EL CIELO ESTÁ MÁS CERCA
“El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la
muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia
dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el
cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le
da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con
una dulce seguridad: «Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el
nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo,
Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre
ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en
Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y
todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te
pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y
al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y
santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción
de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos,
146-147). (Catecismo de
la Doctrina católica).
COMENTARIO
Gracias a Dios, muchas historias de santidad se escribirán en unos
años con lo que estamos viviendo ahora, en estos escasos días, en los que se ha
iniciado, de forma galopante, un tiempo de coronaveris.
La pandemia crece y el Cielo se llena de nuevos inquilinos, allí no
hay enfermedades ni limitaciones, todo es alegría y felicidad. Es el destino
marcado por la Providencia para los que han sabido corresponder al amor de
Dios. Muchas historias han cambiado en unos días, son impresionantes los
relatos que llegan de conversiones y de manifestaciones heroicas de
generosidad, gente que da la vida por la gente. De Jesús se dice en la
Escritura: “Nadie tiene más amor que el
que da la vida por sus amigos”
Dolores y alegrías
Estos días que van pasando tiene un sabor agridulce, está presente el dolor por la enfermedad, la muerte y la
separación de los seres queridos y la alegría que da la fe cuando sabemos que
están ahora más felices en el Cielo y cuando comprobamos infinitas
manifestaciones de solidaridad, cariño auténtico y hasta heroicidad de tanta
gente buena que hay en el mundo. Todo esto nos acerca al Cielo.
Tiempo de preparación
Comprobar la realidad de nuestra debilidad nos hace más humildes
para prepararnos para el gran encuentro, porque todos vamos a morir. A Dios no
le podemos pedir que suprima la muerte porque eso ya está establecido por Él:
después de la muerte viene la Vida.
Nadie quiere a la muerte, todos huyen de ella, todos queremos vivir,
que siempre haya vida. Para ir a la Vida el camino es el dolor que termina en
la muerte. Es entender la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Todo ese atroz
sufrimiento, por nuestros pecados, es el precio para la Vida que Él mismo nos
consigue con sus méritos.
Hoy, frente a tantas escenas de dolor en el mundo entero, nos
encontramos en ese trance, todos estamos en el mismo camino, unos se mueren
antes otros después y ojalá que todos podamos llegar a la Vida junto a Dios en
el Cielo.
Pero no podemos olvidar que se muere como se vive. Dios nos enseña a
vivir para que aprendamos a morir con la esperanza de la Vida. Gracias a Dios, ahora el Cielo está bastante
más cerca para todos. (P. Manuel Tamayo).
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