LA DICTADURA DE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO
El concepto de "políticamente
correcto" es confuso para muchos. Ser políticamente correcto significa
evitar las expresiones y acciones que puedan excluir, marginar u ofender a un
grupo particular de gente. Este término se hizo popular en la década de 1980. (Wiki How)
"Es un fantasma recorre nuestro diario
convivir, el fantasma del lenguaje políticamente correcto", (Edilberto Aldán).
Aunque no esté claro en qué consiste esta
"corrección", hay consenso generalizado en que debemos practicarla,
en que debemos ser "políticamente correctos". (Marcelo Colussi).
COMENTARIO
Cuando las cosas se quieren decir de una manera
delicada y fina, para no ofender, ni chocar con nadie podría decirse que es
políticamente correcto. Lo malo, y es lo que está ocurriendo, es cuando se establece un sistema de consenso para
mentir de una manera hipócrita y cínica con tal de obtener beneficios
personales o partidarios.
En los términos empleados para el lenguaje se está
dando una paradoja que invita a la reflexión: el lenguaje vulgar y agresivo (las lisuras con mentada de madre) se ha
extendido por todas partes, sin embargo
a una persona de color no se le puede decir “negro” (suena a discriminación), tampoco a un anciano “viejo”, a uno de la
sierra “serrano”, a una mujer subida de peso “gorda”, a un homosexual:
“marica”, a una empleada del hogar: “sirvienta”.
Todos estos cambios de términos y la sensibilidad
de hoy no han mejorado en nada el trato fino y delicado entre los seres humanos,
al contrario lo han empeorado.
Solo falta que a un ladrón se le diga: “amigo de lo
ajeno” , a una prostituta: “servidora sexual”, a un terrorista: “combatiente
alzado en armas”. Lo “políticamente correcto” está llevando a graves
desviaciones en las expresiones y apreciaciones que se hacen en los distintos
ámbitos de la vida de las personas y en el terreno de la política en general.
Parece que la verdad ya no importa, todo se
maquilla para que se vea bien y suene bonito. La carcoma está por dentro pero
por la presión del relativismo ya no se advierte. Se cree que tratar bien a una
persona es tener manifestaciones obsequiosas con ella, dorándole la píldora dentro
de una escenografía de bambalinas con globos, cohetes y serpentinas.
Las grandes mayorías caen en ese circo y se someten
a los reglamentos de la dictadura de lo políticamente correcto. Por eso la
corrupción persiste: la del dinero y la
de la carne, generando conflictos que destruyen la familia. Los jerarcas
del dinero y del placer terminan rompiendo sus propios hogares y luego
continúan destruyendo los hogares de los demás.
Una actitud políticamente correcta puede llevar al maniqueísmo del siglo XXI, todo es
bueno, aunque sea malo. Todo está bien aunque el hogar esté roto, el hombre
tenga varias mujeres, nazcan hijos fuera del matrimonio, se permita la
borrachera como algo normal, o las drogas, o la prostitución… Malo es el que
ataca lo que realmente es malo y bueno es el que ataca al que realmente es
bueno, primero con el desprecio y luego con un odio anticristiano.
Lo políticamente correcto está permitiendo la
invasión del mal, una pandemia generalizada de inmoralidad que va creciendo
vertiginosamente de día en día y va metiéndose en la cabeza y en los corazones
de las personas.
Lo políticamente correcto son gestos huecos, engaños
consentidos, posturas artificiales, teorías falsas y sin ningún fundamento, como la ideología de género, que están
formando parte del sentir común de una sociedad banalizada. Hoy se quiere cambiar de sexo como se cambia
de lenguaje sin querer reconocer la imposibilidad de ese antojo advenedizo y
guarroso. (P.Manuel
Tamayo).
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