miércoles, 7 de abril de 2021

 

FRASES, FINTAS Y POSES

“Pilatos se lavó las manos delante del pueblo y dijo: “soy inocente de la sangre de este hombre justo” (Mateo 27)

“Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído la blasfemia”, (Mateo 26).

“Pilato también escribió un letrero y lo puso sobre la cruz. Y estaba escrito: JESUS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDIOS”, (Juan 19).

“Y cierto hombre llamado Simón, hacía tiempo que estaba ejerciendo la magia en la ciudad y asombrando a la gente de Samaria, pretendiendo ser un gran personaje; 10 y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención, diciendo: Este es el que se llama el Gran Poder de Dios. 11 Le prestaban atención porque por mucho tiempo los había asombrado con sus artes mágicas. …  Cuando Simón vio que el Espíritu se daba por la imposición de las manos de los apóstoles, les ofreció dinero, 19 diciendo: Dadme también a mí esta autoridad, de manera que todo aquel sobre quien ponga mis manos reciba el Espíritu Santo. 20 Entonces Pedro le dijo: Que tu plata perezca[a] contigo, porque pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero. 21 No tienes parte ni suerte en este asunto[b], porque tu corazón no es recto delante de Dios” (Hechos, 8, 9-24).

 

COMENTARIO

La hipocresía está presente en todos los niveles y es más grave cuando se utiliza para hundir a una persona. El arma de los fariseos es el escándalo que provocan haciendo alharaca por una nimiedad, que muchas veces no tiene nada que ver con la vida y la trayectoria de una persona.

Hoy se juzga con severidad al que soltó una frase infeliz en un momento determinado como si su hoja de vida tuviera que ver con esa frase que se le escapó desatinadamente. Parece que hoy es más importante cuidarse de las frases que se pronuncian que de la conducta que se suele tener de modo habitual.

La malicia humana busca retorcer las palabras que oye y añadir intenciones que no tiene para meter una puya que lo desacredite.

Las “zambullidas” que vemos en el fútbol de los jugadores que quieren sorprender al árbitro para que se sancione a un agresor que ni lo tocó, las vemos también en la política entre los adversarios. Es el juego sucio que se permite y que la autoridad avala de un modo equivocado.

Una persona sensata y coherente no puede comportarse de esa manera. El que “tira piedras” con los ojos cerrados tiene un corazón enfermo o una cabeza muy limitada.

La maldad, que sale con una vehemencia descarnada, describe y pinta de cuerpo entero al que habitualmente es un embustero o un fanático a favor de una corriente que quiere conseguir puntos manchando el honor y la dignidad de los adversarios a como de lugar, solo por algo que dijo o no dijo, sin mirar su trayectoria de vida y los resultados que pudo haber tenido de un modo honrado y legítimo.

Cuando se ataca por maldad parece que vale todo, como si fuera lícito el derecho de echarle toneladas de basura al que tiene un pensamiento distinto.

La sensatez reclama profundidad. Como dice el refrán: “Obras son amores y no buenas razones” y la Sagrada Escritura dice: “por sus frutos lo conocerán”

 

Los grandes errores de los hombres

El mundo se equivocó con Jesucristo. Todos los años recordamos el error que tuvieron las autoridades y todos los que lo acusaban por las frases que decía: “yo soy el Hijo de Dios” Decía la verdad y no le creían. Si se hubieran fijado en las obras buenas que hizo, en el amor que tenía a la gente, en los milagros y en el mensaje de amor y unidad entre los seres humanos, lo hubieran conocido mejor.

Urge conocer mejor a las personas antes de juzgar y estar atentos porque no faltarán los juicios malévolos de los que quieren destruir a los demás, especialmente a los adversarios.

Los bailes, las frases y las poses, no son argumentos a tener en cuenta, si hubo desatino se debe pedir perdón, como el que le pisa un pie al otro. El perdón dignifica a la persona.

A todos nos corresponde defender la verdad y para defenderla hay que conocerla. Solo la verdad nos hará libres de verdad. (P. Manuel Tamayo).

 

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