martes, 21 de agosto de 2018


LOS CONTUBERNIOS PARA EL JUEGO SUCIO

“La trampa es la infracción de una regla de juego o de una ley, con el fin de obtener un beneficio personal” (Diccionario).

“La estafa es el engaño en una compra, trato, espectáculo u otra actividad del que se prometen unos resultados que no se cumplen o unas cualidades que no son reales” (Diccionario).

 “El fraude es un engaño cometido de forma consciente, buscando el beneficio propio y perjudicando al mismo tiempo a los demás” (Diccionario).

Manipular es distorsionar la realidad al servicio de intereses particulares”. (Diccionario).

 Contubernio es una alianza o asociación de personas con intereses censurables, ilegales o ilícitos” (Diccionario)


COMENTARIO

En nuestra sociedad contemporánea se están dando los elementos para que las asociaciones que se organicen sean auténticos contubernios disfrazados de legalidad.

La fuerza del positivismo y del poder mediático dan el espaldarazo para delinquir con “toda las de la ley” comprando fácil a los que tienen el poder o recibiendo de ellos sustanciosos sobornos para que solo se destape lo que se considere conveniente para los intereses de ambos.

El negocio y el poder son los dueños de la mermelada, que entre ellos se la untan y aparentemente no pasa nada. Los arreglos y los acuerdos ocultos construyen programas que son llevados por hipócritas disfrazados de honradez y legalidad, que viven unos pocos años (o menos tiempo), dentro de un falso y efímero triunfalismo.

En los ambientes actuales se pone en “tela de juicio” las virtudes humanas, porque éstas las han caricaturizado los corruptos que se presentan como “santones” con disfraces de corrección, aptos para bailes y festejos huachafos, como el que hacen algunos candidatos políticos para ganarse el voto de los imberbes. 

En esta decadente sociedad en la que vivimos, son cada vez más los que quieren arreglar las cosas con trampas y juego sucio. Lo hacen como si fueran así los procedimientos que siempre se emplearon, “lo que pasa es que antes no existían micrófonos y cámaras”, afirman algunos, sin embargo nadie puede negar que la corrupción se ha extendido considerablemente en todos los sectores de la sociedad como un huayco de inmundicia que si te acercas no solo te salpica sino que te arrastra embadurnándote con toda su porquería.


La vulgaridad del lenguaje de complicidad

Hasta el lenguaje que utilizan tiene un tono de complicidad y de seducción; está aderezado con ajos y picante, para poder sentirse triunfadores, aunque sea por un instante, en un endeble pedestal de fantasía.

Los apoyos de una falsa fraternidad son la complicidad de dos egoístas que buscan perdidamente su beneficio a cualquier precio y cuando las “papas queman” salen disparados negando todo vínculo amical entre ellos: “no lo conozco” “solo lo ví de paso” “nunca le pedí nada…”  Efectivamente, nunca fueron amigos y menos hermanos. Solo fueron cómplices para sus beneficios personales.


Los falsos pedestales de un poder corrupto

Hoy asistimos al desmoronamiento de muchos pedestales de personas que subieron, por las manipulaciones de los contubernios, con un conflictivo tráfico de favores, para caer luego en un infernal tráfico de acusaciones, con un dramático final de frustración y tristeza.

Los moralistas y los reglamentos no sirven para arreglar una situación de esta naturaleza. No son los letreros ni las teorías de los gurús quienes nos saquen de este empantanamiento.

Parece de Perogrullo pero la solución está en la educación, pero con una advertencia clara: ¡no puede educar cualquiera!

Igual que en el fútbol, es necesario hacer una selección con los mejores, para educar hay que tener calidad de vida.

La selección para la educación hay que hacerla sin trampas, sin manipulaciones, sin fraudes, sin contubernios, sin compadrazgos, sin nepotismos, sin complicidad, sin negociados, sin hacer acepción de personas, sin argollas, sin elites, sin cúpulas, sin egoísmos, sin creerse superiores a los demás, sin arrogancias. Con muchas renuncias al beneficio propio y al yo.

Con un sano y auténtico amor a los demás, que se puede conseguir y que vale la pena lograrlo poniendo a Dios, siempre en primer lugar. (P. Manuel Tamayo)


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