martes, 13 de febrero de 2018

LA CRUELDAD DE LA POTESTAD VOLUNTARISTA

Potestad es la facultad para mandar o ejercer el poder sobre las personas o las cosas” (Diccionario).

Crueldad es la acción inhumana que genera dolor y sufrimiento en otro ser” (Diccionario).

Voluntarismo es la conducta y actitud de la persona que atribuye a la voluntad la capacidad de conseguir o de cambiar las cosas” (Diccionario)

“Se llama iluminista a la persona que se cree iluminada por un poder intelectual o espiritual para intervenir en la vida de otros o arreglar situaciones en los lugares donde ha llegado” (Diccionario)


COMENTARIO

Una autoridad sin amor es un estorbo y podría convertirse en un punto constante de amenaza para sus subalternos. Sería la caricatura del típico jefe malo y cruel que abusa de su poder y goza haciendo sufrir a los que no son de su confianza o al que no quiere someterse a sus disposiciones. También hace sufrir el que tiene potestad y no hace nada.

El autoritario no siempre tiene pinta de violento o agresivo, al contrario, muchos de ellos llevan una máscara de amabilidad y se desplazan como si regaran por todas partes perfumes de libertad y entusiasmos de conquista.

El autoritarismo tiene su origen en el pecado de soberbia, que también se puede dar, como es lógico, en los que ejercen algún tipo de potestad sobre otras personas, (en la familia, en alguna institución educativa o en el mundo laboral).

Si en la familia no hay un amor ordenado por parte de los padres, o de quienes hagan cabeza, es muy fácil caer en un autoritarismo, desagradable e injusto, que puede hacerse costumbre y fijarse durante muchos años.

Además, las personas que viven en ambientes donde se ejerce habitualmente el autoritarismo, pueden acostumbrarse a vivir con una conducta de sumisión aceptada, algo semejante a los que padecen el síndrome de Estocolmo, cuando el secuestrado se hace “amigo” de su captor y acepta su situación de falta de libertad como algo normal.


La soberbia es el peor de los males

El pecado de soberbia es un mal que hace mala a la persona, si no se combate a tiempo, aumenta cada día más “animalizando” al ser humano. El autoritario se convierte en un tirano abusivo que cree que tiene derecho a decidir, sin más, sobre la vida de las personas y lo hace de un modo cruel cubriendo su actuación con un cinismo asombroso.

Algunos autoritarios se sienten iluministas, creen que su misión es conseguir que les hagan caso en sus plateamientos y experiencias, e incluso que piensen como ellos para que les vaya bien. Crean un código de conducta que habría que seguir como si fuera una ley divina.

Es penoso ver a alguien que debería ejercer la paternidad: amor, cariño y cuidado por los suyos, convertirse en un cruel tirano que maneja a “su” gente como quiere, como si fueran de su propiedad. Las manipulaciones sobre el hombre para someterlo y tenerlo controlado son abominables y van directamente contra la dignidad de cada persona.


El prestigio de la auténtica autoridad

Es muy distinta la persona que tiene potestad y ejerce la autoridad con un auténtico y creciente amor al prójimo, Es entonces cuando facilita la libertad, (no el libertinaje). Esa persona, con el prestigio de la autoridad, consigue que sus subalternos (hijos, alumnos, fieles, empleados, etc.) sean libres, con el bien y la verdad. Una autoridad así es grandiosa y merece el reconocimiento de todos.

El amor limpio y ordenado del que manda crea una suerte de persuasión en el que escucha, que es una aceptación respetuosa de los argumentos que recibe y un afecto grande por la persona.


El que es amado con la verdad no necesita demasiadas explicaciones para convencerse y querer como propio, algo ajeno que está recibiendo de una autoridad buena. (P. Manuel Tamayo)

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