¡TÚ TIENES LA CULPA! (III)
“La mente trata siempre de
desvincularse de lo malo que nos ocurre como una especie de protección hacia
los ataques de otros. Pero a veces son más producto de nuestros miedos o de
nuestra imaginación. Si acertamos en algo, es gracias a nosotros mismos, pero
si fallamos siempre tendemos a culpar a los demás, a la mala suerte o a
cualquier otro factor. Todo menos asumir que no hemos hecho las cosas bien o no
hemos hecho todo lo que deberíamos. Nos cuesta un mundo decir que nos hemos
equivocado o que no hemos estado a la altura. El problema de esta actitud, es
que al final nos creemos nuestras propias mentiras y de esa forma es
prácticamente imposible superarnos. Cuando aceptamos la realidad al 100%, es
cuando tomamos consciencia realmente de lo que somos, de nuestras limitaciones
pero también de nuestro poder para impedir que algo parecido vuelva a
sucedernos” (Método
Gallardo).
“Existe la tendencia a buscar personas o situaciones para
delegar nuestros errores e insuficiencias personales, asumiendo en nuestra vida
el papel de víctima. Las personas que tienen esta forma de actuar, acostumbran
a ocultar sus errores, piensan que la culpa no es suya y por lo tanto no se
sienten responsables de sus actos, creen que la culpa es de otros o del mundo que los rodea y ellos no
pueden hacer nada para remediarlo”. (Jobasmar, blog)
“Vivimos
en una época donde quieren que los sacerdotes se casen y que los casados se
divorcien. Quieren que los heterosexuales tengan relaciones sin compromiso,
pero que los gays se casen en la iglesia. Que las mujeres se vistan como
hombres y asuman papeles masculinos y que los hombres se conviertan en
“frágiles” como mujeres. Un niño con sólo cinco o seis años de vida tiene
derecho a decidir si será hombre o mujer por el resto de su vida, pero un menor
de dieciocho años no puede responder por sus crímenes. No hay plazas para los
pacientes en los hospitales, pero hay incentivos y patrocinio para quien quiere
hacer cambio de sexo. Hay un acompañamiento psicológico gratuito para quien
desea dejar la heterosexualidad y vivir la homosexualidad, pero no hay ningún
apoyo de éste mismo para quien desea salir de la homosexualidad y vivir su
heterosexualidad y si intentan hacerlo, es un crimen. Estar a favor de la
familia y la religión es dictadura, pero orinar sobre los crucifijos es
libertad de expresión. Si no es el fin de los tiempos, debe ser el ensayo…” (P. Gabriel Vila Verde)
COMENTARIO
¿Quién
tiene la culpa de tanto desarreglo que hay en el mundo? ¿quién es el culpable
de tanto sufrimiento y dolor?
¡Todos
somos culpables! Es urgente reconocer la culpabilidad de nuestros errores y
pecados. No le echemos la culpa a los demás, eso es lo más fácil y a la vez
desacertado. Es mucho más fácil ver “la
paja en el ojo ajeno que la viga en el propio ojo”.
El que
acusa podría victimizarse poniéndose en una situación altanera y reclamando su
“derecho” con una cerrazón que no admite tregua. Podría generar un odio hinchando los
argumentos con la propia bilis a
nivel de escándalo, para luego autoconvencerse de estar en la razón y con un
derecho claro para exigir que se castigue al que se está acusando.
El que acusa con
odio no admite el perdón, infla los argumentos para indignarse más, buscando
que se de un castigo “ejemplar” para el que cometió la falta y luego continuará
con su cerrazón de no querer perdonar.
Este tipo de
conducta (la del acusador, la del que
denuncia, la del que pide castigo) ha crecido considerablemente en los
últimos tiempos y se está extendiendo por todo el mundo. En la mayoría de los
casos es la antítesis de lo que enseña el cristianismo.
Si hay que aplicar
la justicia con la vindicación (castigo) se hace con la finalidad de proteger a
las personas, disminuir los hechos delictivos o delincuenciales y conseguir la
recuperación del que cometió la falta. Por algo nuestro Señor Jesucristo
instituyó el sacramento del perdón. En la historia abundan testimonios de
personas que se han convertido y, gracias
al perdón, sus vidas han pasado a ser ejemplares.
Cuando se aplica un
castigo no debe haber odio, se hace también con amor y con un afán grande de
que todo vaya bien para todos. Jesús perdonó a los soldados que lo flagelaron,
el Papa San Juan Pablo II perdonó al que lo quiso asesinar, innumerables
mártires en la historia han perdonado a sus verdugos.
La sociedad de hoy
necesita aprender a perdonar. La persona que no perdona y guarda resentimiento
no sabe amar, tiene una incapacidad para lo que es más importante: el amor que
debe salir de un corazón contrito.
Para lograr esos
objetivos es necesario reconocer la culpa de las propias faltas. Ese
reconocimiento nos hace grandes y por allí se empieza. De ese modo tendremos
una gran capacidad para comprender a los demás y nuestros juicios peyorativos
desaparecerán. La Virgen María no odiaba a los que maltrataron a su Hijo, los
amaba también. (P. Manuel Tamayo).
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