LA DECENTRALIZACIÓN DE LOS GOBIERNOS
(I)
"Una gran cantidad de países en desarrollo y en transición se
han embarcado en algún tipo de programas de descentralización. Esta tendencia
se combina con un creciente interés en el papel de la sociedad civil y el
sector privado como socios de los gobiernos en la búsqueda de nuevas formas de
prestación de servicios ... La descentralización de la gobernanza y el
fortalecimiento de la capacidad de gobierno local son, en parte, también una
función de tendencias sociales más amplias, como por ejemplo la creciente
desconfianza hacia el gobierno en general, la espectacular desaparición de
algunos de los regímenes más centralizados del mundo (especialmente la Unión
Soviética) y las emergentes demandas separatistas que parecen surgir
rutinariamente en una u otra parte del mundo. Sin embargo, el movimiento hacia
la rendición de cuentas local y un mayor control sobre el destino no es
únicamente el resultado de la actitud negativa hacia el gobierno central. Estos
desarrollos, como ya hemos señalado, están impulsados principalmente por un
fuerte deseo de una mayor participación de ciudadanos y organizaciones del
sector privado en el gobierno ".
(“Decentralization:
A Sampling of Definitions”, 1999, p. 11–12).
“El
Papa Francisco pidió una “sana descentralización” del poder en la
Iglesia Católica, incluyendo cambios en el papado y en el procedimiento para la
toma de decisiones de los obispos locales. Francisco hizo estas declaraciones
en una ceremonia para conmemorar el 50 aniversario de la fundación del Sínodo
de Obispos, un encuentro mundial que ocasionalmente asesora al Papa en una
serie de aspectos. A través de los años, muchos obispos han criticado que el
Sínodo, que se reúne en el Vaticano cada cierto tiempo, se ha convertido en un
organismo débil e ineficaz. El pontífice argentino dijo que el tipo de
episcopalidad -la gobernación papal de la
iglesia en colaboración con los obispos- concebido por la reforma del
Concilio Vaticano Segundo 1962-1965, todavía no había sido alcanzado. Las
conferencias nacionales y regionales de los obispos deberían tener mayor
autoridad para tomar decisiones que afecten a los fieles en lugar de siempre
mirar hacia Roma para tomar una decisión centralizada que tenga que ajustarse a
todos, dijo. “En ese sentido, siento la
necesidad de avanzar con una sana descentralización”, dijo. Francisco dijo
además que es “necesario y urgente pensar
en una conversión del papado”, una posibilidad que fue planteada por
primera vez por el Papa Juan Pablo II en 1995.
(Vaticano,
el 17 de octubre de 2015. REUTERS/Tony Gentile).
“La Lumen Gentium en
su capítulo III, dedicado a la constitución jerárquica de la Iglesia y
particularmente al episcopado, ha sintetizado las relaciones entre la Iglesia
universal y las Iglesias particulares, afirmando que la Iglesia católica, una y
única, se constituye en ellas y desde ellas: «in quibus et ex quibus» (Lumen Gentium, 23/a). Ya en los
años 1969 y 1970 algunos canonistas habían llamado la atención acerca de la
importancia eclesiológica de esta fórmula y señalado el peligro de romper el
admirable equilibrio que encierra, acentuando unilateralmente cualquiera de los
dos aspectos: el in quibus o el ex quibus (15). La necesidad de una comprensión
unitaria de ambos aspectos fue subrayada también por Pablo VI en un importante
documento magisterial en el cual afirmó que «sólo
una permanente atención a los dos polos de la Iglesia (es decir: particular y
universal) nos permitirá percibir la riqueza de esta relación entre Iglesia
universal e Iglesia particular». Se trata de una relación de inclusión recíproca,
originada por la simultánea presencia de la Iglesia universal en la Iglesia
particular (totum in parte:
aspecto in quibus) y de la presencia de las Iglesias
particulares en la Iglesia universal (pars in toto: aspecto ex quibus). Se
ilumina así el misterio de la Iglesia particular que consiste, como se ha
observado, en «la presencia del todo en
la parte, permaneciendo ésta como parte del todo». Sólo una eclesiología
que sepa conjugar correctamente ambos aspectos podrá evitar que la necesaria corrección
