EL MIEDO A LA VERDAD
“No comunicar al paciente la verdad sobre su
enfermedad (ver decir la verdad). Puede ser éticamente correcto en algunos
casos en los que el conocimiento de la verdad puede hacer más daño que
beneficio al paciente. Entre estos casos excepcionales no se cuenta el hecho de
que se trate de una enfermedad fatal: esta situación solo obliga a comunicar la
verdad con tacto o progresivamente, pero no justifica el engaño al paciente
sobre los últimos momentos de su vida” (Universidad de Navarra).
“Vivimos en una sociedad donde se
valora la verdad pero es la mentira la que vende, la que triunfa y la que se
premia en demasiadas ocasiones. Nos
referimos ante todo a la falta de honradez, esa que gusta a la prensa amarilla,
esa que aplica filtros a la realidad para vendernos cuerpos y escenarios de
ensueño. Hablamos también de las esferas políticas, capaces de cautivarnos con
verdades a medias o con mentiras enteras” (Mente Maravillosa).
“La
persona que miente por sistema y sin reparo debería darse la oportunidad de
recibir ayuda psicológica. Piensa que con sus mentiras lo
único que hace es intentar tapar un agujero que no hace más que crecer, y lo hace siendo
cómplice de falsedad e invenciones” (Mente
maravillosa).
COMENTARIO
El
sigilo sacramental del sacerdote y el silencio de oficio del profesional son
dos modos éticos de ocultar la verdad para respetar el secreto prometido en
confesión y para no divulgar a terceros lo que corresponde a la espera íntima
de cada persona.
Toda
persona tiene derecho a la intimidad en los asuntos que le conciernen de su
vida privada y que no constituyen una lesión para nadie.
El
sentido común y la conciencia nos hacen ver que no debemos conocer y mucho
menos divulgar los asuntos privados de las personas, éstos además podrían estar
sujetos al silencio de oficio de profesionales que están tratando que esos
asuntos, estén bajo estricta reserva.
La verdad hace grande a la persona. La mentira lo envilece
La
verdad protege al justo y lo engrandece. La mentira empobrece y corrompe al que
la utiliza de modo habitual y no se corrige rectificando a tiempo.
Tiene
miedo a la verdad el que tiene “rabo de
paja” y está temeroso que le descubran sus mentiras y pierda todo lo que ha
conseguido.
Tiene
miedo a la verdad el que se acoge a una ideología por conveniencia humana (por un beneficio que puede recibir)
y fabrica teorías que ocultan la verdad, poniendo luz en falacias y cuentos
para distraer a los oyentes.
Tiene
miedo a la verdad el que no se atreve a defenderla por no enfrentarse, prefiere
la cobardía de callar y ser permisivo.
Tiene
miedo a la verdad el ignorante que ha sido convencido y engañado por impostores
que buscan beneficios y adeptos que los apoyen.
Tiene
miedo a la verdad el que busca un término medio entre la verdad y la mentira o
entre el bien y el mal. Su actitud no sale de la mediocridad. Le averguenza
defender lo bueno y sano, porque no es políticamente correcto y piensa que si
lo defiende, pasaría a tener una postura radical y oscurantista.
Tiene
miedo a la verdad el que cree que su postura debe ir con el consenso general de
las mayorías, que consiste en estar de acuerdo con sentir común de las gentes, propio
de un Estado “democrático” elegido por el pueblo. Craso error.
La objetividad de la verdad
La
verdad no nace de las decisiones humanas. No es consecuencia de una votación.
La verdad es la conformidad entre el pensamiento y la cosa.
Son verdaderos los conocimientos que reflejan correctamente la realidad
objetiva. La verdad no depende de la subjetividad de las personas,
no la crea la conciencia. El ser humano conoce la verdad que viene de la realidad
exterior.
Las personas necesitan ser educadas con la Verdad. La Biblia nos enseña,
a través del Magisterio de la Iglesia, la Verdad revelada, indispensable para
la conducta cristiana y la salvación del hombre.
Un error de pensamiento es un error de vida. La búsqueda de la verdad
está motivada por la necesidad de ella para vivir de un modo coherente y poder
tener unas relaciones humanas acertadas, donde predomina el buen trato, con la
comprensión, el perdón, la valorización de los talentos humanos y la acción de
gracias. (P. Manuel Tamayo)
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