domingo, 19 de noviembre de 2023

 LOS PRIMEROS DE TRADICIONES

El Opus Dei en Lima, 1964.

 

Al terminar el verano de 1964, entraba con mis compañeros a 4to. de media en el colegio SSCC Recoleta. Yo había pedido la admisión al Opus Dei el 14 de Noviembre de 1963. Antes de terminar el año me propuse llevar a muchos amigos del colegio para que participaran en los planes de verano de Tradiciones. Invité a algunos de mi clase y a chicos de otros años.

 En el verano se organizaban diversas actividades de diversión que se combinaban con las charlas que nos daban para cambiar el mundo. Nos sentíamos alegremente motivados y entusiasmados.

 

Arreglos en la nueva casa

La casa, recién adquirida, estaba bastante destartalada y para nosotros era un reto, había que dedicarle tiempo. Después de las clases en el colegio, que eran en la mañana y en la tarde, tomábamos el bus que nos dejaba frente al cine Orrantia y desde allí caminábamos hasta Tradiciones. Ese recorrido lo hacíamos de lunes a viernes, es que P. Pazos y José Ramón Dolarea nos decían que era nuestra casa y efectivamente, aunque todos éramos menores de edad, nos considerábamos los dueños de Tradiciones.

En el verano íbamos por la mañana a la playa de Santa Rosa, cerca de Ancón. Jugábamos fútbol y nos metíamos al mar. En esos años era fácil ir y venir, no se tardaba más de media hora. Algunos días llevábamos almuerzo y regresábamos por la tarde. Los otros días por la tarde hacíamos arreglos en Tradiciones. Había bastante trabajo para dejar la casa en buenas condiciones.

 

Los fines de semana

Todos los sábados, predicaban la meditación el P. Antonio Ducay o el P. Luis Tejerizo, al terminar nos íbamos a la casa de el arquitecto Cucho Velaochaga en Chaclacayo, que le pusimos Asís, porque tenía un estilo conventual. En la entrada había una armadura medieval que nos impresionaba. Llegábamos por la noche y José Ramón nos contaba cuentos de miedo. Se creaba un ambiente de suspenso que a todos nos gustaba. Durante el día jugábamos fútbol o volley en el jardín. Al almuerzo se sumaban todos los numerarios del Opus Dei del Perú, iban también los monseñores Ignacio Orbegoso y Luis Sánchez Moreno Lira cuando estaban en Lima. Las tertulias después del almuerzo eran interesantísimas y super divertidas. La pasábamos en grande y soñábamos con volver el siguiente fin de semana.

 

Los primeros chicos que aparecieron

De mi colegio frecuentaban Tradiciones Jaime Sarmiento y Luis Pérez que habían pedido la admisión antes del verano, estaban también Francisco Navarro, Juanacho Estela, Alberto Pomar, Jaime Althaus, Aldo Vegas, Cristobal Brambilla, Fernando Schwalb, Jorge Borda, entre otros, y chicos de otros colegios, como Aldo Borasino, Tony Gruter y Fernando Peschiera. Mis hermanos Augusto y Guillermo también iban con relativa frecuencia.

Vivían en Tradiciones José Ramón Dolarea, que era el director, Jorge Boladeras, Manuel Quimper y el Padre Antonio Ducay. Más tarde se incorporaron otros. Ese año llegaron de España los padres Alberto Clavell y Joaquín Diez.

Nos visitaban con frecuencia dos sacerdotes numerarios: el P. Adolfo Rodríguez Vidal, que era delegado en el Perú y luego fue consiliario de Chile y el P. Ramón Taboada, que era consiliario de Paraguay. Ambos nos ayudaron en el montaje de Tradiciones. El P. Adolfo y Pancho Navarro construyeron con unas maderas la sacristía para el oratorio usando un cuarto de depósito que había en el hall de la casa.

El P. Ramón Taboada pintó en el friso de entrada de la salita de círculos: “Duc in altum” y toda la pérgola que estaba en un extremo del jardín se decoró con remos, un ancla, y en la pared del fondo se colgaron unas redes. Era un ambiente marino de pesca, que motivaba nuestro celo apostólico, tal como lo hizo Jesús con los pescadores de Galilea.

 

La transformación de la casa

La casa había sido de un Sr. Saloqui, que la vendió a precio de terreno. Poco a poco la fuimos levantando entre todos. De casa de mis padres me traje una araña que fue colocada en la salita de los círculos, a mi mamá le pedí que tejiera unas cortinas para los dormitorios.

