SUMISIÓN O QUERER
*Lo hago porque tengo que hacerlo o porque quiero hacerlo? II
“El síndrome de Estocolmo es
una reacción psicológica en la que la
víctima de un secuestro o retención en
contra de su voluntad, desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su captor. Las
víctimas que experimentan el síndrome muestran regularmente dos tipos de
reacción ante la situación: por una parte, tienen sentimientos positivos hacia
sus secuestradores; mientras que, por otra parte, muestran miedo e ira contra
las autoridades policiales o quienes se encuentren en contra de sus captores. A
la vez, los propios secuestradores muestran sentimientos positivos hacia los
rehenes” (Wikipedia).
“No es camino acertado, para la educación, la
imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien
en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las
inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una
ayuda eficaz y amable”. (San Josemaría Escrivá de Balaguer).
COMENTARIO
Todos los seres
humanos tenemos en nuestra naturaleza una tendencia al mando, queremos estar
siempre arriba, por encima de los demás,
y ser líderes para tener súbditos o subordinados que hagan lo que nosotros
decidimos.
Algunas personas
desarrollan más esta tendencia y otros no. Hay modos de ser, temperamentos, que facilitan el
desarrollo de esta tendencia al mando. Los que no han desarrollado esa tendencia,
en el fondo quisieran mandar y estar por encima de los otros, pero muchas veces
se rinden por el peso y la voz de mando de otras personalidades y se someten a
los requerimientos del que les manda.
También existen
otras personas que aceptan estar sometidos a personas o a sistemas y no quieren
hacer problemas, viven así tranquilamente y pueden ocupar lugares importantes
en las distintas estructuras sociales.
Está claro que en
una familia o en una sociedad no todos pueden mandar. Si todos se empeñan en
mandar se acabaría en la “ley de la
selva”, ganaría y tendría autoridad el que es más fuerte. Eso ha sucedido,
y sigue sucediendo, en muchos lugares del mundo. La historia es elocuente.
En una sociedad bien
organizada se escoge a las personas que tienen mejores condiciones para las
funciones de mando. Se considera que una
sociedad está bien organizada cuando está compuesta por personas que tienen un
adecuado nivel moral y cultural. Cuando esto no ocurre es muy difícil acertar
en la elección de las personas y se hace tediosa la obediencia.
Los requerimientos
de una buena autoridad
Las personas que
mandan y obedecen necesitan tener una conciencia bien formada para actuar con
la debida prudencia, que es el arte de
hacer bien las cosas, a la que se añade el afecto y la estima por las
personas, que es esencial en la vida de todas las personas. La comprensión que
se requiere por parte de la autoridad no es una actitud indulgente.
La autoridad que
respeta el orden social, y tiene aprecio
por las personas, sabe emplear la vindicación
cuando sea necesaria y lo hará siempre con el deseo de recuperar al que tuvo
una conducta desacertada.
La importancia del amor de papá y mamá
La formación de una
persona depende fundamentalmente del hogar y de las instituciones que están al
servicio de las familias para la educación de los hijos. Las conciencias se forman de acuerdo a la ley
moral, hacer el bien y evitar el mal,
que implica un orden de la cabeza y de la afectividad. En otras palabras, para
ser autoridad y para que sea reconocida, se requiere un orden en la interioridad
de la persona. Mandar y a obedecer se aprende con la paternidad y maternidad
que ejercen los padres sobre los hijos.
Ejercer la
paternidad sin un corazón ordenado es caer fácilmente en el autoritarismo y en
la tiranía. Un padre tirano tiene sometidos a los de su casa con el miedo o una
exigencia descarnada; si no se corrige terminará alterando sus relaciones
familiares y destrozando su hogar. Los
hijos sometidos podrían vivir acostumbrados a ese régimen dictatorial, sin
poder desarrollar aspectos importantes de su personalidad. No aprenderán ni a
mandar ni a obedecer.
El hijo que no
tiene un espacio de libertad y de libre elección, aunque viva fiel a todo lo
que se le indica, terminará “pateando el
tablero” cuando sea mayor o declarando persona
no grata a su propio padre. Lamentablemente en esta época son muchos los
hijos que no tienen nostalgia de los años que vivieron al lado de su padre y
prefieren pasar la página y olvidar las situaciones que tuvieron que pasar.
Las consecuencias
de la falta de libertad
Al margen de la familia,
cualquier persona que se haya sentido presionada para vivir de acuerdo a un
sistema o a unas costumbres que no aceptó, con
total libertad, en un primer momento, terminará abandonando ese estilo de
vida, y en muchos casos, guardará un resentimiento contra de las personas que
lo obligaron a vivir cumpliendo determinadas disposiciones.
A los que mandan
les puede parecer que sus procedimientos se mueven en un ambiente de total
libertad, sin embargo los súbditos o subordinados podrían sentirse presionados
y quizá no lo adviertan por miedo o respeto a los que mandan. Los que continúan
sumisos pueden pensar que deben quedarse en esa situación sin hacer problema,
aunque lleven a cuestas una cierta amargura o desazón, creen que contristar es
una falta de lealtad y guardan cierta esperanza en la llegada de tiempos
distintos donde puedan sentirse más libres.
Urge formar desde
la infancia la conciencia moral para que los niños hagan las cosas a conciencia
y queriendo de verdad, para que asuman las dificultades de la vida con una
buena dosis de madurez y una personalidad estable.
Las carencias
evidentes de formación humana crean situaciones de sumisión que pueden durar
años y grandes rupturas en las relaciones humanas. Surgen tiranos y dictadores
que se aprovechan de estas limitaciones para crear su propio sistema de mando
para beneficio propio.
La auténtica
autoridad es la que gobierna a personas libres que han aprendido a querer y por
lo tanto son fieles a los compromisos que han adquirido libremente.(P. Manuel Tamayo)
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