PRIMERA MISA EN LIMA Y TRÁNSITO AL CIELO DE SAN JOSEMARÍA
Primer semestre, 1975
Todavía estaba Velazco Alvarado de
presidente de la República. El clima político bastante alterado, especialmente
en Lima. Los semanarios de Alfonso Baella Tuesta (El Tiempo) y de Francisco
Chirinos Lizarez (Opinión Libre), nos ponían al día de los últimos
acontecimientos.
San Josemaría, que había estado el año
anterior en Lima, rezó mucho por nuestro país. Nos llenó de esperanza, incluso
nos dijo: “en el Perú y desde el Perú”
recordándonos la misión que teníamos, como cristianos, de acercar mucha
gente a Dios, incluidas las autoridades. Siempre que terminaba una tertulia nos
hacía rezar por las autoridades civiles y eclesiásticas.
Yo, recién ordenado, veía a mi país
quebrado y a mucha gente dolida por la situación en que se encontraban. Varios
perdieron sus tierras y sus propiedades y otros tuvieron que emigrar al
extranjero para buscar mejores oportunidades para vivir.
Nuestras primeras Misas solemnes en Lima
podrían ser una buena ocasión para levantar los ánimos de nuestros familiares y
amigos, haciéndoles ver que con Dios nada se pierde, y que más bien había que
tener esperanza en la construcción de una sociedad más humana y más cristiana.
Jesús Alfaro, que se había ordenado
conmigo en Barcelona, celebró su primera Misa solemne en Lima en la Iglesia
de Jesús, María y José, detrás del hotel Bolívar, en el Centro de Lima,
el 31 de marzo de 1975. Ambos las celebramos en latín y fueron cantadas. Antes
le preguntaban al que se acababa de ordenar: “¿Cuándo vas a cantar Misa?”
En la Iglesia del
Colegio SSCC Belén
Mi primera Misa solemne fue en la
iglesia del colegio SSCC Belén en San Isidro. Los familiares y amigos que
asistieron eran, en su mayoría, de la generación de mis papás, a la
fecha deben haber fallecido todos. Llenaron la Iglesia, que es bastante grande.
El retablo de la Iglesia me trae gratos
recuerdos de la infancia, cuando ayudaba en los oficios de semana santa, que
eran presididos por el Cardenal Landazuri, junto a otros acólitos. El P. Armel,
nos convocaba entre los años 58 y 63, para ayudar en el colegio de Belén.
Cuando demolieron la Iglesia de Lima, el
retablo fue trasladado a la actual Iglesia que tiene el colegio en San Isidro,
y que fue construída por el Arquitecto Fernando Belaunde Terry. Y allí es donde
celebré mi primera Misa solemne en Lima.
A esa Misa asistieron también dos
sacerdotes de mi colegio, SSCC Recoleta, muy elegantes con sus hábitos blancos.
Ambos se mantuvieron en la línea ortodoxa de la doctrina cristiana.
El P. Armel Becket, fue quien me preparó
para la primera comunión, me instruyó para ser acólito y Lobato en la tropa
Scout Lima 1, fue también el primero que me habló personalmente sobre el
sacerdocio diciéndome que iba a rezar por mi. Esa conversación la tuve en un pasillo del
segundo piso de mi colegio, cuando tenía 9 años de edad, la recuerdo como si
fuera hoy. Al P. Armel le alegró mucho mi ordenación sacerdotal.
El otro sacerdote fue el P. Andrés
Aldasoro, nuestro jefe de división, (encargado
de nosotros), cuando cursaba 5to de media. Con él tuve, ya siendo sacerdote, muchas
conversaciones. Me decía que nosotros éramos “el resto de Israel” porque conservábamos la doctrina que
Jesucristo nos enseñó, sin cambiarla.
Predicó la homilía el P. Antonio Ducay,
que ahora tiene 95 años. Con su estilo didáctico y directo empezó su homilía,
mirándome a mi, que estaba sentado en la sede, y con una pregunta me interrogó:
“Manuel, ¿porqué te has ordenado
sacerdote?”. Como todavía no tenía
experiencia en los protocolos litúrgicos, me pareció que en ese momento tenía
que responder esa pregunta y cuando estuve a punto de pararme para contestarle,
continuó con la homilía. Pude respirar tranquilo.
Sentado en la sede, mientras el P. Ducay predicaba la homilía, observaba a mis padres y
los veía un podo inquietos o tal vez preocupados porque de vez en cuando
hablaban entre ellos. Al final de la Misa me enteré que mi hermano Guillermo
había ingresado al hospital por un tema de neumotórax espontáneo. Menos mal que
no fue grave y al día siguiente ya se le había expandido el pulmón y le dieron
de alta. Este problema alteró la recepción de mi primera Misa porque aún no
sabíamos lo que pasaba.
Sacerdote de Tradiciones
El director de Tradiciones era Jorge
Gandolfo, unos días después de mi primera Misa llegó al Perú el P. Jaime
Payeras y fue a vivir a mi casa. En el Centro recordábamos constantemente la visita
que nos hizo San Josemaría el año anterior. Los recuerdos eran recientes con
miles de anécdotas, todas edificantes,
y una proyección de la labor apostólica que no tenía límites.
En mayo hicimos romerías a los
santuarios de la Virgen, José Ramón había preparado unos poemas y con la
guitarra de fondo le acompañábamos, además, añadíamos las canciones que San
Josemaría le cantaba a la Virgen de Guadalupe en 1970.
La última semana de junio estuve
atendiendo una convivencia de las mujeres del Opus Dei en Sierralta,
Chaclacayo. El día 26, cuando regresé a Tradiciones, Paul Cabrera me advierte, nervioso y balbuceando, que Jorge
Gandolfo me quería decir algo. Pensé de inmediato que algo podría haberle
ocurrido a algún familiar mío. Cuando entré a la salita, Jorge se echó a
llorar, en ese momento pensé que algún familiar de Jorge se habría puesto mal o
habría muerto, hasta que me dijo, entre sollozos, que San Josemaría había
fallecido.
El tránsito al Cielo de
San Josemaría
Me quedé petrificado con la noticia
inesperada. Son esas ocasiones en que no reaccionas y pasan por tu cabeza mil
cosas a unas velocidades astronómicas que no te permiten razonar. No sabía que
decir. Me quedé un buen rato sentado sin atinar a nada.
Cuando se calmó Jorge, conversamos de lo
que había que hacer de inmediato, yo era el sacerdote del Centro, primero
tendríamos que organizar una Misa para que asistan todos los de la casa y
algunas personas amigas; pero antes, había que dar la noticia a los que todavía
no se habían enterado.
A la 1.30 pm entramos al almuerzo, silenciosos
todos, parecía que estábamos en un curso de retiro, nadie decía ni
comentaba nada. El P. Payeras consolaba a quienes continuaban compungidos. Fue
un momento difícil de incertidumbre y desasosiego. Tuvimos la Misa por la
tarde.
Nos informaron de la casa de la comisión
regional, que el P. Vicente Pazos, que
era el consiliario, había salido para Roma con el ing. Eugenio Jiménez.
En Lima se organizó una Misa de difuntos en la parroquia de la Virgen del Pilar concelebrada por los tres obispos: Mons. Ignacio Orbegoso, obispo de Chiclayo, Mons. Luis Sánchez Moreno, Obispo Prelado de Yauyos y Mons. Enrique Pélach, obispo de Abancay. (P. Manuel Tamayo).
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