lunes, 14 de enero de 2019

LA EDUCACIÓN RELIGIOSA EN LA CASA

“Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar” (San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 91). 

“Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad” (San Josemaría Escrivá, Conversaciones).

La misión de la educación exige que los padres cristianos propongan a los hijos todos los contenidos que son necesarios para la maduración gradual de su personalidad desde un punto de vista cristiano y eclesial. La misión educativa comporta que la familia transmita e irradie el Evangelio, hasta el punto de que la misma vida de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En la familia todos los miembros evangelizan y son evangelizados” (Pontificio Consejo para la familia).

“Son los padres quienes llevan al niño a bautizar y se comprometen a darle una educación en la fe. Son ellos los responsables primarios de la catequesis de sus hijos, los que enseñan a rezar e introducen a sus hijos en las verdades de la fe. No lo hacen por delegación de la parroquia o el colegio; es al revés: pueden –y con frecuencia conviene hacerlo- hacerse ayudar en esa tarea, cuya responsabilidad es suya en primer lugar. La tarea de los padres es una verdadera misión eclesial: una labor que les encomienda la Iglesia” (Julio de la Vega Hazas, Aleteia).



COMENTARIO

Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos. Cuando se trata de la religión los padres deben saber que no es una disciplina más, ni tampoco una costumbre o tradición que les toca seguir dentro de la familia o del lugar donde nacieron. La fe es una virtud y cuando se tiene informa toda la vida.

Cuando los papás tienen la virtud de la fe se darán cuenta de la importancia de los sacramentos para poder luchar contra el mal que está presente con el pecado. Es entonces cuando organizan todo para bautizar, lo más pronto posible, a los hijos.

El bautismo es tan importante, o más importante, que las vacunas que les ponen a los niños para que no cojan una enfermedad que podría traerles serias complicaciones.

El niño bautizado crecerá protegido por la gracia sacramental ese sacramento, luego, cuando alcanza los 7 años los papás lo prepararán para su primera confesión.

Los niños se llenan de alegría cuando sus padres le ayudan a prepararse para su primera confesión, que es realmente formar su conciencia para aprender a querer el bien y rechazar el mal. Luego los padres coordinan con el sacerdote para llevar al niño a su primera confesión. El colegio donde estudia el niño puede facilitar esta coordinación.

La primera confesión está muy cerca de la primera comunión. Los padres con fe desean que su hijo reciba bien a Jesús. El niño ha visto comulgar a sus padres con fe y devoción. Ha visto también cómo viven sus padres la Santa Misa y cómo la valoran. Esa es la mejor preparación para el niño.

Cuando se acerca la primera comunión, que podría organizarla también el colegio, los papás vivirán con el niño ese gran momento importantísimo para su vida y luego lo acompañarán a vivir bien su vida cristiana con la ayuda de los sacramentos.

El niño y su familia irán con cierta periodicidad a confesarse, puede ser en la parroquia o también en el colegio, además todos los domingos y fiestas de guardar asistirán a la Santa Misa.

La educación religiosa debe darse fundamentalmente en el hogar, el colegio es un complemento. La capellanía de un colegio debe conocer bien cómo se está llevando en la casa la educación religiosa de los niños.

Si en la casa no existe una educación religiosa por parte de los padres o algún otro familiar, el niño tendrá muchas dificultades para vivir bien la práctica de la religión que pueda aprender en un colegio. 


El hogar es la Iglesia doméstica
La motivación principal para la educación religiosa del niño la recibe de sus padres y del ambiente cristiano que hay en la casa. Son los padres quienes deben ver si sus hijos aman realmente a Dios. Ellos son los que consiguen poner a Dios en el corazón de sus hijos. Si el buen ejemplo de los padres es constante el niño hará suya la devoción que ve en sus papás o en algún otro miembro cercano de la familia, como pueden ser los abuelos.

Si los padres son piadosos sabrán educar con libertad y para la libertad a sus hijos.  Esos padres verán con el tiempo que sus hijos irán a confesarse y a Misa porque ellos quieren y no porque los manden. Los papás no tendrán que estar detrás y mucho menos los profesores. Esta realidad, que puede parecer increíble, funciona muy bien en muchos hogares. Los papás, piadosos y listos, ven con mucha alegría que sus hijos caminan solos para las actividades de su vida espiritual, sin que ellos tengan que decirles nada.

En cambio es penoso ver a papás o profesores inquietos que están detrás de sus hijos obligándoles a que cumplan con sus deberes espirituales y los chicos con mala cara se sienten presionados y no quieren ir,  o se acostumbran a cumplir solo cuando se les recuerda, como algo que hacen para contentar y no hacer problema. Es como la mamá que le tiene que decir a su hijo constantemente “¡saluda!” para que lo haga y cuando lo hace la mamá piensa que el chico se portó bien y eso basta.  ¡Craso error!


Conseguir que las personas quieran
Es muy importante, y corresponde fundamentalmente a la familia, formar a los chicos para que ellos quieran. Todas las actividades espirituales deben ser libres.

La asistencia a Misa está motivada principalmente por el amor a Dios. Se le quiere tanto al Señor que se acude a la Misa para escucharlo y recibirlo. Es la fe en la cercanía de Dios que es el mejor tesoro que se puede recibir para vivir una auténtica vida cristiana. Lógicamente la Santa Misa fortalece y motiva a las personas para querer más al prójimo, empezando por la familia y desde allí a las demás personas, dando prioridad a los más necesitados.

Es penoso cuando alguien asiste a una actividad religiosa presionado y no es totalmente libre. En esto hay que tener mucho cuidado porque en vez de ayudar se puede perjudicar y alejar a la gente de Dios.

De la casa todos los miembros de la familia deben sacar el afán de ir a Misa y de querer rezar. El ambiente de la casa debe ser natural, el de una familia que se quiere y que está unida. La casa no es un convento donde se reza todo el día, es un lugar de paz y de alegría donde todos se apoyan para salir adelante, de allí, con la ciencia del Amor, saldrán personas libres que saben querer de verdad a Dios y a los demás.  (P. Manuel Tamayo)

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