miércoles, 17 de abril de 2019


EL ODIO A DIOS
Maltrato, burla y violencia contra Jesús

“Se han levantado los reyes de la tierra, y se han unido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo. Rompamos, dijeron, sus ataduras, y sacudamos lejos de nosotros su yugo” (Salmo 2, 2-3).

“¡No se lleva el odio en nombre de Dios! ¡No se hace la guerra en nombre de Dios!” (Papa Francisco).

“Por el odio a Dios muchos cristianos han experimentado persecuciones de no cristianos durante la historia del cristianismo. La persecución puede referirse a arresto sin garantías, encarcelamiento, azotamiento, tortura o ejecución. También puede referirse a la confiscación o destrucción de la propiedad, o a la incitación a odiar a los cristianos, a expulsar a Dios y a la religión de la sociedad, al rompimiento de la moral cristiana y pretender anular la libertad de conciencia” (Wikipedia).

“…uno de los servidores que estaba allí dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿así respondes al Pontífice? Jesús le contestó: Si he hablado mal, declara ese mal; pero si bien, ¿por qué me pegas?” (Juan 18, 22-23).

“Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto de púrpura. Y se acercaban a él y le decían: Salve, Rey de los Judíos. Y le daban bofetadas” (Juan 19, 1-3).



COMENTARIO

El odio a Dios ha existido siempre y ha tenido, a lo largo de la historia, diversas manifestaciones.

El mal si no se corta y se corrige,  se extiende como el fuego que termina quemándolo todo. El hombre que se aleja de Dios y no combate su pecado, puede terminar odiando a Dios y a todo lo que le representa.


Proceso de gestación del odio
El odio puede iniciarse con un gran desinterés por Dios, la religión y la Iglesia,  al que se añade luego un deseo de que Dios no se meta en la vida de las personas, en los hogares y en la sociedad. 

La persona lejana de Dios empieza a mostrar sus antipatías,  primero contra los criterios de fe y moral que marcan la vida de las personas, y después contra las personas que profesan la fe y defienden la moral, como si fueran oscurantistas, homofóbicos o retrógrados. 

Hoy surge una figura anodina que opina en cuestiones morales de un modo permisivo, pero cuando alguien comete una falta arremete con todo, con una severidad drástica y tajante. Termina pensando que las cosas se arreglarán cuando todos los acusados que han cometido delito sean encarcelados, porque ese es el sitio que les corresponde y de allí no deben salir. Se vuelve un verdugo que no perdona porque todos los que son acusados debe “cumplir” con la sanción impuesta.

Cuando se le dice que está odiando, no lo reconoce; al contrario se siente un drástico moralizador que está dispuesto a usar bombas, metralletas y granadas para poner un nuevo “orden” que manda a los archivos a la moral cristiana, como si ésta tuviera la culpa de los males que hay en el mundo. 

El nuevo “moralizador” sin amor a Dios se ha convertido en un aguerrido militante que dispara con los ojos cerrados porque piensa que “muerto el perro se acabó la rabia”.  Es la filosofía del que piensa que hay que destruir y maltratar para poder avanzar, porque no hay otro modo de hacerlo.


El fariseísmo del siglo XXI
El fariseísmo de los tiempos de Jesús está a la orden del día en los tiempos actuales. La mentira y el odio van de la mano para abofetear al bueno, como hicieron con Jesús para luego escupirle, flagelarlo y burlarse de él delante de un público indulgente e ingenuo.

Es fácil que la gente de hoy vuelva a gritar, azuzados por algunos medios del poder mediático y guiados por algunas autoridades infames: ¡crucifícale, crucifícale!,  sin que les importe un bledo oír al que están acusando y cuando lo oyen no le hacen caso, no le creen, lo llaman mentiroso, lo condenan antes de que pueda defenderse quitándole toda la honra y dignidad como si fuera un criminal, una mala persona, con una trayectoria corrupta. Así hicieron con Jesús.


A Barrabás lo premian y a Jesús lo condenan
¡Hoy muchos escogen a Barrabás!, prefieren a ese delincuente que al que es realmente bueno porque se parece a Cristo.

Cómo les gustaría a muchos que la Iglesia caiga, como Notre Dame en París, demolida por un voraz incendio de grandes proporciones. 

A La Iglesia, a los miembros de la Iglesia y a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo le siguen tirando piedras. Las persecuciones continúan. Vivimos en un constante viernes santo, dentro de un mundo donde se defienden ideologías mentirosas escondidas tras un consenso de poder con las seducciones de placer y de dinero, con promesas de “moralidad” y de un paraíso utópico.

Detrás de la confrontación del odio solo existen cenizas que se las lleva el viento, no hay ningún progreso, al contrario hay retroceso: infidelidad, peleas, cobardía, traición, una pérdida generalizada de los valores esenciales y muertes.

Estamos asistiendo al dramático espectáculo de la destrucción de los valores más importantes que hacen feliz al hombre;  y los verdugos de esta infame destrucción son grandes empresas coludidas con un número significativo de autoridades, que además son apoyadas por un “indestructible”  y corrupto poder mediático en consenso,  que mueve, con la mentira y la trapisonda, a una población desorientada.

Pero los sembradores impuros del odio no saben que existe otro ejército, que no es de violencia, es el de los sembradores de la paz y del amor a Dios, que sigue su pelea milenaria junto a Jesucristo para rescatar al hombre perdido y ponerlo en el camino de la verdad.

“Que tu vida no sea una vida estéril. –Sé útil. –Deja poso. –Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón” (San Josemaría, Camino, n 1)

¡Felices Pascuas de Resurrección!

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