LA CRISIS ECONÓMICA DE UNA PERSONA BUENA Y GENEROSA
“Las cosas materiales se quedan aquí cuando
muramos pero las acciones que realicemos perdurarán en los corazones de las
personas que nos han conocido y a quienes hemos ayudado y entregado nuestro afecto
y nuestro amor. Una persona que tiene dignidad nunca está sola le acompañan
unos valores y sus obras de bien”. (Celso)
“El alma generosa será prosperada, y el que
riega será también regado” (Proverbios 11,25).
“La
persona generosa no pretende una recompensa por su accionar, sino que hace lo
que cree correcto y justo. La
lógica de su pensamiento señala que, si todos los seres humanos fueran
generosos y donarían parte de sus recursos materiales o abstractos, el mundo
sería un lugar mejor”. (Dic.
generosidad).
COMENTARIO
En este mundo tan
complicado se hace muy difícil juzgar las intenciones de las personas en la
adquisición de sus bienes, en los pagos o cobros que hacen de modo habitual, o
en lo que donan gratuitamente.
Hay gente buenísima
que vive del esfuerzo de su trabajo y saca adelante muchas cosas con un
maravilloso espíritu de sacrificio y desprendimiento. No son pocas las personas
generosas que están dispuestas a colaborar con obras de bien que ayudan a los
demás a salir de los problemas y de las dificultades que aparecen en la vida.
En cambio, en este
mundo, complicado y enredado, existen
también otras personas que no se han esforzado en salir adelante y terminan
viviendo del trabajo de los demás. Son
los que buscan medrar para sacar un
beneficio personal, mirando a los demás solo como posibles fuentes de
influencia.
Estas personas se
encuentran mezcladas con las
anteriores en los distintos ambientes sociales. En una primera instancia es muy
difícil distinguir los “buenos” de los
“malos”; pero, cuando pasa el tiempo,
se va descubriendo cómo es cada persona, si se ha esforzado para conseguir sus
propios recursos, o si abandonó la lucha para quedarse en una situación de mediocridad, con grandes carencias y
deficiencias.
¡Qué difícil
resulta juzgar!, mejor es no hacerlo. Además no se puede mirar a todos con la
misma óptica.
La falta de
solvencia de una persona puede deberse a distintos motivos. No toda carencia es
censurable, al contrario muchas situaciones de indigencia invitan a la
misericordia y a la correspondiente solidaridad, para apoyar a esa persona, buscando con ella la solución más
adecuada.
Las medidas, por
muy justas que sean, no se pueden tomar con los ojos cerrados. Toda persona tiene el deber moral de estudiar
bien cada caso para ver las diferencias y circunstancias que originaron esa
situación de insolvencia o de crisis económica.
Está claro que la
persona que no se porta bien, o no hace los méritos convenientes, tiene más
culpa que el que cayó en desgracia por un accidente o porque fue víctima de una
estafa o de un asalto sorpresivo.
Si hay que decidir
sobre ayudar o “castigar” a una persona por su falta de solvencia económica es
necesario constatar primero de quién se trata, cómo es la persona, cómo ha sido su conducta, qué es lo que ocurrió,
qué es lo que ha buscado siempre y qué es lo que está buscando ahora.
Con las crisis
económicas, que han azotado el mundo,
muchos se han visto perjudicados y han perdido sus trabajos y sus bienes. También
existen muchos justos que pagaron por pecadores.
Es penoso ver caer
a personas buenas, que fueron generosas y solidarias con su dinero, que
supieron ayudar poniendo el hombro para sacar adelante obras de bien para ayudar
al prójimo.
Y lo más penoso es
cuando estas personas, que siempre fueron
buenas y generosas, no encuentran en los demás la generosidad que ellos
tuvieron. Antes ayudaron con su dinero a muchas obras de bien y ahora, que han caído en desgracia, nadie se
acuerda de ellos. No encuentran a ninguno que se acerque para darles la mano y
ayudarlos a salir de esa situación de carestía que ahora padecen.
Casos como este se
han multiplicado en todo el mundo. Los libros de ética deben añadir un capítulo
para tratar este tema.
El alejamiento de
Dios por parte de las personas las insensibiliza con respecto a la suerte de
los demás y sin ser muy conscientes, corren el peligro de tomar medidas
drásticas defendiendo leyes o procedimientos establecidos, que se aplican a
todos por igual, con el convencimiento de que están actuando con justicia, o
como se dice siempre: conforme a ley.
Se hace urgente, hoy más que nunca, iluminar las
conciencias con la luz de la verdad y la caridad. Nadie tiene derecho a “lavarse las manos” y dejar que “cada palo aguante su vela” y mucho
menos tratándose de personas cercanas.
La ética nos exige
saber acompañar y no abandonar. No se puede cerrar los ojos y seguir para
adelante.
Los pagos y la
exigencia de los pagos y las ayudas que se den, deberían pasar siempre por el
filtro de la ética para que la conciencia encuentre la medida correcta y no se
cometan injusticias, que parecen medidas
justas, y se apunte más a la solidaridad con las personas que pasan por
esas situaciones difíciles. (P. Manuel Tamayo).
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