DECENTRALIZACIÓN Y COLEGIALIDAD
(II)
“En general, el término colegialidad se refiere a un principio
de gobierno por el que se establecen los procesos de decisión mediante la
intervención de órganos colegiales, o de una diversidad de personas, de manera
que la decisión se atribuye al colegio y no a las personas individuales que lo
componen” (diccionario).
“En referencia al episcopado, se habla de colegialidad para
referirse a la responsabilidad compartida y la autoridad que el colegio de los obispos, guiado por el Papa, tiene en la enseñanza, la santificación y el gobierno de la
Iglesia. El Papa no es un mero presidente de un colegio (primus inter pares), sino que
tiene una función y una potestad superior a los obispos, razón por la cual
el Colegio Episcopal no es un colegio en sentido jurídico. La colegialidad
episcopal se manifiesta también en el afecto colegial entre los obispos, que
lleva a sentir la responsabilidad episcopal más allá de la propia Iglesia particular”, (Lexicum canonicum).
“Según la síntesis
eclesiológica del Vaticano II, debemos excluir una interpretación antagónica o
dialéctica de la relación entre la Iglesia Universal y las Iglesias locales.
Los extremos históricos del Papismo/Curialismo por una parte, y por otra del Episcopalismo/(Conciliarismo/Galicanismo/Febronianismo/Veterocatolicismo) sólo
nos demuestran de qué formas no funciona la Iglesia, y que la absolutización de
un elemento constitutivo a expensas de otro contradice la confesión de Ecclesia
una, sancta, catholica et apostolica. La unidad fraternal de los Obispos de la
Iglesia Universal cum et sub Petro se fundamenta en la sacramentalidad de la
Iglesia, y con ello, en el derecho divino”. (Gerhard Ludwig Müllera, “ Colegialidad y
potestad suprema de la Iglesia” pp. 376).
COMENTARIO
La colegialidad no
es el resultado de un sistema sino de personas realmente unidas en el ejercicio
libre de la misión que han recibido, lleva implícita la coherencia de vida y el
reconocimiento de la gracia de estado con una direccionalidad hacia donde se
debe apuntar de acuerdo a la verdad.
El buen gobernante
de un gobierno colegial lleva en sí mismo una disposición para la obediencia a
una misión superior que le da libertad y le facilita la apertura y las
conexiones necesarias para transmitir lo que carga en su propia vida para
servicio de los demás. Lo que más desea es la libertad, autenticidad y
coherencia de vida de las personas que gobierna.
Sabe que nada puede
imponer y reacciona contra cualquier actitud que no respete la libertad de las
personas. Goza con la creatividad e iniciativa de las personas libres que
desarrollan sus talentos y se coloca rápidamente al lado de ellos manifestando
su aprobación y su alegría.
Manifiesta de modo
habitual una reverencial veneración a los que aman la libertad para la
conquista de lo que realmente es más valioso y duradero para el bien de todos. Sintoniza
con las personas honradas que son sencillas y sin ambiciones egoístas. Admira
al que es generoso con su tiempo y su talento y al que tiene manifestaciones de
servicio que no están programadas. Valora mucho a las personas que son puente
para que las relaciones humanas se den en niveles de apertura y comprensión, de
buen trato y de sincera amistad.
El buen gobernante
es también amigo en sentido estricto, y enemigo de posturas o gestos
artificiales o desforzados, del cascabeleo o la carcajada destemplada del
arrogante.
Para que haya
colegialidad y una buena descentralización los gobernantes deben tener las
condiciones mencionadas en los párrafos anteriores. Si no es así todo queda en
pura artificialidad y esa falsedad puede hacer mucho daño.
Además, la primera
manifestación de idoneidad del buen gobernante es el total desprendimiento de
su cargo, esa condición evita el autoritarismo, el sentido de propiedad y la
tiranía. Es bueno tener en cuenta lo que
dice la Sagrada Escritura: “La piedra que
desecharon los edificadores ha venido a ser la piedra principal del ángulo”
(Salmo 118,22) (P. Manuel Tamayo). Continuará en el siguiente artículo.
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