LOS MERCADERES DEL SIGLO XXI
“Llegaron a Jerusalén; y entrando Jesús en el
templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; volcó
las mesas de los que cambiaban el dinero y los asientos de los que vendían las
palomas, 16 y no permitía que nadie transportara objeto
alguno a través del templo. 17 Y les enseñaba, diciendo[a]: “¿No está escrito: ‘Mi casa
será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han hecho cueva
de ladrones.” 18 Los principales sacerdotes y los escribas
oyeron esto y buscaban cómo destruir a Jesús, pero Le
tenían miedo, pues toda la multitud estaba admirada de su enseñanza” (Mc.
11,15-18).
“El
templo era la casa de su Padre y ellos, los sacerdotes, que se creían los
puros, los perfectos, la habían profanado con sus robos, con su avaricia, con
el tráfico de sus injusticias y de sus arbitrariedades. ¡Esos mismos, los jefes
religiosos, quienes se supone que tenían que acercar a la gente a Dios! Por eso
Jesús se rebela contra tanta hipocresía y falsedad, y viene a purificar el
templo. Pero los intereses económicos de los sacerdotes eran demasiado elevados
como para quedarse callados. Y una vez más se encaran con Jesús -como ya lo
habían hecho tantas otras veces para tentarlo y ponerlo a prueba- y le preguntan
con qué autoridad haces estas cosas. ¡Estaban pasando por encima de su poder y destruyéndolo
todo con sus intereses demasiado egoístas y mezquinos!” (net católica)
COMENTARIO
Muchos papás de hoy
engríen demasiado a sus hijos dándoles muchas cosas y consistiéndoles en
todo. Los chicos terminan sintiéndose
amos, dueños y propietarios. Solo quieren hacer lo que les place y protestan
cuando las cosas no salen como a ellos se les antoja.
Algunos papás
suelen rendirse y no se atreven a corregir, prefieren ser permisivos para no
“perder” al hijo engreído. Son ellos quienes pierden la autoridad y viven
temerosos de que pueda ocurrir algo inesperado y desagradable por parte del
hijo descontrolado.
Es la tragedia que
sufren a diario muchas familias mientras los hijos se van transformando en los
mercaderes del siglo XXI, porque invaden los lugares sagrados (los espacios para Dios y la familia)
para poner sus caprichos: diversiones, juegos y toda una reata de artilugios
para obtener sus propias ganancias.
Muchos de ellos, con alardes de egocentrismo, se sienten
“fuertes” para ser irreverentes con respuestas insolentes a sus padres o con
críticas despreciativas hacia la Iglesia o a la religión.
Llama la atención
cuando estos nuevos mercaderes se
juran inteligentes. Creen que el efímero éxito de su rebeldía sería el
paradigma de un futuro promisorio. Algunos se jactan de haber leído una sarta de libros y artículos “prohibidos”
como signo de acierto y madurez para tener éxito. Creen que la libertad de
pensamiento los hará grandes y no paran hasta hincharse como el sapo de la fábula que se creía el rey
de los animales sin darse cuenta que era muy poca cosa.
Hoy estamos
asistiendo a un espectáculo triste al ver “mercaderes” que hacen “negocios”
donde todo vale y han invadido los mercados, las empresas y un número
significativo de instituciones para obtener prebendas con coimas, sobornos,
piraterías sin que les importe nada la honestidad y el espíritu de justicia que
debe reinar en cada persona.
Los alardes de
estos mercaderes liberales distorsionan la belleza de la rectitud y la
pulcritud de la sencillez que tienen las personas buenas, y tiñen la sociedad con una estela de
corrupción donde también hay justos que pagan por pecadores.
Muchos de estos “caudillos”
liberales se hacen notar con los disfuerzos de una absurda pedantería, que no
es más que la alteración frenética de una hipocresía galopante de quienes creen estar en el derecho de sacar provecho
en el lugar donde deberían dar y donde deberían cuidar mucho más, el respeto a
los demás.
Haría falta el látigo
de Jesucristo para que estas conductas distorsionadas y absurdas entren en la
lógica de la sensatez y del sentido común. (P. Manuel Tamayo)
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