lunes, 4 de junio de 2018


LA DECENTRALIZACIÓN DE LOS GOBIERNOS  (I)

"Una gran cantidad de países en desarrollo y en transición se han embarcado en algún tipo de programas de descentralización. Esta tendencia se combina con un creciente interés en el papel de la sociedad civil y el sector privado como socios de los gobiernos en la búsqueda de nuevas formas de prestación de servicios ... La descentralización de la gobernanza y el fortalecimiento de la capacidad de gobierno local son, en parte, también una función de tendencias sociales más amplias, como por ejemplo la creciente desconfianza hacia el gobierno en general, la espectacular desaparición de algunos de los regímenes más centralizados del mundo (especialmente la Unión Soviética) y las emergentes demandas separatistas que parecen surgir rutinariamente en una u otra parte del mundo. Sin embargo, el movimiento hacia la rendición de cuentas local y un mayor control sobre el destino no es únicamente el resultado de la actitud negativa hacia el gobierno central. Estos desarrollos, como ya hemos señalado, están impulsados principalmente por un fuerte deseo de una mayor participación de ciudadanos y organizaciones del sector privado en el gobierno ".  (“Decentralization: A Sampling of Definitions”, 1999, p. 11–12).

“El Papa Francisco pidió una “sana descentralización” del poder en la Iglesia Católica, incluyendo cambios en el papado y en el procedimiento para la toma de decisiones de los obispos locales. Francisco hizo estas declaraciones en una ceremonia para conmemorar el 50 aniversario de la fundación del Sínodo de Obispos, un encuentro mundial que ocasionalmente asesora al Papa en una serie de aspectos. A través de los años, muchos obispos han criticado que el Sínodo, que se reúne en el Vaticano cada cierto tiempo, se ha convertido en un organismo débil e ineficaz. El pontífice argentino dijo que el tipo de episcopalidad -la gobernación papal de la iglesia en colaboración con los obispos- concebido por la reforma del Concilio Vaticano Segundo 1962-1965, todavía no había sido alcanzado. Las conferencias nacionales y regionales de los obispos deberían tener mayor autoridad para tomar decisiones que afecten a los fieles en lugar de siempre mirar hacia Roma para tomar una decisión centralizada que tenga que ajustarse a todos, dijo. “En ese sentido, siento la necesidad de avanzar con una sana descentralización”, dijo. Francisco dijo además que es “necesario y urgente pensar en una conversión del papado”, una posibilidad que fue planteada por primera vez por el Papa Juan Pablo II en 1995. (Vaticano, el 17 de octubre de 2015. REUTERS/Tony Gentile).
“La Lumen Gentium en su capítulo III, dedicado a la constitución jerárquica de la Iglesia y particularmente al episcopado, ha sintetizado las relaciones entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, afirmando que la Iglesia católica, una y única, se constituye en ellas y desde ellas: «in quibus et ex quibus» (Lumen Gentium, 23/a). Ya en los años 1969 y 1970 algunos canonistas habían llamado la atención acerca de la importancia eclesiológica de esta fórmula y señalado el peligro de romper el admirable equilibrio que encierra, acentuando unilateralmente cualquiera de los dos aspectos: el in quibus o el ex quibus (15). La necesidad de una comprensión unitaria de ambos aspectos fue subrayada también por Pablo VI en un importante documento magisterial en el cual afirmó que «sólo una permanente atención a los dos polos de la Iglesia (es decir: particular y universal) nos permitirá percibir la riqueza de esta relación entre Iglesia universal e Iglesia particular». Se trata de una relación de inclusión recíproca, originada por la simultánea presencia de la Iglesia universal en la Iglesia particular (totum in parte: aspecto in quibus) y de la presencia de las Iglesias particulares en la Iglesia universal (pars in toto: aspecto ex quibus). Se ilumina así el misterio de la Iglesia particular que consiste, como se ha observado, en «la presencia del todo en la parte, permaneciendo ésta como parte del todo». Sólo una eclesiología que sepa conjugar correctamente ambos aspectos podrá evitar que la necesaria corrección de determinados excesos de centralismo y universalismo –que implicaban una minusvaloración de la Iglesia particular–, desemboque en la exageración opuesta: en el ya mencionado particularismo. El camino está claramente trazado por el Concilio, ya que la fórmula in quibus et ex quibus «se opone al principio de la autocefalia, así como a la imagen monística de la Iglesia como única diócesis mundial». Una exacta comprensión de esta doble modalidad de la Iglesia lleva también a aceptar sólo con las debidas reservas y matizaciones la aplicación, en el ámbito eclesial, de principios como los de autonomía y subsidiariedad. Su aceptación indiscriminada supone y promueve, en efecto, una falsa concepción de dicha bipolaridad, por entender la Iglesia universal y la particular como dos entidades materialmente diversas y en tendencial concurrencia recíproca. Para el tema que ahora nos ocupa, la correcta apreciación de la doble modalidad de la Iglesia es fundamental en cuanto que nos descubre la específica e insustituible función del munus petrinum en el corpus Ecclesiarum. De este modo la Curia Romana, como instrumento al servicio del ministerio petrino, encuentra fundamentada su existencia y caracterizada su misión en el interior de la communio Ecclesiarum; y al mismo tiempo se pone de manifiesto la improcedencia elesiológica de algunas superficiales denuncias de «centralismo romano», (P. RODRIGUEZ, Iglesias particulares y Prelaturas personales, Pamplona 1986, p. 158. W. AYMANS, Die Communio Ecclesiarum als Gestaltgesetz der einen Kirche, en «Archiv für katholisches Kirchenrecht», 139 (1970) p. 84 (la traducción es nuestra).
Bergoglio no era la clase de obispo a la que estaba acostumbrado el clero. Era poco burocrático, directo, humilde, austero y eficaz. Siempre estaba disponible. No tenía secretario y era fácil contactar con él por teléfono…si no podía contestar, devolvía él mismo la llamada en menos de dos horas. Los problemas se resolvían con rapidez, y a menudo los resolvía él directamente…Iba de parroquia en parroquia, pasaba tiempo con los sacerdotes, tomaba mate con ellos…averiguaba qué necesitaban…en ocasiones les cocinaba y les limpiaba la casa…cuando un sacerdote no encontraba reemplazo Bergoglio ocupaba su puesto, a veces semanas enteras…no tenía chofer ni asistente, llevaba él mismo su agenda, telefoneando él mismo, moviéndose por la ciudad en autobús y metro, o a pie. Los sacerdotes notaban que él los conocía…” (Austen Ivereigh, “El Gran Reformador” pp. 688 -689).