Poco a poco fuimos decorando la casa con lo que cada uno podía traer. Pasaron los meses y le invitamos al Sr. Saloqui para que la viera cómo había quedado. Se quedó impresionado y nos dijo: “les he regalado una casa”

 

Más chicos a fin de año

A la casa siguieron viniendo chicos de todos los colegios, antes de terminar el año, llegaron unos universitarios, que nosotros los mirábamos de abajo para arriba, aunque eran uno o dos año mayores que nosotros, nos parecían mucho más grandes, porque nosotros éramos escolares y ellos universitarios. Aparecieron Jaime Chauca, Marcos D´Angelo, Jesús Alfaro y Ronald Escobedo. Hoy son sacerdotes el P. D´Angelo y el P. Alfaro.

Como la mayoría éramos menores de edad se organizaban competencias, quien corría más o quién saltaba más alto. El Opus Dei seguía creciendo y había que apoyar a las actividades para que salgan adelante. Se organizó la rifa de una camionetita Citroen para sacar fondos y construir Larboleda, la primera casa de retiros de la región, en Chosica.

 

La Prelatura de Yauyos

En esos años la Iglesia le había pedido a San Josemaría que el Opus Dei se encargara de una Prelatura territorial. Se había nombrado Prelado a Mons. Ignacio María Orbegozo. Desde Tradiciones hacíamos viajes continuos a Cañete para visitar al Obispo que era numerario del Opus Dei, un personaje increíble con una historia que a nosotros nos impactaba mucho, además era una persona muy simpática y de una gran fortaleza humana.

 

Los partidos intensos de fulbito

En el verano íbamos a la playa. Mons. Orbegozo con un Jeep marcaba la cancha de fulbito en la arena y allí nos quedábamos jugando hasta el cansancio, en otras ocasiones los partidos de fulbito eran en Santa Bárbara, donde había una cancha cerrada por 4 paredes blancas.

Los partidos los empezábamos antes del mediodía y duraban hasta bien comenzada la tarde y eran a pleno sol, como habían 4 paredes la pelota no salía.

Mons. Orbegozo jugaba con sus sacerdotes, todos españoles y jugaban con Chirucas (unos botines que eran como chimpunes). A nosotros que éramos chicos nos daba un poco de miedo por el empeño que ponían en el juego con esos zapatos duros que te podían lesionar y porque eran todos mayores que nosotros. Pero entrábamos allí a combatir con ímpetu, arengados con los gritos de Juan Luis Cipriani o del mismo Mons. Orbegozo que no se quedaba callado. Para los que nos gustaba el fútbol era un magnifico reto.

También jugó con nosotros Héctor Chumpitaz, que después fue jugador de Universitario de deportes y de la selección peruana de fútbol. Él siempre se acuerda con mucho cariño de estas tardes deportivas y calurosas de Santa Bárbara.  

Algunas veces teníamos que parar el partido para almorzar y continuarlo después del rezo del Santo Rosario. Los que estaban en el equipo donde no estaba el obispo, decían bromeando, que había que evitar la parte del rosario donde se pide rezar por las intenciones del obispo. A Mons. Orbegozo como a todo buen futbolista le gustaba ganar siempre.

 

Lonche y ping pong

Al terminar el partido Mons. Orbegozo nos invitaba a su casa de Cañete, por la tarde, antes de que se vaya la luz, podíamos jugar pin pong mientras se servía un lonche.

Fueron días intensos con metas muy claras, ser santos en medio del mundo,  pero había que seguir avanzando con los estudios, terminar el colegio e ingresar a la universidad.

Hasta tercero de media quise ser marino, pero, en esos ambientes, con planes más elevados, me animé por las humanidades, que además era el ambiente que veía en mi familia con mi papá que era magistrado y mi tío y padrino que era literato y académico de la lengua.

Hoy, después de 60 años, estos recuerdos me emocionan mucho, y veo que valió la pena haber vivido con intensidad, esos años juveniles, entre los estudios, el deporte, los paseos y el trato con Dios, con metas de santidad y planes apostólicos constantes. Puedo decir que durante la adolescencia no pasé por ninguna crisis, fui siempre feliz, cada día más, y hasta ahora. (P. Manuel Tamayo).

 

 

 

 

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