lunes, 6 de agosto de 2018

LA MALA DISCRECIÓN

“Discreción es la reserva o cautela para guardar un secreto o para no contar lo que se sabe y no hay necesidad de que conozcan los demás” (Diccionario).

 “El secreto es algo oculto, escondido y separado del conocimiento de los demás. El secreto, por lo tanto, es ignorado por la mayoría de las personas, excepto por aquellas que comparten el secreto. Pueden existir acuerdos de confidencialidad, juramentos y otros mecanismos que intentan garantizar que el secreto en cuestión no será violado. Las empresas también guardan secretos. Por lo general se trata de la información que les otorga una ventaja competitiva frente a la competencia. La fórmula secreta de una bebida o el algoritmo de un software son ejemplos de secretos corporativos.  (Julián Pérez Porto y María Merino).


COMENTARIO

La discreción puede ser buena o mala depende de los que se trate y de la intención del que quiere ocultar algo, a todos o a determinadas personas. Toda persona tiene derecho a la vida privada y por lo tanto a no dar a conocer a extraños los detalles de su vida íntima. El invadir la privacidad es un atentado contra el honor, la libertad y la dignidad de la persona.

Existen normas para no dar a conocer a personas ajenas asuntos que no son de su incumbencia (los sacerdotes con el sigilo sacramental después de oír una confesión, los médicos no pueden dar a conocer a cualquiera la historia clínica de un paciente, los que trabajan en una empresa se comprometen a no divulgar los asuntos que corresponden solo a los que trabajan allí, un militar tampoco puede dar a conocer los planes o estrategias de la milicia, etc.).

En la época que nos ha tocado vivir asistimos a un bombardeo inescrupuloso sobre la vida privada de las personas poniendo al descubierto asuntos que perjudican el honor y la buena fama de las personas. 

La morbosidad y la curiosidad han crecido considerablemente por influjo de la prensa amarilla que quiere ganar rating a costa de heridas y maltratos a las personas. Hoy tampoco se tiene en cuenta lo que Jesucristo advirtió: “El que se vea libre de pecado que arroje la primera piedra”


Los daños del relativismo

Es necesario tener en cuenta que, por influjo del relativismo, la gran mayoría vive asustada por falta de seguridad. Muchos, como mecanismo de defensa, viven encerrados con miedo a transmitir algún dato que los comprometa, se organizan para vivir dentro de una burbuja cerrando los ojos a la realidad, buscan una suerte de “paraíso”, un remanso de paz donde nadie los moleste.

El miedo de hacer las cosas abiertamente ha crecido de un modo considerable y está perjudicando sobre todo a los más jóvenes.

Los mismos padres y educadores pensando que es urgente cerrar filas, para que el mal no entre en sus casas, organizan sistemas de control exagerados que limitan la sana libertad de las personas y motivan que los chicos oculten muchas cosas porque no se sienten libres y piensan que se desconfía de ellos. 

El adolescente de hoy cree que la libertad es el derecho a tener una vida propia sin que nadie intervenga y, sin darse cuenta, toman la educación vigente como “un saludo a la bandera”. Algunos se rebelan abiertamente a los consejos o normas que reciben (les parece absurdo) y otros manifiestan una aceptación (hipocresía) mientras van cultivando una doble vida, de un modo oculto. Ellos piensan que así son las cosas. No tienen experiencia.

El problema principal, que es consecuencia del relativismo, es cuando se pierde la noción del bien y del mal. 

Si en la sociedad, o al menos en los hogares, los criterios estuvieran regulados por la verdad y la transparencia, todo iría mucho mejor. Ahora da la impresión de que todo es una farsa, se vive del cuento y se cierran los ojos a la realidad. Las sorpresas están a la orden del día.

La vida privada es buena cuando hay sinceridad y verdad, cuando no se trata de un contubernio donde se conspira, o de un lugar de terror donde se tortura. La privacidad no es para la complicidad de la corrupción, tampoco para ocultar los procedimientos de una traición. Nadie tiene derecho a ocultar sus planes maléficos para destruir algo. 

En cambio sí tiene derecho a impedir que se metan en su vida privada la persona que tiene coherencia de vida, y ésta responde al bien y a la verdad. 

La libertad es para el bien del amor ordenado de la persona. Lo demás es mentira y cuento. En esto, como en otros temas, habría que concluir diciendo: “el que pueda entender, que entienda” (P. Manuel Tamayo)

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