LA ILUSIÓN DE UNA NUEVA CASA
Los Centros del Opus Dei
Las guerras son terribles y
devastadoras. No deberían existir. No solo se pierden vidas, las casas también
quedan destrozadas. Después de la guerra civil española los primeros del Opus
Dei soñaban con la reconstrucción; muchos habían perdido sus casas y el centro
de la Obra había quedado bastante averiado.
La ilusión por tener una casa para vivir
y realizar las labores apostólicas era constante y todos colaboraban para
tenerla y armarla. La ilusión de la casa fue también el tema principal de la
expansión en las distintas ciudades y países.
En Roma San Josemaría nos contaba la
historia de Villa Tevere, (la casa central del Opus Dei en Roma), cuando ellos vivían en la portería de
la Villa porque los inquilinos se demoraban en salir de la residencia. Decía
San Josemaría que en ese pequeño lugar, donde
estaban alojados, solo había una cama, que era para el que estaba enfermo,
los demás dormían en el suelo y que él, tendría que ser un gran teólogo porque
tenía como almohada un libro de teología.
La ilusión de una casa
en Lima
Cuando llegó el padre Manuel Botas al
Perú, vivía en un cuarto que consiguió en el jirón Washington, luego adquirió un pequeño departamento
en La Colmena, muy cerca del colegio de la Inmaculada y un tiempo después se
puso la residencia, bastante más grande,
en la avenida España, frente al cine Roxi. En esa residencia se pudo recibir a
los primeros universitarios.
La ilusión de una casa nueva era
constante y estaba motivada por el crecimiento de la labor y por los barrios
más significativos para que los chicos pudieran llegar con facilidad.
En esos primeros años, se pasó de centro
de Lima a Miraflores, y en un período corto de tiempo se vivió en una casona de
la Av Pardo, al poco tiempo hubo que dejarla, porque la vida universitaria
todavía estaba concentrada en el centro de Lima, sin embargo se tomó una casa
pequeña en la Av. Aviación de Miraflores para que puedan vivir los mayores que
no se encargarían de la residencia.
Los primeros en llegar
Los primeros en venir al Perú y los
primeros peruanos disfrutaron de esos Centros que se montaban con mucho cariño
y la ilusión de llegar a más gente, para que conocieran la Obra y algunos
pudieran pedir la admisión.
Estaban junto al padre Manuel Botas, que fue el primero en llegar el año 1953,
los padres Antonio Torrella, Luis Tejerizo, Antonio Ducay y Vicente Pazos que
llegó para ser Consiliario de la región del Perú.
Estaban también los monseñores Ignacio
Orbegoso, Prelado de Yauyos, Luis Sánchez Moreno que era obispo auxiliar de
Chiclayo. El padre Javier Cheesman, que era peruano, vivía, en esos años, en los Estados Unidos.
Los primeros laicos que ocuparon esas
casas fueron los ingenieros Ramón Mugica, Rafael Estartús y Jorge Boladeras,
también habían llegado otros, más jóvenes, José Navarro Pascual y José Ramón de
Dolarea y Calvar, que eran hombres de letras.
Entre los peruanos estaban: Andrés
Álvarez Calderón Rey, Federico Prieto Celi, Juan Antonio Ugarte y Víctor
Morales Corrales. Unos años después pidió la admisión Juan Luis Cipriani
Thorne; su familia era ya muy conocida en los ambientes de la Obra y fueron
grandes colaboradores en los inicios del Opus Dei en el Perú. Todo esto ocurría
entre los años 53 y 63, que fue la década de los comienzos.
Para seguir creciendo
En 1963 aparecimos nosotros, unos chiquillos de tercero de media,
dispuestos a comernos el mundo. El padre Vicente Pazos que era el consiliario,
nos encargó a través de José Ramón Dolarea, que era subdirector en la
Residencia Los Andes, (que ya estaba Av. Pardo de
Miraflores), buscar
una nueva casa en Lima para gente joven.
Para nosotros era un encargo fabuloso.
Teníamos la ilusión de una nueva casa y que además sería exclusiva para gente
joven.
Sacamos nuestras bicicletas y a recorrer
los barrios de Lima. Nos habían indicado que esté a distancia de Los Andes pero
no muy lejos. El límite lo pusimos en la Av. Javier Prado.
En esos años no había tráfico en las
calles de San Isidro, incluso muchas de ellas lucían vacías. Nosotros
disfrutábamos de esas travesías con la ilusión de encontrar la casa adecuada.
Hasta que dimos con ella en la Av. Del Bosque, casi en pleno Olivar de San
Isidro.
Era una casa grande que estaba
abandonada y bastante destartalada. Los árboles del jardín habían crecido
demasiado, las ventanas estaban rotas, en uno de los baños encontramos un gato
muerto, no había luz eléctrica, pero todo eso nos parecía a nosotros genial.
Era como entrar a un lugar tétrico de las películas de terror.
Todos los días, después del colegio,
íbamos a trabajar en algún arreglo para hacerla habitable. Conseguimos primero
arreglar un cuarto que estaba al fondo y allí tuvimos nuestras primeras
reuniones durante una temporada.
Cada avance era una conquista, el
director era José Ramón Dolarea, un
hombre de mucha simpatía humana y muy dado a las celebraciones, que él
calificaba de históricas. Efectivamente estábamos haciendo historia.
A la casa le dimos el nombre de la calle
lateral: Tradiciones. Así fueron los comienzos de Tradiciones en la historia
del Opus Dei en el Perú (P. Manuel Tamayo).
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