miércoles, 31 de agosto de 2022

LA “CULTURA” DE LA DESTRUCCIÓN

“El término nihilismo (del latín nihil, «nada») aparece asociado a alguien que no cree en nada, al pesimista que piensa que la vida carece de sentido y muestra su resentimiento y odio hacia ella. Desde un plano filosófico, el nihilismo se asocia al pensamiento de Nietzsche para quien la cultura occidental, al llegar a su propia ruina, a su decadencia total, se queda vacía, agotada de los valores ficticios representados en la metafísica, el cristianismo y la vieja moral” (Luis Alfonso Iglesias).

“Es urgente revisar nuestro ordenamiento institucional y la vigencia de las doctrinas imperantes.   Quizás la necesidad de cambios va más allá de los rostros, pero nadie parece estar pensando en estos asuntos, sino que se prefiere la guerrilla diaria en un mundo integrado por “buenos” y “villanos” cuando la aspiración debe ir orientada a construir un mundo mejor” (Sitiocero).

“De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes. San Josemaría lo tenía muy claro. Hablaba, incluso, de darle la vuelta al mundo como a un calcetín, si santificamos la vida corriente. Ese quehacer de todos los días, por corriente que sea, nos puede y nos debe unir con Dios, y tiene en sí toda la fuerza de su omnipotencia” (San Josemaría Escrivá).

 

COMENTARIO

Hoy se llama cultura a cualquier manifestación típica de un pueblo o de una comunidad humana con cierta representación. Cada cultura encarna una visión del mundo como respuesta a la realidad que vive el grupo social. 

Se dice que no existe, por lo tanto, ningún grupo social carente de cultura o "inculto". Lo que sí existe son diferentes culturas y, dentro de estas, diferentes grupos culturales, aun con respecto a la cultura dominante.

Efectivamente es admirable encontrar en el mundo las variedades culturales en la música, la gastronomía, el arte, (literatura, pintura, escultura, arquitectura, cine, etc).

 

La anticultura de la destrucción

Frente a las bellezas del arte y de la técnica con sus múltiples manifestaciones estamos contemplando otro mundo tan real como el primero, pero que no quisiéramos ver: el mundo de la destrucción.

Es terrible que el ser humano, que puede crear tanta belleza en sus distintas manifestaciones de cultura, pueda ser también destructor del mundo y de las cosas más bellas como por ejemplo, la vida humana.

Parece una locura, algo sin sentido, que nadie, en su buen juicio aceptaría; pero allí está, hay que reconocerlo y al mismo tiempo aceptar nuestras propias limitaciones, porque no sabemos qué hacer para revertirlo.

Frente a muchos imponderables estamos como zombis, sin encontrar soluciones adecuadas que permitan revertir situaciones agobiantes de crisis y de corrupción, que son como un cáncer agresivo con metástasis.

Tenemos que encontrar los medios para destruir lo que nos está destruyendo. Quitar del mundo los odios, sentimientos de venganza, resentimientos, violencias y tantas otras lacras que nos están carcomiendo.

Para reconstruir, primero hay que quitar lo malo.  ¿Quién podrá hacerlo?

 

Llamar al libertador

En un momento de la historia, cuando el hombre estaba derrotado, sin fuerzas, totalmente débil y desorientado, Dios envió a Jesucristo para rescatar a la humanidad.

El envío de Cristo es para todos los tiempos. Hoy necesitamos “abrir las puertas al Redentor” tal como nos pedía San Juan Pablo II y no tener miedo, porque Dios no nos abandona, somos nosotros quienes tenemos que abandonarnos en Él, confiando plenamente en su asistencia.

Tal vez se escuchen pocas voces que hablen de la urgencia de Dios en el mundo, para que resuelva los problemas más urgentes y que nos afectan a todos.  Hoy contemplamos más bien, a muchas gentes perdidas, que van buscando soluciones y no las encuentran.  Por esos caminos, sin Dios, jamás van a encontrar la solución adecuada.

El único que podrá revertirlo todo es Jesucristo. San Josemaría Escrivá, el santo de lo ordinario, lo decía por todas partes: “estas crisis mundiales son crisis de santos” Todos estamos llamados a la santidad, basta que nuestros propósitos y decisiones sean reales y firmes. Y santo es el que centra su vida en Cristo, identificándose con Él.

 

La hora de abrir los ojos

Primero tendremos que reconocer que nosotros solos no podemos. Después, pedirle a Dios con humildad la luz que Él solo nos puede dar y luego, pedir esa misma luz para los demás, para que todos vean, y así, todos juntos y unidos logremos una nueva victoria de Dios en el mundo, en los tiempos nuestros, que son los de ahora.

Nada puede darse por perdido cuando Dios está. Tengamos fe y “moveremos montañas” para salvar el mundo de estas crisis terribles y luego…podremos ganarnos la Vida Eterna junto a Dios en el Cielo. (P. Manuel Tamayo).

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