miércoles, 20 de junio de 2018


PECADO Y CORRUPCIÓN

El Pontífice explicó que una cosa es el pecado y otra la corrupción a la que lleva el pecado, porque la actitud del pecador puede ser la de decir: “Yo he pecado, he sido infiel a Dios, pero luego trato de no hacerlo más, o busco reconciliarme con el Señor, o al menos sé que no está bien lo que hago”. Pero la corrupción se produce “cuando el pecado entra en tu conciencia y no deja espacio ni para el aire”. (Papa Francisco, homilía en Santa Martha).


COMENTARIO

Todos somos pecadores. Del pecado se puede salir cuando hay humildad. La persona humilde reconoce sus faltas y sus pecados, le duele ser así y se arrepiente. Luego se acerca humildemente a la confesión para que Dios le perdone. Después de confesar sus pecados y salir con un propósito de no volver a pecar, tiene una gran alegría al comprobar que Dios es bueno porque, a pesar de todo, lo ha perdonado.

El pecador va mejorando, al pedir perdón por sus faltas, con la gracia que Dios le acerca a través del sacramento de la confesión. Cualquier persona puede ser perdonada por Dios por muy grandes que sean sus miserias, si está realmente arrepentida y quiere cambiar.

En cambio es corrupto el que se quiere quedar en el mal, el que no reconoce sus errores, el que no quiere cambiar y en efecto no cambia nunca. Existen muchos tipos de corrupción. Si queremos hacer una clasificación general podemos reducirlos a dos campos: seducciones del placer y seducciones del poder.

Tanto el afán desordenado de placer como el de poder pueden corromper a la persona. Lo podemos observar en la situación de muchas personas que llevan en sus mismas vidas un estado de corrupción, por ejemplo: un terrorista que siempre sigue siendo terrorista y no cambia aunque pasen los años o un delincuente que no ha querido salir de esa situación y se convierte en una persona peligrosa.

Existe también la corrupción de los que se han acostumbrado a conseguirlo todo con medios ilícitos a base de mentiras y triquiñuelas. Gente que paga sobornos, policías o periodistas que piden cóimas, terroristas que exigen cupos, “negociados” ilícitos que perjudican a terceros, personas que evaden el pago de los impuestos con negocios informales.

Cuando miramos nuestra sociedad encontramos que la corrupción está bastante metida en la vida de las personas. Es necesario batallar en la educación para formar personas honradas que sean sinceras y trasparentes. Personas que, desde muy jóvenes, rechazan el mundo informal que está cargado de mentiras y de trampas y apuestan por una sociedad de personas honradas y generosas. Es una tarea difícil pero vale la pena el esfuerzo porque se puede lograr. (P. Manuel Tamayo)


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