LA TORPEZA DEL CHICO DESOBEDIENTE
“Obediencia es el
libre sometimiento a la verdad” (Catecismo).
“Obediencia viene del latín ob audire, “saber escuchar“, obediencia refiere
al proceso que se inicia en escuchar y termina en la
acción de obedecer. Obedecer implica subordinarse a la voluntad de la autoridad, cumplir una demanda, abstenerse de alguna prohibición o acatar una
instrucción” (Diccionario).
“La obediencia infantil forma parte del aprendizaje y del desarrollo. Es un valor que se debe inculcar a
los niños como actitud responsable y de buena convivencia. El niño obedece
primero para agradar al adulto,
y si es estimulado aprende a controlar su conducta y cumplir las reglas en forma consciente, ya no por la aprobación del
adulto sino por su propia
satisfacción. Para que el niño aprenda a ser obediente debe
haber reglas claras en su casa y
en la escuela, y debe conocer el por qué, la utilidad y valor de cada orden. El niño aprenderá
cuando sienta la aprobación de los padres y que con la desobediencia no consigue lo que
desea” (Mónica
Porporatto).
“La obediencia a Dios, como lo indica el origen latino del vocablo
(ob audire) implica una actitud interna profunda
de subordinación de la propia
voluntad a la autoridad divina. La obediencia es una prueba de
nuestro amor por Cristo, entendiendo que los planes de Dios son superiores a los mejores planes
que podamos tener en la tierra” (Mónica Porporatto).
“Obediencia ciega es aquella que lleva al
individuo a aceptar lo que otro le imponga sin discutirlo ni cuestionarlo” (Diccionario).
COMENTARIO
En la naturaleza
del animal están inscritas les leyes físicas y en la del ser humano las físicas
y las morales. Alterar las leyes afecta a la naturaleza que tiene una
direccionalidad y por consiguiente una finalidad.
El ser humano que
actúa contra natura impide el
desarrollo armonioso de la naturaleza. Es por eso que se dan otras leyes para
proteger el ambiente de las contaminaciones, que incluyen lógicamente al ser
humano.
En los aspectos
morales, que son propios de la naturaleza
humana, se dan leyes para preservarla de lo que la desvía o la contamina.
Por otro lado se
debe tener en cuenta que la obediencia es una virtud propia personas
inteligentes sometidas a leyes naturales que desarrollan y orientan su ser; es
útil y necesaria para que el ser humano pueda conseguir su libertad y su
felicidad.
La libertad, que hace feliz a la persona, se consigue
cuando se puede amar de acuerdo a las
leyes naturales con la ayuda necesaria que se requiere, para alcanzar la meta o
la finalidad de la existencia.
La herida del pecado en la naturaleza humana
Como en naturaleza
humana existe un principio de oposición, que es el pecado, se hace necesaria
una educación que advierta de ese mal y señale los medios apropiados para poder
curar esas heridas.
La Iglesia nos
enseña que Jesucristo fue enviado por Dios Padre para redimirnos, es el único que
puede quitarnos el pecado que llevamos dentro. Es por eso que instituye los
sacramentos que nos curan y nos elevan a un nuevo orden de vida.
La urgencia de la obediencia
Los párrafos
anteriores han sido necesarios para entender la virtud de la obediencia.
Sin la obediencia
el ser humano está perdido, se mete con mucha facilidad en un laberinto, se
confunde y pierde el tiempo, no termina de saber lo que debe recibir y qué debe
hacer para ser feliz y libre.
La desobediencia
conduce al desorden, al caos, a la destrucción y a la perdición. Eso fue lo que ocurrió con Adán y Eva al
desobedecer el mandato divino.
La crisis de la obediencia en los hogares
Si las personas no
aprenden a obedecer en su propia casa, es muy probable que vivan esclavizadas de
sus propias pasiones y se irían contra los demás. Es lo que está ocurriendo hoy,
cuando se motiva la autonomía personal con un afán equivocado de independencia.
Muchos piensan que ser libres es ser independientes y dejan la verdad de lado
como si no tuviera nada que ver.
Hoy se tiene muy en
cuenta: lo que se siente, lo que se
elige, lo que apetece o gusta, lo que es
divertido y no aburrido. Estas son las “máximas” que ahogan la obediencia,
pensando que obedecer es someterse a algo impuesto por otro, sin más.
En muchas casas
encontramos hoy al adolescente desobediente y a unos padres rendidos que ya no
saben qué hacer con el hijo y terminan permitiéndole todo. Prefieren tenerlo
contento con sus caprichos que romper con él.
Y si además los
ambientes del mundo “moderno” facilitan
esa “libertad” sin fundamento (que es
libertinaje), el resultado es deprimente: todos estamos viendo a una legión
de jóvenes yendo a la deriva, enlodados en un caos de rebeldes fracasados o con
éxitos efímeros de “logros” que no tienen valor ni sustento, por ausencia de
una carga moral adecuada, o porque son situaciones forzadas por un vanidoso
voluntarismo sin ninguna trascendencia que valga la pena. Son clavos pintados
en la pared que no pueden sujetar absolutamente nada.
La angustia de la incomunicación
Los padres
protestan y buscan ayuda para rescatar a sus hijos de esas situaciones
distantes donde la comunicación es muy escasa, o ya se cerró totalmente. Quizá
no supieron ser ejemplo de lo que predicaban y buenos amigos de sus hijos, o no
fueron buenos transmisores de los valores y terminaron imponiéndolos con
obligaciones y reglas.
Casi todos los
problemas son consecuencia de una mala relación
con los hijos por descuidos, exceso de trabajos o por no conocer bien la
naturaleza del ser humano y las particularidades de cada persona. Cada persona
es como es y no como queremos que sea.
La educación es
para que desarrolle sus talentos con lo que debe aprender y conocer (la verdad), para ser una buena persona.
Los padres y maestros deben transmitir con el ejemplo de sus propias vidas las
nociones elementales que el ser humano debe conocer para ser auténticos y
coherentes en sus vidas y planteamientos.
La desobediencia, muchas veces vociferada como una rebeldía
necesaria, es un desquiciamiento de la virtud que además es pecado. Solo se
puede obedecer cuando se trata de lo bueno. Los padres buenos que quieren de
verdad a sus hijos nunca van a desear algo malo para ellos, pueden cometer
errores, que nunca serán las malas intenciones que pueda tener un desquiciado.
Lo mismo podemos decir de los maestros y de tantas personas buenas que saben
querer y procuran lo mejor para los demás. (P. Manuel Tamayo).
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