PECADO Y
CORRUPCIÓN
El Pontífice explicó que una cosa es el pecado
y otra la corrupción a la que lleva el pecado, porque la actitud del pecador
puede ser la de decir: “Yo he pecado, he sido infiel a Dios, pero luego trato
de no hacerlo más, o busco reconciliarme con el Señor, o al menos sé que no
está bien lo que hago”. Pero la corrupción se produce “cuando el pecado entra
en tu conciencia y no deja espacio ni para el aire”. (Papa Francisco, homilía en Santa Martha).
COMENTARIO
Todos somos pecadores. Del pecado se puede
salir cuando hay humildad. La persona humilde reconoce sus faltas y sus
pecados, le duele ser así y se arrepiente. Luego se acerca humildemente a la
confesión para que Dios le perdone. Después de confesar sus pecados y salir con
un propósito de no volver a pecar, tiene una gran alegría al comprobar que Dios
es bueno porque, a pesar de todo, lo
ha perdonado.
El pecador va mejorando, al pedir perdón por sus faltas, con la gracia que Dios le acerca a
través del sacramento de la confesión. Cualquier persona puede ser perdonada
por Dios por muy grandes que sean sus miserias, si está realmente arrepentida y
quiere cambiar.
En cambio es corrupto el que se quiere quedar
en el mal, el que no reconoce sus errores, el que no quiere cambiar y en efecto
no cambia nunca. Existen muchos tipos de corrupción. Si queremos hacer una
clasificación general podemos reducirlos a dos campos: seducciones del placer y seducciones del poder.
Tanto el afán desordenado de placer como el de
poder pueden corromper a la persona. Lo podemos observar en la situación de
muchas personas que llevan en sus mismas vidas un estado de corrupción, por
ejemplo: un terrorista que siempre sigue siendo terrorista y no cambia aunque
pasen los años o un delincuente que no ha querido salir de esa situación y se
convierte en una persona peligrosa.
Existe también la corrupción de los que se han
acostumbrado a conseguirlo todo con medios ilícitos a base de mentiras y triquiñuelas.
Gente que paga sobornos, policías o periodistas que piden cóimas, terroristas
que exigen cupos, “negociados” ilícitos que perjudican a terceros, personas que
evaden el pago de los impuestos con negocios informales.
Cuando miramos nuestra sociedad encontramos
que la corrupción está bastante metida en la vida de las personas. Es necesario
batallar en la educación para formar personas honradas que sean sinceras y
trasparentes. Personas que, desde muy jóvenes, rechazan el mundo informal que
está cargado de mentiras y de trampas y apuestan por una sociedad de personas
honradas y generosas. Es una tarea difícil pero vale la pena el esfuerzo porque
se puede lograr. (P. Manuel Tamayo)
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