FRASES, FINTAS Y POSES
“Pilatos se lavó las manos delante del pueblo y dijo: “soy inocente de
la sangre de este hombre justo” (Mateo 27)
“Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha
blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? He aquí, ahora mismo habéis
oído la blasfemia”, (Mateo 26).
“Pilato también escribió un letrero y lo puso sobre la cruz. Y estaba
escrito: JESUS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDIOS”, (Juan 19).
“Y cierto hombre llamado Simón, hacía tiempo que estaba ejerciendo la
magia en la ciudad y asombrando a la gente de Samaria, pretendiendo ser un
gran personaje; 10 y
todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención, diciendo: Este es
el que se llama el Gran Poder de Dios. 11 Le
prestaban atención porque por mucho tiempo los había asombrado con sus artes
mágicas. … Cuando Simón
vio que el Espíritu se daba por la imposición de las manos de los apóstoles,
les ofreció dinero, 19 diciendo:
Dadme también a mí esta autoridad, de manera que todo aquel sobre quien ponga
mis manos reciba el Espíritu Santo. 20 Entonces
Pedro le dijo: Que tu plata perezca[a] contigo, porque
pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero. 21 No tienes parte ni
suerte en este asunto[b], porque tu corazón no
es recto delante de Dios” (Hechos, 8, 9-24).
COMENTARIO
La hipocresía está presente en todos los niveles y es más grave cuando
se utiliza para hundir a una persona. El arma de los fariseos es el escándalo
que provocan haciendo alharaca por una nimiedad, que muchas veces no tiene nada
que ver con la vida y la trayectoria de una persona.
Hoy se juzga con severidad al que soltó una frase infeliz en un momento
determinado como si su hoja de vida tuviera que ver con esa frase que se le
escapó desatinadamente. Parece que hoy es más importante cuidarse de las frases
que se pronuncian que de la conducta que se suele tener de modo habitual.
La malicia humana busca retorcer las palabras que oye y añadir
intenciones que no tiene para meter una puya que lo desacredite.
Las “zambullidas” que vemos en el fútbol de los jugadores que quieren
sorprender al árbitro para que se sancione a un agresor que ni lo tocó, las
vemos también en la política entre los adversarios. Es el juego sucio que se
permite y que la autoridad avala de un modo equivocado.
Una persona sensata y coherente no puede comportarse de esa manera. El
que “tira piedras” con los ojos cerrados tiene un corazón enfermo o una cabeza
muy limitada.
La maldad, que sale con una vehemencia descarnada, describe y pinta de
cuerpo entero al que habitualmente es un embustero o un fanático a favor de una
corriente que quiere conseguir puntos manchando el honor y la dignidad de los
adversarios a como de lugar, solo por algo que dijo o no dijo, sin mirar su
trayectoria de vida y los resultados que pudo haber tenido de un modo honrado y
legítimo.
Cuando se ataca por maldad parece que vale todo, como si fuera lícito el
derecho de echarle toneladas de basura al que tiene un pensamiento distinto.
La sensatez reclama profundidad. Como dice el refrán: “Obras son amores y no buenas razones” y
la Sagrada Escritura dice: “por sus
frutos lo conocerán”
Los grandes errores de los hombres
El mundo se equivocó con Jesucristo. Todos los años recordamos el error
que tuvieron las autoridades y todos los que lo acusaban por las frases que
decía: “yo soy el Hijo de Dios” Decía
la verdad y no le creían. Si se hubieran fijado en las obras buenas que hizo,
en el amor que tenía a la gente, en los milagros y en el mensaje de amor y
unidad entre los seres humanos, lo hubieran conocido mejor.
Urge conocer mejor a las personas antes de juzgar y estar atentos porque
no faltarán los juicios malévolos de los que quieren destruir a los demás,
especialmente a los adversarios.
Los bailes, las frases y las poses, no son argumentos a tener en cuenta,
si hubo desatino se debe pedir perdón, como el que le pisa un pie al otro. El
perdón dignifica a la persona.
A todos nos corresponde defender la verdad y para defenderla hay que
conocerla. Solo la verdad nos hará libres de verdad. (P. Manuel Tamayo).
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