LOS CONTUBERNIOS PARA EL JUEGO SUCIO
“La trampa es la infracción de una regla de
juego o de una ley, con el fin de obtener un beneficio personal” (Diccionario).
“La estafa es el engaño en una compra,
trato, espectáculo u otra actividad del que se prometen unos resultados que no
se cumplen o unas cualidades que no son reales” (Diccionario).
“El fraude
es un engaño cometido de forma consciente, buscando el beneficio propio y
perjudicando al mismo tiempo a los demás” (Diccionario).
“Manipular es distorsionar la realidad
al servicio de intereses particulares”. (Diccionario).
“Contubernio
es una alianza o asociación de personas con intereses censurables, ilegales o
ilícitos” (Diccionario)
COMENTARIO
En nuestra sociedad
contemporánea se están dando los elementos para que las asociaciones que se
organicen sean auténticos contubernios disfrazados de legalidad.
La fuerza del
positivismo y del poder mediático dan el espaldarazo para delinquir con “toda las de la ley” comprando fácil a
los que tienen el poder o recibiendo de ellos sustanciosos sobornos para que
solo se destape lo que se considere conveniente para los intereses de ambos.
El negocio y el
poder son los dueños de la mermelada, que entre ellos se la untan y aparentemente
no pasa nada. Los arreglos y los acuerdos ocultos construyen programas que son
llevados por hipócritas disfrazados de honradez y legalidad, que viven unos
pocos años (o menos tiempo), dentro de un falso
y efímero triunfalismo.
En los ambientes
actuales se pone en “tela de juicio”
las virtudes humanas, porque éstas las han caricaturizado los corruptos que se
presentan como “santones” con disfraces de corrección, aptos para bailes y festejos
huachafos, como el que hacen algunos candidatos políticos para ganarse el voto
de los imberbes.
En esta decadente sociedad
en la que vivimos, son cada vez más los que quieren arreglar las cosas con
trampas y juego sucio. Lo hacen como si fueran así los procedimientos que
siempre se emplearon, “lo que pasa es que
antes no existían micrófonos y cámaras”, afirman algunos, sin embargo nadie
puede negar que la corrupción se ha extendido considerablemente en todos los
sectores de la sociedad como un huayco de inmundicia que si te acercas no solo
te salpica sino que te arrastra embadurnándote con toda su porquería.
La vulgaridad del lenguaje de complicidad
Hasta el lenguaje que
utilizan tiene un tono de complicidad y de seducción; está aderezado con ajos y
picante, para poder sentirse triunfadores, aunque
sea por un instante, en un endeble pedestal de fantasía.
Los apoyos de una
falsa fraternidad son la complicidad de dos egoístas que buscan perdidamente su
beneficio a cualquier precio y cuando las “papas
queman” salen disparados negando todo vínculo amical entre ellos: “no lo conozco” “solo lo ví de paso” “nunca
le pedí nada…” Efectivamente, nunca
fueron amigos y menos hermanos. Solo fueron cómplices para sus beneficios
personales.
Los falsos pedestales de un poder corrupto
Hoy asistimos al
desmoronamiento de muchos pedestales de personas que subieron, por las manipulaciones de los contubernios,
con un conflictivo tráfico de favores, para caer luego en un infernal tráfico
de acusaciones, con un dramático final de frustración y tristeza.
Los moralistas y los
reglamentos no sirven para arreglar una situación de esta naturaleza. No son
los letreros ni las teorías de los gurús quienes nos saquen de este
empantanamiento.
Parece de Perogrullo
pero la solución está en la educación, pero con una advertencia clara: ¡no
puede educar cualquiera!
Igual que en el fútbol,
es necesario hacer una selección con los mejores, para educar hay que tener
calidad de vida.
La selección para la
educación hay que hacerla sin trampas, sin manipulaciones, sin fraudes, sin
contubernios, sin compadrazgos, sin nepotismos, sin complicidad, sin negociados,
sin hacer acepción de personas, sin argollas, sin elites, sin cúpulas, sin
egoísmos, sin creerse superiores a los demás, sin arrogancias. Con muchas
renuncias al beneficio propio y al yo.
Con un sano y
auténtico amor a los demás, que se puede conseguir y que vale la pena lograrlo
poniendo a Dios, siempre en primer lugar. (P. Manuel Tamayo)
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