jueves, 19 de octubre de 2017

EL ODIO AL ODIO, POR EL AMOR A LAS PERSONAS

“…borra con tu vida de apóstol la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio…(San Josemaría, “Camino” n. 1).

“La violencia y el odio son un fracaso” (Papa Benedicto XVI).

“La esperanza nos lleva a creer con firmeza que la muerte y el odio no tienen la última palabra sobre la vida humana.” (Papa Francisco).

“El amor sonríe, el odio gruñe; el amor atrae, el odio rechaza; el amor confía, el odio sospecha; el amor enternece, el odio enardece; el amor canta, el odio espanta; el amor tranquiliza, el odio altera; el amor guarda silencio, el odio vocifera; el amor edifica, el odio destruye; el amor siembra, el odio arranca; el amor espera, el odio desespera; el amor consuela, el odio exaspera; el amor suaviza, el odio irrita; el amor aclara, el odio confunde; el amor perdona, el odio intriga; el amor vivifica, el odio mata; el amor es dulce; el odio es amargo; el amor es pacífico; el odio es explosivo; el amor es veraz, el odio es mentiroso; el amor es luminoso, el odio es tenebroso; el amor es humilde, el odio es altanero; el amor es sumiso, el odio es jactancioso; el amor es manso, el odio es belicoso; el amor es espiritual, el odio es carnal. El amor es sublime, el odio es triste.  (Mauricio Fornos).


COMENTARIO

El odio es una desviación y la indiferencia una ausencia. Cada persona es responsable del orden que debe tener en su propio corazón. El corazón debe amar cada día más. La ausencia y la desviación del amor destruyen la felicidad de la persona y entorpece sus relaciones humanas.

El amor ordenado es una “esclavitud” que alegra la vida y da libertad. El amor desordenado, o la ausencia de amor,  es una esclavitud que entristece la vida y empobrece a la persona.

El que es odiado es maltratado por la conducta impropia del que lo odia y su reacción será de acuerdo al grado de amor que posea. Si tiene mucho amor sabrá querer al que lo odia, sin aceptar el odio que recibe, no porque lo está hiriendo, sino por la malicia del que está odiando. Le duele ver la conducta desarreglada del que ofende con el odio. Si su amor es pequeño, el odio que recibe lo puede vapulear y hacerlo trastabillar, además podría quedarle un resentimiento con algunas dosis de odio y deseos de venganza.

Odiar el odio no es propiamente odio, porque no está dirigido a la persona sino a ese sentimiento desviado que enciende el apetito irascible, para rechazar y maldecir a una persona.

El que sabe amar desea que nadie tenga ese sentimiento de indignación que condena, sin que quepa la posibilidad de perdonar. La negación del perdón es una gran esclavitud que denigra totalmente al que está indignado cuando responde con odio. El que odia y no perdona, aunque haya tenido méritos y reconocimientos por sus buenas y exitosas obras, comete un grave error que le puede impedir la felicidad. Los logros de una persona no borran sus pecados.

Pedir perdón es un acto de personas valiosas que reconocen sus errores y quieren rectificar. Perdonar es un acto de personas doblemente valiosas, que saben reconocer en los demás la capacidad para un arrepentimiento junto a la potencialidad de cambiar. El perdón es también una oportunidad para que el que cometió la falta se convierta, cambie y mejore.

La condena en cambio es una negación al perdón y a las oportunidades de rectificar que podría tener el perdonado.

Si el infractor no quiere arrepentirse, se condena solo con el peso de su culpa y las consecuencias de su terquedad al mantenerse en el error. Al que sabe amar le duele mucho la falta de arrepentimiento del que no quiere pedir perdón y cambiar; pero no por eso abandonará su disposición de perdonar. Indignarse y desear el mal para el infractor no arregla las cosas, es peor para todos.

El hombre que condena, justificando su juicio con las pruebas de la mala conducta del que ha delinquido, y no quiere salir de allí,  porque piensa que el que se equivocó no debe tener perdón, está dejando que el odio se apodere de él y terminará entorpeciendo sus relaciones humanas; es fácil que viva metido en turbulencias existenciales y no encuentre la enorme alegría que se tiene al perdonar a los demás.

Es penoso cuando alguien, por soberbia, muestra una exacerbada terquedad para no perdonar, junto a la ceguera de no reconocer su propio odio. La ceguera del amor propio es tan grande que a su juicio podría calificar de loable la voluntad de no querer perdonar, mientras todos los demás saben perfectamente que está odiando y que vive con esa indignación atravesada que lo minimiza como persona.

En un mundo de hipocresía y de intereses políticos el que odia podría encontrar complicidad y apoyo para cometer las grandes injusticias tejidas con la falta de perdón. Hoy, al perderse el sentido cristiano de la vida, se han multiplicado estos desórdenes, dejando a muchas personas y a sus familias heridas y maltratadas. Amparándose en la “ley” no les importa atropellar a los infractores con la bofetada “moral” de un castigo sin perdón. (P. Manuel Tamayo)


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