miércoles, 7 de febrero de 2018

SUMISIÓN O QUERER

*Lo hago porque tengo que hacerlo o porque quiero hacerlo? II

“El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad, desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su captor. Las víctimas que experimentan el síndrome muestran regularmente dos tipos de reacción ante la situación: por una parte, tienen sentimientos positivos hacia sus secuestradores; mientras que, por otra parte, muestran miedo e ira contra las autoridades policiales o quienes se encuentren en contra de sus captores. A la vez, los propios secuestradores muestran sentimientos positivos hacia los rehenes” (Wikipedia).

“No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable”.  (San Josemaría Escrivá de Balaguer).


COMENTARIO

Todos los seres humanos tenemos en nuestra naturaleza una tendencia al mando, queremos estar siempre arriba, por encima de los demás, y ser líderes para tener súbditos o subordinados que hagan lo que nosotros decidimos.

Algunas personas desarrollan más esta tendencia y otros no. Hay modos de ser, temperamentos, que facilitan el desarrollo de esta tendencia al mando. Los que no han desarrollado esa tendencia, en el fondo quisieran mandar y estar por encima de los otros, pero muchas veces se rinden por el peso y la voz de mando de otras personalidades y se someten a los requerimientos del que les manda.

También existen otras personas que aceptan estar sometidos a personas o a sistemas y no quieren hacer problemas, viven así tranquilamente y pueden ocupar lugares importantes en las distintas estructuras sociales.

Está claro que en una familia o en una sociedad no todos pueden mandar. Si todos se empeñan en mandar se acabaría en la “ley de la selva”, ganaría y tendría autoridad el que es más fuerte. Eso ha sucedido, y sigue sucediendo, en muchos lugares del mundo. La historia es elocuente.

En una sociedad bien organizada se escoge a las personas que tienen mejores condiciones para las funciones de mando.  Se considera que una sociedad está bien organizada cuando está compuesta por personas que tienen un adecuado nivel moral y cultural. Cuando esto no ocurre es muy difícil acertar en la elección de las personas y se hace tediosa la obediencia.


Los requerimientos de una buena autoridad
Las personas que mandan y obedecen necesitan tener una conciencia bien formada para actuar con la debida prudencia, que es el arte de hacer bien las cosas, a la que se añade el afecto y la estima por las personas, que es esencial en la vida de todas las personas. La comprensión que se requiere por parte de la autoridad no es una actitud indulgente.

La autoridad que respeta el orden social, y tiene aprecio por las personas, sabe emplear la vindicación cuando sea necesaria y lo hará siempre con el deseo de recuperar al que tuvo una conducta desacertada.


La importancia del amor de papá y mamá
La formación de una persona depende fundamentalmente del hogar y de las instituciones que están al servicio de las familias para la educación de los hijos.  Las conciencias se forman de acuerdo a la ley moral, hacer el bien y evitar el mal, que implica un orden de la cabeza y de la afectividad. En otras palabras, para ser autoridad y para que sea reconocida, se requiere un orden en la interioridad de la persona. Mandar y a obedecer se aprende con la paternidad y maternidad que ejercen los padres sobre los hijos.

Ejercer la paternidad sin un corazón ordenado es caer fácilmente en el autoritarismo y en la tiranía. Un padre tirano tiene sometidos a los de su casa con el miedo o una exigencia descarnada; si no se corrige terminará alterando sus relaciones familiares y destrozando su hogar.  Los hijos sometidos podrían vivir acostumbrados a ese régimen dictatorial, sin poder desarrollar aspectos importantes de su personalidad. No aprenderán ni a mandar ni a obedecer.

El hijo que no tiene un espacio de libertad y de libre elección, aunque viva fiel a todo lo que se le indica, terminará “pateando el tablero” cuando sea mayor o declarando persona no grata a su propio padre. Lamentablemente en esta época son muchos los hijos que no tienen nostalgia de los años que vivieron al lado de su padre y prefieren pasar la página y olvidar las situaciones que tuvieron que pasar.


Las consecuencias de la falta de libertad
Al margen de la familia, cualquier persona que se haya sentido presionada para vivir de acuerdo a un sistema o a unas costumbres que no aceptó, con total libertad, en un primer momento, terminará abandonando ese estilo de vida, y en muchos casos, guardará un resentimiento contra de las personas que lo obligaron a vivir cumpliendo determinadas disposiciones. 

A los que mandan les puede parecer que sus procedimientos se mueven en un ambiente de total libertad, sin embargo los súbditos o subordinados podrían sentirse presionados y quizá no lo adviertan por miedo o respeto a los que mandan. Los que continúan sumisos pueden pensar que deben quedarse en esa situación sin hacer problema, aunque lleven a cuestas una cierta amargura o desazón, creen que contristar es una falta de lealtad y guardan cierta esperanza en la llegada de tiempos distintos donde puedan sentirse más libres.  

Urge formar desde la infancia la conciencia moral para que los niños hagan las cosas a conciencia y queriendo de verdad, para que asuman las dificultades de la vida con una buena dosis de madurez y una personalidad estable.

Las carencias evidentes de formación humana crean situaciones de sumisión que pueden durar años y grandes rupturas en las relaciones humanas. Surgen tiranos y dictadores que se aprovechan de estas limitaciones para crear su propio sistema de mando para beneficio propio.
La auténtica autoridad es la que gobierna a personas libres que han aprendido a querer y por lo tanto son fieles a los compromisos que han adquirido libremente.(P. Manuel Tamayo)


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