COMENTARIO

Trataremos de poner el acento en los aspectos antropológicos para poder comentar, sin matices políticos, el sentido esencial de la gobernabilidad. Es imposible explicar en qué consiste la gobernabilidad si no se conoce bien lo que es la libertad. Podremos decir, sin temor a equivocarnos, que cualquier sistema de gobierno que no respete y ame la libertad, equivoca sus planteamientos y puede caer fácilmente en la corrupción.

La historia recoge experiencias de los aciertos y desaciertos en temas de gobierno. Vivimos ahora sumergidos en una gran crisis de autoridad, tanto en los ambientes familiares como en los laborales y mucho más en los ámbitos políticos. La educación ha tenido sus “pecados” cuando ha querido imponer las cosas a la fuerza sin respetar la libertad y autonomía de las personas.


Cambios de tiempo y circunstancias distintas
Una de las grandes dificultades de los tiempos actuales es cuando no se reconoce las falencias y limitaciones de sistemas y costumbres que han perdido su sentido porque las cosas han cambiado y se necesitan procedimientos totalmente distintos a los habituales. En muchos casos la terquedad en mantenerse en lo mismo se ha convertido en un obstáculo serio para que las cosas caminen a buen ritmo y salgan adelante con éxito.

La historia nos ha demostrado que los gobiernos con un exceso de centralismo pueden llevar a un “nacionalismo” (gobernar con personas que tengan un mismo perfil o unas mismas ideas). Esto puede dar lugar a formar cúpulas cerradas con sistemas herméticos, proclives al secreto y con faltas de transparencia.

Es cierto que las mismas situaciones duras de la vida (guerras, delincuencia, faltas de seguridad, terrorismo, persecuciones) fomentan unas medidas de prudencia para los procedimientos y la confianza en determinadas personas. Es comprensible que frente a esas vicisitudes se cierren filas y se apliquen medidas severas de seguridad y prohibiciones; sin embargo el progreso de la humanidad no puede continuar por esos derroteros.

