miércoles, 27 de mayo de 2020


 ¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!

De las aglomeraciones en mercados y transportes públicos

“El 24 de mayo de 1964 se enfrentaban Perú y Argentina en la final clasificatoria para las Olimpiadas de Tokio. Aquel día se jugó en un Estadio Nacional repleto, con una asistencia oficial de 47 197 espectadores. El seleccionado de Argentina ganaba uno a cero; cuando faltaban seis minutos para el final del partido, Perú marcó el empate a uno. Sin embargo el árbitro uruguayo, Ángel Eduardo Pazos, anuló el gol del empate. La decisión provocó un estallido de rabia, y varios aficionados saltaron al campo para agredir al árbitro. Los policías soltaron a los perros, que se abalanzaron sobre los seguidores locales. Esta imagen provocó un ataque de ira colectiva y las aficiones de ambas nacionalidades empezaron una pelea a palos y navajazos. La policía peruana, desbordada por la batalla campal que se había formado en las tribunas, intentó sin éxito detener los disturbios y empeoró la situación arrojando gases lacrimógenos, lo que provocó la estampida de cientos de aficionados tratando de huir. Las puertas de la tribuna norte del estadio estaban cerradas, imposibilitando la salida de la gente. Se supo después que las puertas habían sido cerradas por la policía, en su intento de que los espectadores se calmaran y regresaran a sus asientos. Esta tragedia se saldó oficialmente con un total de 328 muertos, entre los que se contaron muchos niños y ancianos” (Información de Wikipedia).

“El terremoto y aluvión de Áncash de 1970, conocido localmente como el terremoto del 70, fue un sismo de magnitud 7.9. Movimiento sentido en toda la costa y sierra del departamento de Áncash y del norte peruano, seguido de un aluvión que sepultó la ciudad de Yungay el domingo 31 de mayo de 1970, a las 3:23 p.m. Fue el sismo más destructivo de la historia del Perú, no solo por la magnitud sino también por la cantidad de pérdidas humanas. En total, las muertes se calcularon en 70.000 y hubo aproximadamente 20.000 desaparecidos, aunque algunas fuentes elevan las víctimas a un número mucho mayor. En Yungay sólo se salvaron aproximadamente 300 personas separadas en tres grupos, 92 personas que corrieron hacia el cementerio de la ciudad (una antigua fortaleza preinca elevada), 25 personas en un cerro contiguo a la ciudad y un numeroso grupo de niños que asistieron a un circo itinerante llamado Verolina y que estaba ubicado en el estadio a 700 metros de la plaza mayor”. (Información de Wikipedia).


COMENTARIO

En la tragedia del estadio nacional, el año 1964, la policía para poner orden disparó gases lacrimógenos y la gente que estaba alterada salió en estampida por los túneles para alcanzar la libertad en las calles, pero resulta que las puertas estaban cerradas, se apretujaron entre todos y en unos minutos hubo 328 muertos y cientos de heridos. ¿por qué ocurrió esta tragedia? Por una suma de errores humanos cometidos y por la precariedad de los medios. La gente no tuvo más remedio que salir pero se murieron varios.

En terremoto que más muertos tuvo en el siglo XX fue el de 1970 en el departamento de Ancash, 70,000 fallecidos y 20,000 desaparecidos. En la sierra muchos pueblos están todavía en los causes de los huaycos o en zonas peligrosas. Si hubiera un terremoto de elevada magnitud en estos momentos, morirían miles o tal vez millones.

Cuando uno se pasea por las zonas periféricas de Lima y por algunas ciudades de provincia, no necesita ser profeta para predecir una tremenda catástrofe, con muertes de miles o millones de peruanos, si hubiera un fuerte terremoto.

Se vive como si los peligros no existieran o con la presunción de que “a mi no me va a pasar nada” y por parte de las autoridades no hay prevenciones, se vive al día atendiendo lo urgente y olvidándose de lo importante.


Estamos acostumbrados a la dejadez y al “criollismo”
Lo terrible es lo de siempre: ¡No se hace nada para prevenir! Lo estamos viviendo ahora con esta pandemia, lo vimos antes con el fenómeno costero y el del Niño.

Con respecto al coronavirus que estamos padeciendo parece que recién “descubrimos” que nuestro sistema de salud era totalmente deficiente, y lógicamente  a esto se tiene que añadir la gran informalidad extendida por todas partes, con una permisividad de las autoridades y de las grandes mayorías. Parece que no les importa mucho que la gente conviva con la ignorancia y la corrupción. Son taras que cargamos años.

