jueves, 19 de enero de 2017

LA CRISIS ECONÓMICA DE UNA PERSONA BUENA Y GENEROSA

 “Las cosas materiales se quedan aquí cuando muramos pero las acciones que realicemos perdurarán en los corazones de las personas que nos han conocido y a quienes hemos ayudado y entregado nuestro afecto y nuestro amor. Una persona que tiene dignidad nunca está sola le acompañan unos valores y sus obras de bien”. (Celso)

El alma generosa será prosperada, y el que riega será también regado” (Proverbios 11,25).

“La persona generosa no pretende una recompensa por su accionar, sino que hace lo que cree correcto y justo. La lógica de su pensamiento señala que, si todos los seres humanos fueran generosos y donarían parte de sus recursos materiales o abstractos, el mundo sería un lugar mejor”. (Dic. generosidad).


COMENTARIO

En este mundo tan complicado se hace muy difícil juzgar las intenciones de las personas en la adquisición de sus bienes, en los pagos o cobros que hacen de modo habitual, o en lo que donan gratuitamente.

Hay gente buenísima que vive del esfuerzo de su trabajo y saca adelante muchas cosas con un maravilloso espíritu de sacrificio y desprendimiento. No son pocas las personas generosas que están dispuestas a colaborar con obras de bien que ayudan a los demás a salir de los problemas y de las dificultades que aparecen en la vida.

En cambio, en este mundo, complicado y enredado, existen también otras personas que no se han esforzado en salir adelante y terminan viviendo del trabajo de los demás.  Son los que buscan medrar para sacar un beneficio personal, mirando a los demás solo como posibles fuentes de influencia.

Estas personas se encuentran mezcladas con las anteriores en los distintos ambientes sociales. En una primera instancia es muy difícil distinguir los “buenos” de los “malos”; pero, cuando pasa el tiempo, se va descubriendo cómo es cada persona, si se ha esforzado para conseguir sus propios recursos, o si abandonó la lucha para quedarse en una situación de mediocridad, con grandes carencias y deficiencias.

¡Qué difícil resulta juzgar!, mejor es no hacerlo. Además no se puede mirar a todos con la misma óptica.

La falta de solvencia de una persona puede deberse a distintos motivos. No toda carencia es censurable, al contrario muchas situaciones de indigencia invitan a la misericordia y a la correspondiente solidaridad, para apoyar a esa persona, buscando con ella la solución más adecuada.
Las medidas, por muy justas que sean, no se pueden tomar con los ojos cerrados.  Toda persona tiene el deber moral de estudiar bien cada caso para ver las diferencias y circunstancias que originaron esa situación de insolvencia o de crisis económica.

Está claro que la persona que no se porta bien, o no hace los méritos convenientes, tiene más culpa que el que cayó en desgracia por un accidente o porque fue víctima de una estafa o de un asalto sorpresivo.

Si hay que decidir sobre ayudar o “castigar” a una persona por su falta de solvencia económica es necesario constatar primero de quién se trata, cómo es la persona, cómo ha sido su conducta, qué es lo que ocurrió, qué es lo que ha buscado siempre y qué es lo que está buscando ahora.

Con las crisis económicas, que han azotado el mundo, muchos se han visto perjudicados y han perdido sus trabajos y sus bienes. También existen muchos justos que pagaron por pecadores.

Es penoso ver caer a personas buenas, que fueron generosas y solidarias con su dinero, que supieron ayudar poniendo el hombro para sacar adelante obras de bien para ayudar al prójimo.

Y lo más penoso es cuando estas personas, que siempre fueron buenas y generosas, no encuentran en los demás la generosidad que ellos tuvieron. Antes ayudaron con su dinero a muchas obras de bien y ahora, que han caído en desgracia, nadie se acuerda de ellos. No encuentran a ninguno que se acerque para darles la mano y ayudarlos a salir de esa situación de carestía que ahora padecen.

Casos como este se han multiplicado en todo el mundo. Los libros de ética deben añadir un capítulo para tratar este tema.

El alejamiento de Dios por parte de las personas las insensibiliza con respecto a la suerte de los demás y sin ser muy conscientes, corren el peligro de tomar medidas drásticas defendiendo leyes o procedimientos establecidos, que se aplican a todos por igual, con el convencimiento de que están actuando con justicia, o como se dice siempre: conforme a ley.

Se hace urgente, hoy más que nunca, iluminar las conciencias con la luz de la verdad y la caridad. Nadie tiene derecho a “lavarse las manos” y dejar que “cada palo aguante su vela” y mucho menos tratándose de personas cercanas.

La ética nos exige saber acompañar y no abandonar. No se puede cerrar los ojos y seguir para adelante.

Los pagos y la exigencia de los pagos y las ayudas que se den, deberían pasar siempre por el filtro de la ética para que la conciencia encuentre la medida correcta y no se cometan injusticias, que parecen medidas justas, y se apunte más a la solidaridad con las personas que pasan por esas situaciones difíciles. (P. Manuel Tamayo).


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