de determinados excesos de centralismo y universalismo –que implicaban una minusvaloración de la Iglesia particular–,
desemboque en la exageración opuesta: en el ya mencionado particularismo. El
camino está claramente trazado por el Concilio, ya que la fórmula in quibus et ex quibus «se opone al principio de la autocefalia,
así como a la imagen monística de la Iglesia como única diócesis mundial». Una
exacta comprensión de esta doble modalidad de la Iglesia lleva también a
aceptar sólo con las debidas reservas y matizaciones la aplicación, en el
ámbito eclesial, de principios como los de autonomía y subsidiariedad. Su
aceptación indiscriminada supone y promueve, en efecto, una falsa concepción de
dicha bipolaridad, por entender la Iglesia universal y la particular como dos
entidades materialmente diversas y en tendencial concurrencia recíproca. Para
el tema que ahora nos ocupa, la correcta apreciación de la doble modalidad de
la Iglesia es fundamental en cuanto que nos descubre la específica e
insustituible función del munus petrinum en el corpus Ecclesiarum. De este modo
la Curia Romana, como instrumento al servicio del ministerio petrino, encuentra
fundamentada su existencia y caracterizada su misión en el interior de la
communio Ecclesiarum; y al mismo tiempo se pone de manifiesto la improcedencia
elesiológica de algunas superficiales denuncias de «centralismo romano», (P. RODRIGUEZ,
Iglesias particulares y Prelaturas personales, Pamplona 1986, p. 158. W.
AYMANS, Die Communio Ecclesiarum als Gestaltgesetz der einen Kirche, en «Archiv
für katholisches Kirchenrecht», 139 (1970) p. 84 (la traducción es nuestra).
“Bergoglio no era la
clase de obispo a la que estaba acostumbrado el clero. Era poco burocrático,
directo, humilde, austero y eficaz. Siempre estaba disponible. No tenía
secretario y era fácil contactar con él por teléfono…si no podía contestar,
devolvía él mismo la llamada en menos de dos horas. Los problemas se resolvían
con rapidez, y a menudo los resolvía él directamente…Iba de parroquia en
parroquia, pasaba tiempo con los sacerdotes, tomaba mate con ellos…averiguaba
qué necesitaban…en ocasiones les cocinaba y les limpiaba la casa…cuando un
sacerdote no encontraba reemplazo Bergoglio ocupaba su puesto, a veces semanas
enteras…no tenía chofer ni asistente, llevaba él mismo su agenda, telefoneando
él mismo, moviéndose por la ciudad en autobús y metro, o a pie. Los sacerdotes
notaban que él los conocía…” (Austen Ivereigh, “El Gran
Reformador” pp. 688 -689).
COMENTARIO
Trataremos de poner el acento en los aspectos antropológicos
para poder comentar, sin matices políticos, el sentido esencial de la
gobernabilidad. Es imposible explicar en qué consiste la gobernabilidad si no
se conoce bien lo que es la libertad. Podremos decir, sin temor a equivocarnos,
que cualquier sistema de gobierno que no respete y ame la libertad, equivoca
sus planteamientos y puede caer fácilmente en la corrupción.
La historia recoge experiencias de los aciertos y desaciertos en
temas de gobierno. Vivimos ahora sumergidos en una gran crisis de autoridad,
tanto en los ambientes familiares como en los laborales y mucho más en los
ámbitos políticos. La educación ha tenido sus “pecados” cuando ha querido
imponer las cosas a la fuerza sin respetar la libertad y autonomía de las
personas.
Cambios de tiempo y circunstancias
distintas
Una de las grandes dificultades de los tiempos actuales es
cuando no se reconoce las falencias y limitaciones de sistemas y costumbres que
han perdido su sentido porque las cosas han cambiado y se necesitan
procedimientos totalmente distintos a los habituales. En muchos casos la
terquedad en mantenerse en lo mismo se ha convertido en un obstáculo serio para
que las cosas caminen a buen ritmo y salgan adelante con éxito.
La historia nos ha demostrado que los gobiernos con un exceso de
centralismo pueden llevar a un
“nacionalismo” (gobernar con personas que tengan un mismo perfil o unas mismas
ideas). Esto puede dar lugar a formar cúpulas cerradas con sistemas herméticos,
proclives al secreto y con faltas de transparencia.