Se forma a las personas para creer y confiar en ellas, si no fuera así la educación no tendría mucho sentido. En su sano juicio nadie piensa que las cosas solo funcionarán con la represión y la mano dura de unos pocos. Todo tipo de gobierno debería darse siempre con la libertad, la trasparencia y la confianza entre las personas, alejando de las relaciones humanas todo lo que suene a “secreteos” o controles excesivos, que ponen en duda la honorabilidad y franqueza de las personas y no permiten una convivencia armoniosa. El gobernante debe ser una persona que ame de verdad a quienes gobierna.


El perfil del buen gobernante
Son grandes los gobernantes que dirigen personas libres y no se inmiscuyen en las vidas de los que gobiernan tratando de controlarlo todo, sin fiarse de los trabajo y de las gestiones que puedan realizar libremente. Son grandes los gobernantes que se preocupan de la salud, de la familia y de los asuntos personales de los subalternos y se acercan amigablemente a ellos con mil manifestaciones de servicio.

Son malos los gobernantes que someten a las personas a sus propios criterios y las controlan siempre sin fiarse de ellos. Es malo el gobernante que solo le interesa que el súbdito cumpla con su trabajo y que rinda todo lo que pueda. El que solo le habla de lo que tiene que hacer y le reclama lo que no ha hecho. El que no se interesa para nada de los asuntos personales del subordinado, ni le pregunta por su familia, por su salud, por su descanso y tampoco le contesta el correo, ni la llamada telefónica porque piensa que no tiene por qué contestarle.

Es malo el gobernante que no sabe tener cercanía y se encierra en su cúpula pensando que hace bien poniendo distancia, o cierta barrera con el subordinado.

Cuando el que es gobernado se siente aislado, olvidado o minusvalorado y vive atemorizado por el silencio administrativo, es un síntoma claro de la ineptitud de los gobernantes.

No es bueno el gobernante que se disfraza de “bueno” y tiene estrategias para quedar bien “dorandole la píldora” a sus subalternos con entusiasmos infantiles que no corresponden a la realidad. Son conductas de una solapada hipocresía que utiliza escenografías fabricadas por el voluntarismo para contentar engañando. Cualquier estrategia sin caridad y sin verdad es ofensiva y denigrante para las personas.

Es grande el gobernante que consigue hacer gobernar a todos con su talente y prestigio. El que quiere y respeta la libertad de cada persona y sabe contar con todos en las empresas donde trabaja.  Es grande el gobernante trasparente y sencillo que a la vez es un buen amigo.
La decentralización de los gobiernos se inicia con la apertura y confianza del gobernante que consigue, con su amor auténtico la libertad, la eficacia y el éxito que el controlista y desconfiado no consiguen nunca.

Hoy más que nunca se requiere el amor auténtico, la apertura y la cercanía del que tiene la voz de mando en la casa, en el colegio, en las instituciones y en cualquier estamento de la sociedad. 

Cuando se trata de la Iglesia valen las ideas expuestas en los párrafos precedentes sobre la conducta de los gobernantes pero además hay que tener en cuenta el sentido de la universalidad que surge de la Revelación y la Tradición, que son las fuentes de la fe.

La Iglesia tiene la misión de custodiar y transmitir el depósito de la fe por mandato divino. El Papa y quienes gobiernan la Iglesia, en comunión con él, constituyen la Jerarquía para toda la Iglesia universal.

Dentro de la Iglesia no deberían haber posturas sino comunión. Cabe perfectamente una armonía entre la Iglesia Universal y las Iglesias particulares. Para que todo funcione bien son importantes las personas. Que cada miembro de la Iglesia viva una auténtica unidad con el Papa y los obispos en comunión con Él. Es por eso muy importante, como decía San Josemaría, “rezar por la Iglesia, por el Papa y por los asesores del Papa”

San Juan Pablo II pedía a todos cristianos al inicio del siglo XXI: “hagamos de la Iglesia la casa de la comunión” (P. Manuel Tamayo).   (continuará en el próximo artículo).

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