EL DEBER DE ENSEÑAR A QUERER
“Aunque tuviera toda la fe,
una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque
repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a
las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada” (San Pablo, Cort. 13,1).
“Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida,
tu caridad será filantropía…”, (San Josemaría,
Camino, n. 280).
“La filantropía es el propósito específico de
ayudar a los seres humanos a mejorar sus condiciones de vida. Son considerados
actos filantrópicos, siempre y cuando no estén movidos por intereses económicos”
(diccionario).
“Caridad
es la virtud sobrenatural infusa por la que amamos a Dios sobre todas las cosas
y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios”, (Catecismo de
la Iglesia católica).
“Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero
¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un
ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres”, (San Josemaría, Camino, N. 316).
COMENTARIO
“Si
no hay amor no hay nada” dice
San Pablo y efectivamente la esterilidad es consecuencia de la falta de amor.
Lo
preocupante es que muchas personas que se creen buenas y amorosas no están
amando, e incluso se puede decir que no saben amar. Están confundidas porque
creen que están amando y se equivocan.
San
Josemaría Escrivá en los inicios del Opus Dei hablaba de la contradicción de los buenos. Se refería
a gente buena que creían hacer el bien y estaban causando un daño. Estos solo
puede ocurrir cuando falta amor.
Hoy
fácilmente nos podemos topar con personas que están trabajando en obras de bien
y no están amando, como debería ser,
aunque en los aspectos externos todo parece ordenado y cuidadoso.
Uno
de los síntomas más claros de la falta de amor es cuando no se tiene una
Jerarquía de valores clara que vaya de acuerdo con la verdad y entonces podría
ponerse más acento en los trabajos, las actividades y en la organización, que
en las mismas personas.
El orden del corazón es indispensable
La
caridad es el amor a Dios y el amor al prójimo que se da en un corazón
ordenado. Se ama a las personas con
nombre y apellido y para poder amarlas hay que conocerlas bien. El amor lleva a
conocer y el conocimiento aumenta el amor. Cuando hay Caridad el amor y el
conocimiento crecen. El conocimiento se enriquece con la verdad que hace libre
a la persona. La persona es libre cuando acierta en el amor.
La
Caridad es la virtud más grande y es también la más importante, solo se
adquiere con la humildad, o sea cuando el hombre reconoce la verdad de lo que
es él y la grandeza y omnipotencia de Dios.
Si se pierde la Caridad se disminuye y se enfría el acercamiento a las
personas, al mismo tiempo crece, de una
forma desordenada, el aferramiento a los sistemas o a las costumbres, que
es el cumplimiento de procedimientos establecidos pensando que esa es la meta
para que todo camine bien. Este sesgo suele ocurrir cuando hay un empeño en
pasar a las personas por los parámetros de unos procedimientos, sin atender a
las particularidades de cada uno. Cuando se dan estas circunstancias las
particularidades de las personas no se valoran lo suficiente, no parecen tan
importantes, y al dejarlas de lado, se
pierde el conocimiento de las mismas y el amor queda totalmente reducido, en
incluso puede desaparecer.
San
Josemaría llamaba: “cumplo y miento” al resultado de la persona rigorista que
solo le interesaba cumplir sin que importe mucho el amor.
Las
fogatas hechas con papel se apagan enseguida. No se trata de conseguir más
papel. Vale la pena conseguir el troco ideal para que el fuego perdure. El
tronco es el auténtico amor que no solo abre las puertas sino que también
permanece.
La ayuda de la Virgen María
La
criatura que más sabe amar es la Virgen María. Ella nos quiere con un amor
incondicional porque quiere mucho a Dios. La Madre del amor hermoso al
querernos inyecta en nosotros un afán grande por hacer las cosas bien. El que
quiere a la Virgen se parece a Ella fundamentalmente en el amor. Todo ser
humano tiene como tarea fundamental querer bien y enseñar a querer. (P. Manuel
Tamayo)
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