martes, 5 de febrero de 2019


CUANDO EL HIJO NO CORRESPONDE AL AMOR
La ingratitud juvenil


“A veces los hijos son muy desagradecidos con sus padres, incluso en su etapa de adultos cuando debieran tener mayor capacidad de apreciar lo que sus padres supusieron para ellos. Bien es cierto que hay padres que no han sido ejemplares, pero incluso los mejores padres, los que más han sacrificado por sus hijos, los que más han luchado por darles oportunidades que ellos mismos no tuvieron… también pueden tener hijos muy ingratos” (El Porvenir. Mx.)
“Resulta muy duro descubrir que tus hijos te dejaron de lado, pasa todo su tiempo con sus nuevas amistades y ni un fin de semana al mes pueda dedicarte. La ingratitud supone mucho dolor para cualquier persona, y, sobre todo si viene de un hijo” (El Porvenir. Mx). 

“Los hijos han de respetar y honrar a sus padres, procurar darles alegrías, rezar por ellos y corresponder lealmente a su sacrificio: para un buen cristiano estos deberes son un dulcísimo precepto” (San Josemaría Escrivá).

“Si te has alejado de tus padres, haz un esfuerzo y vuelve a ellos. Tal vez sean viejos… Ellos te han dado la vida. Y luego, el hábito de decir cosas malas. Por favor: ¡Nunca insultes a los padres! ¡Nunca! Haced esta decisión interna: ‘Desde hoy, jamás insultaré al padre o a la madre de nadie’. Te han dado la vida, nunca insultes a tus padres” (Papa Francisco).


COMENTARIO

La ingratitud de un hijo duele mucho, sobre todo cuando se ha puesto cariño y esfuerzo tratando de darle lo mejor.

La ingratitud de un alumno, de un amigo o de cualquiera que recibió buenos consejos y ayudas para salir adelante en la vida, duele también en el alma, y no se llega a entender a qué se debe.


Posibles causas de la ingratitud
La principal es el amor propio del chico que solo le interesa su propio beneficio y su satisfacción. Y cuando esa persona (papá, mamá, familiar, o amigo) le alcanza lo que quiere, se queda con aquello y se olvida completamente de agradecer, y no sabe reconocer el sacrificio y el esfuerzo que han puesto las personas que lo quieren. 

La ingratitud, creciente en los tiempos actuales, puede tener su origen en los desórdenes que existen en las mismas familias y que afectan al ambiente sano y edificante que deben tener los hogares (exceso de materialismo, afán de tener, ausentismo de los padres, hogares disfuncionales, rivalidades entre hermanos, celos).

También procede del desorden social de la calle y de los ambientes de reuniones juveniles que influyen negativamente en los chicos (afanes egoístas, utilitarismo, chismosería, grupos violentos, exceso de frivolidad, chabacanería, pérdidas de tiempo). 
  
Cuando en un hogar, por las razones que sean, falta el padre o la madre, es fácil que los hijos sufran algún trastorno en su conducta, también ocurre cuando los padres están peleados y en la casa existe un ambiente de agresividad habitual.


Cuando los padres no están presentes
La ausencia de los padres puede ser total o parcial. En algunos hogares los padres no tienen tiempo para estar con los hijos porque el trabajo no lo permite. En otros casos los padres, aunque estén en la casa, están aislados, en su propio ambiente, y el hijo tiene una relación distante, que muchas veces se limita a dar cuenta del cumplimiento de unas obligaciones.

Cuando los padres están peleados suele crecer en ellos un “amor” posesivo para con los hijos. En esas situaciones se extralimitan en los afectos y engreimientos, cada uno jalando para su lado, con conductas exageradas y hasta dramáticas (se victimizan delante de los hijos para que ellos los apoyen). Esta conducta desordenada crea en los chicos unas heridas, mezcla de engreimiento y resentimiento. Terminan pensando que ellos merecen más de lo que se les da, sin valorar todo lo que se hace por ellos.

Las ingratitudes son consecuencia resentimientos acumulados y una actitud de egoísmo ciego. Ellos se consideran buenos y piensan que los demás tienen la culpa, porque se portaron mal en alguna ocasión. Los defectos de sus padres o maestros los agigantan sin reconocer el cariño auténtico que les tienen. Se olvidan y terminan no reconociendo todo lo bueno que hicieron con ellos y con mucho espíritu de sacrificio.

La ingratitud es una herida del amor propio que debe ser curada, cuanto antes, para que esa persona pueda amar correctamente con la virtud de la Caridad. (P. Manuel Tamayo)
Continuará en el siguiente artículo

No hay comentarios:

Publicar un comentario