En los meses previos a la pandemia parecía que nuestro país estaba despertando para darse cuenta que la corrupción se había generalizado en muchos sectores de nuestra sociedad. Ahora suena otra vez el despertador para descubrir el daño que continua haciendo a todos los peruanos la ignorancia y la informalidad, que está bien extendida por todo el país, con las limitaciones y carencias que conducen a la corrupción. Es un círculo vicioso.

Cuando observamos las inconductas sociales no se debería culpar a la población. Hay que mirar más bien los descuidos y los abandonos de autoridades, maestros y padres de familia. Se olvidaron de educar y formar a muchísima gente, que ahora están viviendo como pueden, sin recursos y con el peso de la ignorancia y de la informalidad.

Se debe reconocer la realidad tal como es, y que ese conocimiento lleve a comprender mejor a las personas para poner los medios que eliminen ese “cáncer” social que nos está perjudicando tanto. 


Despertar para conocer mejor nuestra realidad humana
Las personas que viven de un modo formal suelen tener trabajo y recursos para salir adelante en una cuarentena; en cambio los que viven en la informalidad no saben qué hacer para sobrevivir y lógicamente se ven forzados a salir como sea, para conseguir los medios que no tienen.

Habría que reconocer la existencia de “dos países” distintos: el de los formales y el de los informales (distintos modos de vivir, distintas costumbres, distintos modos de ver las cosas, distintos lenguajes, etc).


La multiplicación de los contagios y muertes
Si desde que empezó la cuarentena hemos visto aglomeraciones en los mercados, bancos y combis, ahora, al levantarse poco a poco los confinamientos, aunque sea de un modo gradual, estamos viendo aglomeraciones descontroladas en los paraderos y en las calles, con los que salen a trabajar y con los que no tienen trabajo y salen angustiados para conseguir “cachuelearse” con algo.

Los protocolos, bien complicados para las mayorías, son como los letreros que siempre hay y que nadie los lee. Si en el Perú habitualmente no se cumplen las leyes, los protocolos caerán en saco roto.

Lamentablemente el costo lo tendremos en una multiplicación inimaginable de contagiados y muertos. Ojalá no sea así, pero es lo que se deduce al ver la realidad y en estos días estamos comprobando como los números de contagiados y fallecidos van en aumento.

No somos Europa. Los países europeos, teniendo sistemas de salud de primer orden y una conducta social de cultura y responsabilidad, se han visto desbordados por esta pandemia. Tendría que haber un milagro para que en el Perú ocurra algo mejor de lo que nos estamos imaginando.


La tragedia de una mentalidad informal
En los primeros días de marzo entregamos a este portal dos artículos: “La culpa la tiene la informalidad” (4 de marzo) y “Castigos y multas en ambientes informales” (13 de marzo), todavía no se había iniciado la cuarentena en nuestro país pero se veía venir lo que ahora estamos viendo.

No se puede salir adelante si se mantiene una mentalidad informal donde se mezcla la ignorancia con la corrupción. Lamentablemente, tenemos que reconocer que en nuestro país abundan esos dos males en todos los sectores. 

Muchas personas notables lo han repetido hasta la saciedad: la solución no llega con la fuerza, los controles, las multas, los castigos, las detenciones, tampoco con el dinero. La solución está en la educación y es a largo plazo.

La inversión en la educación conseguiría que se salga de la informalidad y de la corrupción. La educación en valores, para que las personas crezcan en virtudes humanas y usen su inteligencia para estar unidos en los proyectos de desarrollo que incluyan a todas las personas.

Nos queda confiar ahora, y tener esperanza, en la responsabilidad de cada persona.

Por mucho esfuerzo que una persona ponga en cumplir con todos los protocolos de seguridad para evitar el contagio, dependerá también de las demás personas que circulan por la calle.  Si uno se descuida o se distrae, el contagio podría llegar del modo menos pensado.

Sálvese quien pueda,  para luego salvar a otros. Ojalá que las grandes mayorías  puedan ser orientadas hacia el camino correcto y no sean conducidas, como hasta ahora, al despeñadero.

Que Dios nos proteja a todos y nos tenga cercanos a Él. (P. Manuel Tamayo).

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