EL MEJOR ESTILO DE UN BUEN GOBERNANTE (III)
“Jorge
Bergoglio tenía una figura paterna exigente pero afectuosa, un profesor
brillante, un maestro espiritual y un líder cautivador…Impartía clases, dirigía
retiros, organizaba conferencias…los estudiantes recuerdan que siempre estaba
por ellos, se implicaba con todos en cada detalle….El estilo de su implicación
personal se extendía a la cocina, de la cual se hacía cargo los domingos, era
un buen cocinero… Bergoglio esperaba mucho y daba mucho. Siempre estaba ahí,
por delante, “<primereando>”…
Era sensible a las necesidades de los distintos alumnos,,,tenía atenciones
personales, “te trataba como un padre, y como a un padre podías ir a
descargarte”…”era muy vivo, muy hábil, con mucha calle…su autoridad era
innata,,, poseía una vena irreverente traviesa, limitada siempre por los
límites de la tradición eclesiástica, que no traspasaba nunca” (Austen Ivereigh, “El
gran reformador” pp 579- 584)
“Nuestra
caridad ha de ser también cariño, calor humano. Así nos lo enseña Jesucristo.
Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar
también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o
escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada,
adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás —antes que nada, en
los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la
dignidad de ese título maravilloso. Hemos de portarnos como hijos de Dios con
los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de
mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se
nota. Este es el bonus odor Christi, -el buen olor de Cristo- el
que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la
fe: ¡Mirad cómo se aman! (San
Josemaría Escrivá, “Es Cristo que pasa n. 36)
“Vivir la caridad” es mucho más que observar ciertas formas externas de
educación o guardar un respeto frío, que en realidad mantiene al otro a
distancia: es abrir el corazón, quitar las barreras con las que a veces nos
blindamos ante lo que nos resulta menos amable en el modo de ser de los demás”.
(Josemaría Escrivá, “Amigos de Dios” n. 225.
COMENTARIO
Independientemente de los roles o papeles que tenga, el mejor
gobernante, en líneas generales, es
el que sabe servir respetando los modos de ser de cada persona. Las capacidades
para las distintas funciones se enriquecen y son realmente cualidades, cuando
el que hace cabeza sabe querer a las personas.
Los malos gobernantes se quedan en los proyectos y en las funciones.
Buscan que todos pasen por el “aro” de unos procedimientos y no salen de las
estructuras. El buen gobernante da prioridad a las personas y encuentra en
ellas las diferencias para tratarlas de distinta manera y de acuerdo a las circunstancias.
El que sabe gobernar no entra en rutinas, en iras represivas, tampoco en
controles excesivos. Sabe colocarse en el llano con los demás para acompañarlos
inyectando en los ambientes el sentido común y una paz que sale del fondo de su
propia alma. Todos se sienten bien con él, protegidos y estimulados. (P.
Manuel Tamayo)
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