inmanencia de la
sabiduría de Dios en el conocimiento moral humano, y no en la independencia y
en la propia competencia «creadora» de este último. Como toda perfección
creada, también la autonomía humana es responsable participación en la
perfección divina, no simplemente un «espacio de libertad». De ese modo se pone
de manifiesto, una vez más, cuán íntimamente afecta la idea de autonomía a la
relación existente entre libertad y verdad, y cuánto se pone en juego con ello:
en última instancia, la comprensión de la relación entre Creador y criatura y,
por último, la propia idea de Dios…. Reconocimiento de autoridad y su
correspondiente obediencia es algo que presupone autonomía. De lo contrario, la
autoridad sería mera violencia, y la obediencia sería auto-sometimiento por parte del más débil… Un ser libre y racional, precisamente en el ejercicio de su autonomía, puede obedecer
absolutamente una norma cuyo contenido él mismo no comprende, pero de cuya
racionalidad responde la autoridad de la que aquélla procede. Claro que para
eso se requiere también humildad” (Martin Rhonheimer).
COMENTARIO
El hombre se da
cuenta que es realmente libre cuando se entera que está creado por un Dios que
ha puesto en su naturaleza la ley natural. Con ese conocimiento constata
claramente que es libre si vive de acuerdo a esa ley que está en su misma
naturaleza.
Si el hombre
pudiera crearse a sí mismo se daría esa misma ley, que le posibilita ser libre
y por lo tanto feliz. Pero el hombre no ha creado esa ley, debe reconocer que
el autor es Dios.
El hombre ejercita
así lo más profundo de su autonomía. La constatación y el reconocimiento de esa
ley le obliga a obedecerla para ser libre. La obediencia no le quita la
autonomía, al contrario se la otorga, es por eso que recibir el don de la fe es
un acto de libertad. Con la ayuda de la fe el hombre descubre que en su propia
naturaleza hay una oposición a la ley que es el pecado.
A través de la
misma fe recibe los medios, que su naturaleza caída por el pecado requiere,
para no perder la libertad.
Además la
obediencia a la ley y a la ayuda que recibe de Dios hace que el hombre sea
autónomo y por lo tanto creativo. La creatividad humana parte de la aceptación
de lo que el hombre es y de lo que recibe de su creador para ser libre. Es por
eso que el ser humano tiene una conciencia que debe formar para que ésta le
diga lo que está bien y lo que está mal. La conciencia no crea la ley, la reconoce.
La autonomía del
hombre no puede ir contra la ley porque destruiría al mismo hombre. Con la conciencia
el ser humano hace un juicio frente a la luz de la verdad. El hombre que respeta
y quiere la ley puede desarrollar una capacidad grandiosa para la creatividad.
Se encuentra en ventaja para hacer verdaderas maravillas con su propio talento.
Dios al hombre lo
ha creado libre con una ley moral en su naturaleza y le ha prometido además una
asistencia continua con ayudas sobrenaturales. Dios no ha dejado al hombre en
la tierra para que él solo desarrolle sus capacidades. Ha hecho al hombre a su
imagen y semejanza. El hombre en su naturaleza puede encontrar a Dios y cuando
lo encuentra no se siente esclavo sino libre y entonces puede desarrollar sus
capacidades en miles de campos que encuentra en su andadura por la tierra. (P. Manuel Tamayo)
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