EL IRENISMO EN UNA MENTALIDAD MELIFLUA
“El irenismo es una actitud pacificadora que apoya un ecumenismo sin ir a los fundamentos. En religión es una búsqueda de consenso, de diálogo, de relativismo y de espíritu ecuménico, que hace que el Dogma de la Fe o las Verdades Fundamentales pasen a un 2º Plano”, (Diccionario).
“El melifluo es una persona que se comporta de forma afectada o excesivamente amable; muchas veces indulgente y hasta cándida” (Diccionario).
“Cándida es la persona ingenua, sin dobleces ni malicias y que es muy fácil engañar” (Diccionario)
COMENTARIO
Algunos lo ven como una virtud pero no deja de ser un defecto, por las consecuencias que trae, la mentalidad de los que no toman posturas y les sale natural ser imparcial mostrándose amables y condescendientes. Abundan las posturas “políticas” arraigadas en modos de proceder. Como dice el refrán: “la procesión va por dentro”. Ellos piensan que no engañan, pero sus modos, al margen de la realidad, son cascabeleos, teatro, desfuerzo, algo artificial.
Suelen ser personas que elaboran en su interioridad una estructura para quedar bien estando “de acuerdo” con todos. Suelen esconder muchas cosas que no dicen, por una falsa “prudencia”, porque no se atreven o porque no se sienten cómodos si es que tienen que dar alguna explicación.
La discreción de lo que no manifiestan es una estrategia a favor de ellos, que termina intoxicándolos espiritualmente “por fuera son flores y por dentro temblores”; están inquietos y sufren, aunque se manifiestan obsequiosos y generosos.
Sacan de sus procesos internos la “partecita” amable para que suene bien hacia afuera, como si fuera algo acertado y posiblemente conveniente, para no contristar y evitar la confrontación. En muchas ocasiones son una especie de árbitro conciliador, que no pone sanciones, y si no puede alabar a las dos posturas en discusión se calla en “7 idiomas”.
Lo que lleva en su interioridad es una elaboración propia y original, no es la realidad exterior que difícilmente llega a conocer en toda su extensión. Interviene para la conciliación con una suerte de “comprensión” diplomática. Cuando se expresa, lo que es malo no califica de una manera drástica, le pone bastante dosis de “comprensión” para que no suene muy duro y lo bueno lo califica de maravilloso, genial, increíble.
No son pocas las personas que tienen este tipo de conducta con un buen aspecto hacia afuera, solo en las formas, y una elaboración complicada por dentro, y hasta maléfica. Algunos son un poco maquiavélicos en sus intervenciones buscando siempre caer de pie con una sonrisa dibujada para la ocasión.
La astucia de los vivos y de los tímidos son limitaciones para las buenas relaciones humanas y por consiguiente para querer realmente a la gente. Estas personas, aunque por fuera parecen gentiles con todo, hacen diferencias entre unos y otros con una terquedad en sus convicciones que es difícil que den su brazo a torcer.
Para revertir este tipo de limitaciones está la educación. Desde la infancia se debe aprender a querer a todos, valorando las cualidades de cada uno y a no tener miedo de expresar con sencillez lo que se siente. Una buena educación consigue que el servicio no sea un servilismo o que esté sesgado a determinadas personas que se consideran aptas para recibir ayudas y consideraciones. La apertura y la ausencia de cortapisas es indispensable para las buenas relaciones humanas. Estas deben ser francas y sinceras, de verdadero afecto y estima. (P. Manuel Tamayo)
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