CUANDO EL HIJO NO CORRESPONDE AL AMOR
La ingratitud juvenil
“A veces los hijos son muy
desagradecidos con sus padres, incluso en su etapa de adultos cuando debieran
tener mayor capacidad de apreciar lo que sus padres supusieron para ellos. Bien
es cierto que hay padres que no han sido ejemplares, pero incluso los mejores
padres, los que más han sacrificado por sus hijos, los que más han luchado por
darles oportunidades que ellos mismos no tuvieron… también pueden tener hijos
muy ingratos” (El Porvenir. Mx.)
“Resulta
muy duro descubrir que tus hijos te dejaron de lado, pasa todo su tiempo con
sus nuevas amistades y ni un fin de semana al mes pueda dedicarte. La
ingratitud supone mucho dolor para cualquier persona, y, sobre todo si viene de
un hijo” (El Porvenir. Mx).
“Los
hijos han de respetar y honrar a sus padres, procurar darles alegrías, rezar
por ellos y corresponder lealmente a su sacrificio: para un buen cristiano
estos deberes son un dulcísimo precepto” (San Josemaría Escrivá).
“Si te has alejado de tus padres, haz un
esfuerzo y vuelve a ellos. Tal vez sean viejos… Ellos te han dado la
vida. Y luego, el hábito de decir cosas malas. Por favor: ¡Nunca
insultes a los padres! ¡Nunca! Haced esta decisión interna: ‘Desde hoy, jamás
insultaré al padre o a la madre de nadie’. Te han dado la vida, nunca insultes
a tus padres” (Papa Francisco).
COMENTARIO
La ingratitud de un hijo duele mucho, sobre
todo cuando se ha puesto cariño y esfuerzo tratando de darle lo mejor.
La ingratitud de un alumno, de un amigo o de
cualquiera que recibió buenos consejos y ayudas para salir adelante en la vida,
duele también en el alma, y no se llega a entender a qué se debe.
Posibles causas de
la ingratitud
La principal es el amor propio del chico que solo le interesa su propio beneficio y su
satisfacción. Y cuando esa persona (papá,
mamá, familiar, o amigo) le alcanza lo que quiere, se queda con aquello y
se olvida completamente de agradecer, y no sabe reconocer el sacrificio y el
esfuerzo que han puesto las personas que lo quieren.
La ingratitud, creciente en los tiempos actuales, puede tener su origen en los desórdenes que existen en las mismas
familias y que afectan al ambiente sano y edificante que deben tener los
hogares (exceso de materialismo, afán de
tener, ausentismo de los padres, hogares disfuncionales, rivalidades entre
hermanos, celos).
También procede del desorden social de la calle y de los ambientes de reuniones
juveniles que influyen negativamente en los chicos (afanes egoístas, utilitarismo, chismosería, grupos violentos, exceso
de frivolidad, chabacanería, pérdidas de tiempo).
Cuando en un hogar, por las razones que sean, falta el padre o la madre, es fácil que
los hijos sufran algún trastorno en su conducta, también ocurre cuando los
padres están peleados y en la casa existe un ambiente de agresividad habitual.
Cuando los padres no
están presentes
La ausencia de los padres puede ser total o
parcial. En algunos hogares los padres no tienen tiempo para estar con los
hijos porque el trabajo no lo permite. En otros casos los padres, aunque estén en la casa, están aislados,
en su propio ambiente, y el hijo tiene una relación distante, que muchas veces
se limita a dar cuenta del cumplimiento de unas obligaciones.
Cuando los padres están peleados suele crecer
en ellos un “amor” posesivo para con
los hijos. En esas situaciones se extralimitan en los afectos y engreimientos,
cada uno jalando para su lado, con conductas exageradas y hasta dramáticas (se victimizan delante de los hijos para que
ellos los apoyen). Esta conducta desordenada crea en los chicos unas
heridas, mezcla de engreimiento y
resentimiento. Terminan pensando que ellos merecen más de lo que se les da,
sin valorar todo lo que se hace por ellos.
Las ingratitudes son consecuencia
resentimientos acumulados y una actitud de egoísmo ciego. Ellos se consideran
buenos y piensan que los demás tienen la culpa, porque se portaron mal en
alguna ocasión. Los defectos de sus padres o maestros los agigantan sin
reconocer el cariño auténtico que les tienen. Se olvidan y terminan no
reconociendo todo lo bueno que hicieron con ellos y con mucho espíritu de
sacrificio.
La ingratitud es una herida del amor propio que
debe ser curada, cuanto antes, para
que esa persona pueda amar correctamente con la virtud de la Caridad. (P. Manuel Tamayo)
Continuará en el siguiente artículo
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