jueves, 9 de marzo de 2017

LOS MERCADERES DEL SIGLO XXI

Llegaron a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; volcó las mesas de los que cambiaban el dinero y los asientos de los que vendían las palomas, 16 y no permitía que nadie transportara objeto alguno a través del templo. 17 Y les enseñaba, diciendo[a]: “¿No está escrito: ‘Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones.” 18 Los principales sacerdotes y los escribas oyeron esto y buscaban cómo destruir a Jesús, pero Le tenían miedo, pues toda la multitud estaba admirada de su enseñanza” (Mc. 11,15-18).

“El templo era la casa de su Padre y ellos, los sacerdotes, que se creían los puros, los perfectos, la habían profanado con sus robos, con su avaricia, con el tráfico de sus injusticias y de sus arbitrariedades. ¡Esos mismos, los jefes religiosos, quienes se supone que tenían que acercar a la gente a Dios! Por eso Jesús se rebela contra tanta hipocresía y falsedad, y viene a purificar el templo. Pero los intereses económicos de los sacerdotes eran demasiado elevados como para quedarse callados. Y una vez más se encaran con Jesús -como ya lo habían hecho tantas otras veces para tentarlo y ponerlo a prueba- y le preguntan con qué autoridad haces estas cosas. ¡Estaban pasando por encima de su poder y destruyéndolo todo con sus intereses demasiado egoístas y mezquinos!” (net católica)


COMENTARIO

Muchos papás de hoy engríen demasiado a sus hijos dándoles muchas cosas y consistiéndoles en todo.  Los chicos terminan sintiéndose amos, dueños y propietarios. Solo quieren hacer lo que les place y protestan cuando las cosas no salen como a ellos se les antoja.

Algunos papás suelen rendirse y no se atreven a corregir, prefieren ser permisivos para no “perder” al hijo engreído. Son ellos quienes pierden la autoridad y viven temerosos de que pueda ocurrir algo inesperado y desagradable por parte del hijo descontrolado.

Es la tragedia que sufren a diario muchas familias mientras los hijos se van transformando en los mercaderes del siglo XXI, porque invaden los lugares sagrados (los espacios para Dios y la familia) para poner sus caprichos: diversiones, juegos y toda una reata de artilugios para obtener sus propias ganancias.

Muchos de ellos, con alardes de egocentrismo, se sienten “fuertes” para ser irreverentes con respuestas insolentes a sus padres o con críticas despreciativas hacia la Iglesia o a la religión.

Llama la atención cuando estos nuevos mercaderes se juran inteligentes. Creen que el efímero éxito de su rebeldía sería el paradigma de un futuro promisorio. Algunos se jactan de haber leído una sarta de libros y artículos “prohibidos” como signo de acierto y madurez para tener éxito. Creen que la libertad de pensamiento los hará grandes y no paran hasta hincharse como el sapo de la fábula que se creía el rey de los animales sin darse cuenta que era muy poca cosa.

Hoy estamos asistiendo a un espectáculo triste al ver “mercaderes” que hacen “negocios” donde todo vale y han invadido los mercados, las empresas y un número significativo de instituciones para obtener prebendas con coimas, sobornos, piraterías sin que les importe nada la honestidad y el espíritu de justicia que debe reinar en cada persona.

Los alardes de estos mercaderes liberales distorsionan la belleza de la rectitud y la pulcritud de la sencillez que tienen las personas buenas,  y tiñen la sociedad con una estela de corrupción donde también hay justos que pagan por pecadores.

Muchos de estos “caudillos” liberales se hacen notar con los disfuerzos de una absurda pedantería, que no es más que la alteración frenética de una hipocresía galopante de  quienes creen estar en el derecho de sacar provecho en el lugar donde deberían dar y donde deberían cuidar mucho más, el respeto a los demás.  


Haría falta el látigo de Jesucristo para que estas conductas distorsionadas y absurdas entren en la lógica de la sensatez y del sentido común. (P. Manuel Tamayo)

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