Es cierto que las mismas situaciones duras de la vida (guerras, delincuencia, faltas de seguridad,
terrorismo, persecuciones) fomentan unas medidas de prudencia para los
procedimientos y la confianza en determinadas personas. Es comprensible que frente
a esas vicisitudes se cierren filas y se apliquen medidas severas de seguridad y
prohibiciones; sin embargo el progreso de la humanidad no puede continuar por
esos derroteros.
Se forma a las personas para creer y confiar en ellas, si no
fuera así la educación no tendría mucho sentido. En su sano juicio nadie piensa
que las cosas solo funcionarán con la represión y la mano dura de unos pocos.
Todo tipo de gobierno debería darse siempre con la libertad, la trasparencia y
la confianza entre las personas, alejando de las relaciones humanas todo lo que
suene a “secreteos” o controles excesivos, que ponen en duda la honorabilidad y
franqueza de las personas y no permiten una convivencia armoniosa. El
gobernante debe ser una persona que ame de verdad a quienes gobierna.
El perfil del buen gobernante
Son grandes los gobernantes que dirigen personas libres y no se
inmiscuyen en las vidas de los que gobiernan tratando de controlarlo todo, sin
fiarse de los trabajo y de las gestiones que puedan realizar libremente. Son
grandes los gobernantes que se preocupan de la salud, de la familia y de los
asuntos personales de los subalternos y se acercan amigablemente a ellos con
mil manifestaciones de servicio.
Son malos los gobernantes que someten a las personas a sus
propios criterios y las controlan siempre sin fiarse de ellos. Es malo el
gobernante que solo le interesa que el súbdito cumpla con su trabajo y que
rinda todo lo que pueda. El que solo le habla de lo que tiene que hacer y le
reclama lo que no ha hecho. El que no se interesa para nada de los asuntos
personales del subordinado, ni le pregunta por su familia, por su salud, por su
descanso y tampoco le contesta el correo, ni la llamada telefónica porque
piensa que no tiene por qué contestarle.
Es malo el gobernante que no sabe tener cercanía y se encierra
en su cúpula pensando que hace bien poniendo distancia, o cierta barrera con el
subordinado.
Cuando el que es gobernado se siente aislado, olvidado o
minusvalorado y vive atemorizado por el silencio administrativo, es un síntoma
claro de la ineptitud de los gobernantes.
No es bueno el gobernante que se disfraza de “bueno” y tiene
estrategias para quedar bien “dorandole
la píldora” a sus subalternos con entusiasmos infantiles que no
corresponden a la realidad. Son conductas de una solapada hipocresía que
utiliza escenografías fabricadas por el voluntarismo para contentar engañando.
Cualquier estrategia sin caridad y sin verdad es ofensiva y denigrante para las
personas.
Es grande el gobernante que consigue hacer gobernar a todos con
su talente y prestigio. El que quiere y respeta la libertad de cada persona y
sabe contar con todos en las empresas donde trabaja. Es grande el gobernante trasparente y sencillo
que a la vez es un buen amigo.
La decentralización de los gobiernos se inicia con la apertura y
confianza del gobernante que consigue, con su amor auténtico la libertad, la
eficacia y el éxito que el controlista y desconfiado no consiguen nunca.
Hoy más que nunca se requiere el amor auténtico, la apertura y
la cercanía del que tiene la voz de mando en la casa, en el colegio, en las
instituciones y en cualquier estamento de la sociedad.
Cuando se trata de la Iglesia
valen las ideas expuestas en los párrafos precedentes sobre la conducta de los
gobernantes pero además hay que tener en cuenta el sentido de la universalidad
que surge de la Revelación y la Tradición, que son las fuentes de la fe.
La Iglesia tiene la misión de custodiar y transmitir el depósito
de la fe por mandato divino. El Papa y quienes gobiernan la Iglesia, en
comunión con él, constituyen la Jerarquía para toda la Iglesia universal.
Dentro de la Iglesia no deberían haber posturas sino comunión.
Cabe perfectamente una armonía entre la Iglesia Universal y las Iglesias
particulares. Para que todo funcione bien son importantes las personas. Que
cada miembro de la Iglesia viva una auténtica unidad con el Papa y los obispos
en comunión con Él. Es por eso muy importante, como decía San Josemaría, “rezar por la Iglesia, por el Papa y por los
asesores del Papa”
San Juan Pablo II pedía a todos cristianos al inicio del siglo XXI: “hagamos
de la Iglesia la casa de la comunión” (P. Manuel Tamayo). (continuará en el próximo artículo).
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