LA MADRE DE TODAS LAS
MADRES
Protección, Caridad y
Serenidad en los tiempos de emergencia
“¡Madre!
—Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu
Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la
ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha” (San
Josemaría, Camino n. 516).
“Admira la reciedumbre de Santa
María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su
dolor—, llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas
también estar junto a la Cruz” (San Josemaría, Camino, n. 508).
COMENTARIO
En
los tiempos difíciles la mejor compañía es la de la Virgen María. Ella es como
la luna que refleja la luz del sol cuando nos encontramos en la oscuridad más
absoluta. El sol es Dios que parece ausente pero está muy presente y cercano a
todos. La Virgen nos recuerda esa realidad y nosotros, muchas veces angustiados
y con miedo le decimos con fe: “muéstranos
a Jesús fruto bendito de tu vientre”
Jesucristo
la nombró Madre nuestra cuando estaba sufriendo lo indecible en la Cruz por
nuestros pecados. En la misma Cruz, antes de morir, le dijo a San Juan, que
representaba a toda la humanidad: “allí tienes a tu madre” De ese modo, el Señor muestra su
misericordia y nos premia con esa grandiosa maternidad, a pesar de nuestras
iniquidades que fueron la causa de su dolor y muerte.
Cuentan
que cuando San Juan Pablo II tenía 8 años de edad, murió su mamá; al instante su papá lo llevó a una imagen de
la Virgen y le dijo: “desde hoy, Ella
será tu madre” a partir de ese momento nació en el pequeño Karol un gran
cariño a la Virgen, después, cuando pasaron los años fue el Papa Mariano que
todos conocimos con su famoso lema: “Tutus
tuus”
Nadie nos ha regalado más que la Virgen
Los
mejores regalos que hemos recibido han sido de la Virgen María. No somos
totalmente conscientes de esa realidad,
podríamos descubrirla si hacemos méritos y el Señor nos hace crecer en
la fe.
Con
una fe más grande y con la ayuda de
algún medio extraordinario, que la Virgen
suele conseguir para sus hijos, podríamos entender mejor qué es lo que Dios
quiere de nosotros en estos tiempos.
En
estos días de confinamiento Ella nos protege y quiere hacernos ver el querer de
Dios. Depende de nuestra disponibilidad y de nuestra docilidad a los consejos
que nos alcanza.
Nada
nos debe atormentar, si estamos a su lado el calor de su regazo nos da
seguridad. El escapulario es una muestra de su admirable protección que nos
hace fuertes para que podamos ayudar a los demás, con nuestra sonrisa y nuestro cariño, llenando todos los ambientes
con la paz de Cristo que la Virgen pone en nuestros corazones.
Aunque
estuviéramos en un calabozo encerrados, sin
haber cometido ningún delito, la protección de la Madre del Cielo es tan
poderosa que, que al llenarnos de paz con
su infinita misericordia, inmediatamente perdonamos y queremos a todos y
especialmente a quienes nos han privado de la libertad a la que teníamos
derecho. Ella nos ayuda a poner la otra mejilla cuando nos han golpeado
injustamente en la primera.
Hoy
no es tiempo de echar leña para las confrontaciones, es el momento del acompañamiento
y la serenidad, es la hora de una mayor comprensión y de una constante oración,
como la Virgen nos enseña con su conducta en los momentos más difíciles. Ella no
se desespera, no grita, no hace escándalo, solo reza y acompaña.
Así
es la auténtica fortaleza cristiana que se nos pide ahora, en estos momentos de
emergencia. El que pueda entender que entienda.
La
Virgen que es madre de todos siempre está pendiente de sus hijos, y a las mamás les podemos decir, en su día,
que la Virgen María es Madre de todas las madres. (P. Manuel Tamayo).
¡Felicidades
a todas las madres, en su día, las que están en la tierra y las que están en el
Cielo!
Nuestras
oraciones de gratitud para que el Señor tenga en cuenta sus méritos y su amor
incondicional para sus hijos.
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